Acompaño a Violeta hasta su casa, con Mao. Llueve un poco, sí, pero este paseo al atardecer resulta agradable.

Le pregunto a Violeta por sus clases y me dice que está divirtiéndose con unas actividades relacionadas con el Sistema Periódico.

Me alegra oir eso. Le digo que la Tabla de Mendeleyev es algo fascinante. Le deja a uno perplejo esa disciplinada alineación de los elementos que forman el cosmos en filas y columnas, dispuestos según el número de los electrones y protones, como si, después de todo, existiese un cierto orden en este universo que se nos antoja tan caótico.

Tiene gracia que Violeta me hable del sistema periódico, porque los tres libros que acabo de leer hablan precisamente de esa tabla, concretamente el muy entretenido de Hugh Aldersey-Williams, el best seller de Sam Kean y la obra maestra de Primo Levi sobre el sistema periódico que quizá sea el más bello libro de divulgación jamás escrito y que releo a menudo. Los tres están ahora en mi mesilla.

Al salir a la luz los átomos que forman la materia, le digo a Violeta que ocurre una cosa muy curiosa con ellos: están prácticamente vacíos. 

–¿Qué quieres decir?

–Pues que un átomo es básicamente  como una cáscara de huevo vacía, con un insignificante trocito de materia en el centro. 

–O sea que todo lo que tocamos en realidad está casi vacío. ¿Todo es cáscara?

–Pues sí. De hecho, ni siquiera hay cáscara. El núcleo, hecho de protones y neutrones, en torno al cual orbitan en sus capas los electrones, es veinte mil veces más pequeño que el átomo en sí. Cada átomo no resulta ser sino un pequeño universo espantosamente vacío. De hecho, podríamos pensar en una mosca en el centro de una catedral y eso nos daría una idea de lo muy vacíos que están los átomos.

–¿Todos los átomos que componen las cosas que vemos y tocamos son así de vacíos?.

–Así de vacíos.

Violeta se queda muy meditabunada. Caminamos. Su casa ya está cerca. Mao se para junto a un acebo.

–¿Sabes qué? A veces yo también pienso en cosas muy filosóficas–me dice-y en lo que más pienso es en por qué yo soy yo. Eso es lo que no puedo entender.

–¿Por qué tú no eres tú?

–Sí. Por qué yo soy yo y no soy cualquier otra persona, eso mismo, No se, por ejemplo por qué no soy yo esa señora que va ahí con el paraguas y en cambio soy yo misma…

Sonrío porque el problema que está planteando Violeta es mucho más interesante de lo que parece. Y es notable que sea una de esas cuestiones trascendentales que nos planteamos en la infancia, antes de que la vida nos empuje a ocuparnos de cuestiones más urgentes, como el pago del seguro del coche o el cambio de la caldera de calefacción.

Le digo a Violeta que tiene muchísima razón en plantearse esa cuestión tan “filosófica”. Le aclaro que es el genuino enigma de la conciencia del yo. Algo que no ha resuelto ni la ciencia ni la filosofía. Hasta el momento. Y que quizá sea el último problema que podamos resolver algún día.

–¿De verdad no existe explicación?

Pienso un poco antes de contestar. No se muy bien qué camino seguir. Podría hacer cómo los filósofos analíticos y salir del paso con un sucio truco, diciendo que simplemente la pregunta está mal planteada pues nos lleva a un bucle sin sentido: podemos preguntar por cualquier cosa excepto preguntar qué cosa es la cosa que pregunta. El ojo no puede verse a sí mismo. Podría incluso mencionarle aquella efectista, pero vacua, frase de Heidegger, que dejó dicho lo de que la conciencia del yo, la conciencia del ser, es un claro en la selva del caos universal (también Ortega y María Zambrano recurrieron a la metáfora del claro del bosque). 

Nada de esto me convence.

–Pues, verás, Violeta, yo creo que tú te sientes tú, simplemente porque si no te sintieses tú no sobrevivirías…no te alimentarías…no te protegerías de los peligros…desaparecerías…El sentido del yo te lo ha dado la Naturaleza  para que sigas siendo tú…

Se queda muy pensativa ante mi observación…

–Entonces, yo soy yo porque no podría ser otra cosa. Yo soy yo misma y ya está. ¿Es eso lo que quieres decir?

–Más o menos, Vio. Tu eres tú porque todos los demás…¡ya están cogidos…!

Se ríe. Pero sigue en silencio. Ya hemos llegado los tres a su casa. 

Kira ladra porque ha notado la presencia de Mao en la puerta. 

Violeta piensa. 

Suena un villancico en el interior de la casa.

Un comentario en “Un claro en la jungla del caos.

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