Mi amigo me dice que ya estamos en el genuino Armageddon: vino la peste, creció el expansionismo chino, apareció el riesgo de la tercera guerra mundial y para colmo, subió la gasolina a 2 euros el litro.

Pues tiene toda la razón, quizá sin saberlo. Porque en el libro del Apocalipsis, el alucinado autor profetiza sobre cuatro jinetes que acabarán con el gobierno humano sobre el mundo. Cada uno de esos jinetes es una horrorosa catástrofe para los humanos. El primero es la guerra. El segundo es la expansión o conquista de los imperios. El tercero es la peste…¿Y el cuarto?…Pues el cuarto jinete del Apocalipsis es justamente la inflación.

A este último jinete, nos dice el autor bíblico, lo vio no con una espada, sino con una balanza en su mano (símbolo del comercio y el peso de las mercancías) y adivinó que con el poder de esa balanza el jinete fijaría el precio de un denario por una medida (un choenix) de trigo y tres denarios por una medida de cebada. Esto, según me he informado, equivale a un 700% de incremento sobre los precios de estos cereales en los tiempos en los que el flipado de Patmos escribía.

Curioso ciertamente. Alguno habrá que, al saber esto, pensará que el autor del último libro del Nuevo Testamento contiene fascinantes profecías. Y no digamos si además se entera de que en ese mismo libro del Apocalipsis se menciona también una terrible lluvia venenosa de ajenjo que Dios envía como castigo a los hombres. Y resulta que en ucraniano, ajenjo se dice precisamente chernobil (o más bien chornobil, pero aceptemos que la profecía está bien traída, pese al error vocálico). 

En fin, contemos con que el valor profético de Juan de Patmos se quede en su enumeración de las obvias lacras de la Humanidad, incluida la inflación, y la curiosa coincidencia sobre el ajenjo y esa malhadada central nuclear que estos días vuelve a estar de actualidad.

Al fin y al cabo, el hombre lleva temiendo el fin del mundo, de forma continuada a lo largo de los últimos dos mil años. 

Y por ahora, parece que estamos sobreviviendo.

Incluso con una odiosa guerra a las puertas de casa. Y con la gasolina a dos euros el litro.

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