Recibo un mensaje de una amiga que vive en Amsterdam. Su mensaje habla de recuerdos y de emociones. Ella dice que los recuerdos y el corazón van en cierto modo unidos, como sugiere la etimología.

Tiene razón mi amiga al mencionar la vinculación etimológica. Recordar viene a significar, etimológicamente, volver a llevar al corazón, y por lo tanto, recordar podría ser algo así como emocionarse de nuevo.

Pero lo cierto es que, en sentido estricto, el análisis etimológico no nos permite realizar esta vinculación tan lírica. 

Activar o usar la memoria es, desde luego, volver a llevar al corazón en muchos idiomas. Los franceses, para indicar que algo se sabe de memoria, dicen saberlo “par coeur”, esto es, por el corazón. Los ingleses también dicen lo mismo con la expresión by heart. Hasta en la lengua árabe encontramos la misma idea; يحفظ عن ظه, (ean zahr qalb), es la expresión árabe equivalente a “de memoria” y puede traducirse literalmente como “de vuelta al corazón

Por supuesto, también tenemos en español una bella expresión– desusada–con el mismo sentido. Me lo se de corome lo se de memoria-decían nuestros abuelos.

Sin embargo, la vinculación del recuerdo con el corazón solo tiene que ver con la idea ancestral según la cual el corazón era la sede del pensamiento, del espíritu. Y es esa idea antiquísima es la que está detrás de la relación etimológica que nos sugieren palabras como “re-cordar”. 

Hace más de dos mil años, Platón ya proclamaba que el corazón era la sede de las emociones, aunque aceptaba que tal vez las ideas se generaban en el cerebro. Por su parte, Aristóteles había dejado dicho en la misma época que el corazón era el órgano central de la vida, el origen de todo placer y dolor. 

Los pensadores medievales matizaron algo las ideas del Filósofo , y sostenían que si bien existía algo inmaterial como el espíritu, ese “algo”, requería del corazón para transmitirse físicamente por el cuerpo, por lo que en realidad seguía siendo válida la idea de que el alma o el pensamiento y el corazón estaban vinculados . 

Más tarde, gracias primero a Vesalio y más tarde a Harvey, empezó a entenderse el sentido del corazón como músculo capaz de bombear la sangre, pero no necesariamente las ideas. Comenzaba entonces a tomar el relevo el cerebro, en cuanto a “fábrica” del pensamiento y también de las emociones. 

En el Mercader de Venecia, cuando Bassanio está a punto de hacer la trascendental elección de estuches a fin de conquistar el amor de Porcia, se escucha al fondo una canción que dice: “¡decidme de dónde viene mi capricho de amor! ¿Es del corazón o es de la cabeza?” (“Tell me where is fancy bred…or in the heart, or in the head?

Los pensadores del XVII, como Hobbes o Descartes, ya tenían muy claro que las ideas y también las emociones podían, sí, influir en el corazón, pero no se generaban ahí, sino más bien en algún lugar del cerebro (para Descartes, en la glándula pineal, curiosamente, lo que no es del todo absurdo, pues la medicina moderna nos dice que la glándula pineal puede influir en las secreciones de la glándula pituitaria, que a su vez produce las hormonas sexuales).

Pero la ancestral vinculación entre el pensamiento y el corazón no perdió arraigo. Incluso algunas mentes egregias se obstinaban en seguir atribuyendo un papel estelar al corazón: “le coeur as ses raisons que la raison ne connaît point”, decía Pascal, quizá más bien en un sentido metafórico o poético.

Por ello, independientemente de los avances en el conocimiento anatómico, el lenguaje siguió refiriéndose al corazón como el lugar de las ideas. Por eso, recordar algo siguió siendo equivalente a activar de nuevo el corazón, es decir, el espíritu, en relación con alguna cosa. «De corazón» siguió valiendo por “en la mente”. Un curioso y claro ejemplo es la expresión francesa “dîner par coeur”, que no significa sino saltarse una comida, es decir, comer solo con la mente.

De modo que recordar, aún desde una estricta visión histórico/lingüistica, solo viene a ser algo así como llevar de nuevo algo al espíritu, sin más.

Sin embargo, lo cierto es que recordamos sobre todo aquello que nos ha conmovido. Lo que no nos emociona tiende a diluirse en el tenebroso olvido con mucha mayor facilidad que aquello que nos ha tocado de verdad el corazón. Parafraseando a Nietzsche, lo que nos hace dichosos tiene vocación de eternidad. Quizá también lo que nos hace infelices.

Por lo tanto, aquí tenemos otro caso de la maravillosa virtualidad de la etimología para darnos pistas sobre la verdadera esencia de las cosas. 

Mi amiga, con su mensaje enviado desde un Amsterdam en el que ya se adivina la orgía floral de la primavera holandesa, tiene toda la razón del mundo. El recuerdo y el corazón irán siempre de la mano. Felizmente.

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