Cuando alguien me saluda preguntándome cómo estoy, yo suelo responder, esbozando una sonrisa de complicidad que, “quitando lo malo…estoy muy bien”.

Pero, el otro día, cuando usé mi muletilla al reencontrarme en Barcelona con alguien a quien no veía desde hace muchos meses, me quedé pensando en esta frasecita…

Subí a mi habitación de hotel y me puse a meditar mientras miraba por el ventanal la ciudad al atardecer, algo que, no se por qué, siempre me ha producido melancolía. 

En cierta ocasión, mirando la puesta de sol en Las Vegas desde lo alto del Bellagio casi me da por llorar…Sin razón concreta.

Pero ¿realmente hay que quitar lo malo?-me pregunté a mí mismo contemplando el ocaso urbano- ¿No será que “lo malo” también forma parte de una existencia plena?.

Comenté esto con Ana algo más tarde, durante la cena, en una terraza junto a la vieja plaza de toros, convertida ahora en un sórdido centro comercial.

Le dije que según creo recordar Zizek tiene dicho que la única vida de satisfacción profunda es una vida de eterna lucha. Puede ser.

¿Acaso no somos todos hedonistas por naturaleza?-Se preguntaba, Ana.

Yo no lo creo. No puede haber una una única variedad de felicidad. Alguna de las muchas manifestaciones de nuestra dicha incluyen el esfuerzo, que a menudo es doloroso.

No hay una sola forma de ser feliz. 

Porque la vida es complicada. Muy complicada. 

Pero estoy convencido de algo–le digo a Ana mientras brindamos con un l’chaim, es decir, por la vida, tal como prescribe la tradición judía–Estoy seguro de que la obsesión por el bienestar y la prosperidad acaba conduciendo a las personas a una existencia miserable. 

Desde los años 60 del siglo pasado, justo cuando Occidente inicia su expansión imparable hacia la riqueza material y la cultura del bienestar, las depresiones han crecido exponencialmente, hasta convertirse en un mal propiamente endémico.

¿Dónde está el fallo? 

Todos los que han viajado a los países del Tercer Mundo reconocen que en muchos sentidos, y a pesar de la pobreza, la gente parece más feliz allí que en nuestro entorno. 

En el siglo XVIII, Benjamin Franklin se sorprendía de que los niños indios criados por los colonos y educados a la occidental, cuando por alguna razón, ya crecidos, retornaban a sus lugares de origen, jamás querían volver a sus hogares de colonos.

Tal vez la clave sea el “sentido”. 

Si todo lo que nos rodea se mueve y nos mueve exclusivamente hacia el bienestar material o el hedonismo puro, lo que desaparece es el “sentido”. Y el sentido que damos a nuestra existencia es justamente lo que nos sostiene vivos. 

Llámale a eso genuina felicidad si lo deseas.

Casi todos los libros de autoayuda cometen el error central de ofrecer meras recetas de felicidad o fórmulas sencillas para el bienestar, cuando lo que deberían hacer es más bien promover la manera de encontrar un sentido para la vida. 

Un sentido que a veces podrá conducirnos a la lucha, al conflicto y a la aceptación del dolor como instrumento. Pero, como Frankl dijo parafraseando a Nietzsche, los que tienen un por qué pueden soportar casi cualquier cómo.

Desconfiemos de todo cuanto se nos ha dicho sobre la felicidad y la buena vida. 

Aceptemos que necesitamos de cierto grado de lucha y de conflicto. 

La próxima vez que alguien me pregunte cómo estoy, le responderé de una forma algo distinta a la habitual.

Pues todo va bien…incluyendo lo malo«.

O, tal vez, gracias en parte a lo malo.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s