En Rusia, según me dicen, se aprecia ahora un abrumador apoyo popular a la invasión de Ucrania. En el resto del mundo, se produce exactamente lo contrario.

Llama la atención esa práctica unanimidad en cada uno de los dos lados del conflicto. ¿Cómo es posible? ¿Acaso no hay personas lúcidas, equilibradas, pacíficas y honradas en todas partes? ¿Acaso la mayoría de los seres humanos no consideran la guerra como la peor de las catástrofes? ¿Puede ser que no se sepa que, según la Historia enseña, todo conflicto bélico acaba siendo nefasto para todos?

La respuesta al enigma es la idea de nación, o si se quiere, la idea de nacionalismo, ese virus infame que campa a sus anchas por el planeta desde hace milenios y que puede llegar a infectar a todos, incluso a los más sensatos.

Me apetece dar un simple ejemplo de este odioso poder de la idea nacionalista. 

En Julio de 1914 el Imperio AustroHúngaro rechazó la respuesta de Serbia a su ultimatum (el ultimatum abusivo de quien busca la guerra y cuyos términos inicuos estaba aceptando Serbia en su práctica totalidad). Ese rechazo equivalía a la declaración de una guerra local que acabaría siendo casi planetaria, cuando Prusia, Rusia, Francia e Inglaterra se incorporarán al terrible conflicto, para hacer valer sus respectivas alianzas.

Pues bien, al tener noticia del rechazo del ultimatum, Sigmund Freud, austriaco de nacimiento y residente por entonces en Viena, declaró que celebraba esa virtual declaración de guerra y que por primera vez «se sentía orgulloso de ser austriaco» (y no parecía importarle mucho que sus dos hijos fueran reclutados para ir al frente ruso y jugarse la vida en las trincheras).

Ciertamente, Freud no tardó en cambiar de opinión y sentir una profunda desilusión por la guerra. Pero, ¿como entender esa primera reacción, en el verano del 14, en un personaje de su talla intelectual?

Einstein, que ya por entonces abogaba por una sociedad de naciones que aboliese los conflictos bélicos, se preguntaba también por qué diablos resultaba “tan fácil que los hombres se entusiasmen por la guerra”.

Un Freud más maduro, y ya arrepentido del entusiasmo belicista de primera hora, llegó a pensar que la respuesta al enigma era que en el alma del hombre coexiste un instinto de unidad y preservación con otro instinto de odio y destrucción.

Quizá le faltó a Freud vislumbrar, como sí lo hizo Mitterrand con su célebre frase lapidaria en Estrasburgo, que no hay nada que desate el instinto bélico y destructivo como la terrible y fatal idea de nación. Una peste frente a la que casi ningún humano parece ser inmune.

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