Terminé mi último texto amenazando a Marta con comentar algo respecto al famoso “motto” horaciano “carpe diem”, el cual, teniendo en cuenta el significado profundo del verbo carpere (cortar, cosechar, derivado del griego keiro, cortar) y el sentido metafórico de la frase, se debería entender no literalmente como «corta el día» sino con la paráfrasis “aprovecha el presente como quien corta del árbol un fruto maduro.”

El asunto exige que ejecute la mencionada amenaza porque, en mi opinión, la interpretación habitual de este popularísimo dicho es discutible y merece que le demos una vuelta.

Desde luego, es posible interpretar la expresión tal como usualmente se hace, es decir, como una especie de proclama hedonista que aconseja centrarse a fondo en sacar el máximo partido a lo que se puede disfrutar cada momento.

Pero ocurre que si analizamos el carpe diem en su contexto, cabe también una interpretación distinta, o tal vez opuesta. 

La locución latina en cuestión proviene de una de las Odas de Horacio. Allí leemos una exhortación que el poeta hace a su amante Leuconoe. 

Horacio aconseja a Leuconoe (posiblemente en un momento de cierta intimidad) que no viva en el futuro ni confíe en él, que no indague sobre lo que va a ocurrir en el día de mañana, pues es imposible adivinarlo, y que, en cambio, acepte y soporte (pati) lo que sucede en cada momento, y que sea lo suficientemente sabia como para centrarse en aprovechar lo que otorga el presente-carpe diem– y en evitar que el mucho hablar (¿sobre el futuro?) permita que se escape el valioso tiempo disponible para el encuentro (se supone que amoroso).

A mi juicio, este fragmento de Horacio también podría interpretarse en el sentido de que no conviene pensar que las cosas se arreglarán o mejorarán más adelante, dejando para mañana lo que debería hacerse o disfrutarse hoy (es decir, ese vicio al que los latinos llamaban procrastinare, pro cras,  dejarlo todo para cras, para mañana, que es de donde viene nuestro procrastinar ).

En esta interpretación alternativa, que pone el énfasis en no obsesionarse por el mañana, más bien que en gozar despreocupadamente del presente, el carpe diem horaciano tendría un sentido diferente al que habitualmente le damos, pese a que este sentido usual resulta muy consistente con algún otro texto de Horacio, como lo que él nos dice en una de sus Epístolas (“no pospongas el placer”, “neu dulcia differ in annum”) así como con innumerables referencias en la historia de la literatura, desde lo que dejaron dicho Teognis de Megara, Antífanes de Rodas, Sófocles o Petronio hasta Lorenzo de Medici, con ese célebre soneto que concluye invitando, al modo horaciano, a la despreocupada alegría juvenil, por ser el futuro incierto:  “chi vuol essere lieto sia / di doman non c’e certezza

¿Cuál de las dos interpretaciones está más próxima a lo que el poeta latino pensaba? Yo creo, que tal vez ninguna de ellas. Para mí, lo que el autor del Beatus Ille trata de aconsejar a su amante es que no es buena idea vivir en el futuro. Y que en cambio, es esencial esforzarse por existir en el “ahora”, en toda su profundidad. Y no perder el tiempo en especulaciones o cuitas sobre el porvenir.

De hecho, en las Odas horacianas también encontramos, expresada de forma más clara, esta misma idea: “la mente que se regocija en lo que da el presente, no tenderá a agobiarse pensando en lo que va a llegar” (laetus in praesens animus quod ultra est /oderit curare.)

Y esto, mira por dónde, es justo lo que nos aconsejan las técnicas de meditación tan de moda en nuestro tiempo, o los populares libros de autoayuda. 

Carpe diem. Disfrutar de lo presente, cosechar el dulce fruto en sazón…Desde luego.

Pero sobre todo, no atosigar el alma con la continua preocupación por un futuro que en muchos sentidos solo es un fantasma de nuestro espíritu (minimum credula postero, son las palabras subsiguientes al carpe diem en la oda horaciana y que podríamos traducir como que el futuro es un fantasma en el que no hay que creer en absoluto). Y es un fantasma en los dos sentidos, esto es, el que le dan los psicólogos (obstinada criatura de nuestra psique) y el del uso común (ser inmaterial que nos atemoriza).

Casi todo lo que afecta al alma del hombre está ya visto y dicho en los clásicos. Y muy bien dicho.

Hay pocas cosas nuevas bajo el sol.

Salvo, tal vez, aquello que se refiere a los muy variopintos cacharros tecnológicos que nos complican tanto la vida.

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