Mao acaba de cumplir 12 años. Son muchos. Demasiados para un labrador.

Se le nota la edad en su forma cansina de andar, en la expresión de su cara, en lo mucho que le cuesta levantarse cada mañana de su colchón para darme los buenos días tan pronto me ve bajar del dormitorio. Yo trato de aliviar un pcco su artritis con ejercicio. Dos veces al día nos vamos a la dehesa y jugamos él y yo con el platillo de silicona. Y hay que ver cómo corre tras el juguete cuando gira y gira en el aire. Parece otro. A tal punto el juego nos motiva y nos cura a los seres vivos. Pero al terminar la sesión vuelve a ser un perro viejecito, aunque maravilloso hasta el último de sus días.

A veces me encuentro con vecinos que se dan cuenta de cómo ha envejecido mi amigo. A menudo me dicen que ya no quieren otro perro debido lo mucho que sufrieron cuando murió el que tenían. Yo me revelo frente a esa tesis. Creo que los largos años de felicidad que Mao nos ha dado-y nos sigue dando- compensan de sobra el dolor de su ya no lejana partida.

Pero alcanzo a comprender lo que me dicen. Yo también noto cómo se ensombrece mi ánimo cuando pienso en que le tendré que decir adios a Mao. Tal vez en un año. Tal vez en dos. Quién sabe.

Hoy he sentido particularmente esa espina en el alma. No se por qué. Tal vez porque la mañana de sábado era hermosa y hemos jugado mejor que nunca.

Volviendo los dos hacia casa he pensado en un poema de Rudyard Kipling. Es un poema en el que precisamente el poeta inglés se lamenta de que nos encariñemos con un perro. Bastantes tristezas nos da la vida, dice Kypling en unos versos que he traducido parcialmente abajo, como para que, encima, hagamos que un perro, cierto día, nos haga trizas el corazón. 

Puede ser. Pero creo que Kypling, en ese poema, en realidad no está hablando de un perro, sino de su amado hijo, que murió trágicamente en la Primera Guerra Mundial. Quizá le vino en algún momento la negra idea según la cual es mejor no tener hijos, para evitar que algún día nos partan el alma de algún modo. No se atrevió Kipling a convertir en un poema este negro pensamiento, así que usó la metáfora del perro. Tituló al poema “El Poder del Perro”, tomando una expresión de los Salmos bíblicos en la que el salmista le pide a Dios que le libre del poder de los fieros canes. Yo creo que Kypling quisó dar otra interpretación a la frase bíblica. Quiso indicar que el poder del perro es abrumarnos cuando nos dice adios. Como ocurre con cualquier otro ser querido. Ese es el verdadero poder del perro.

El Poder del Perro ha sido el título que se ha dado a una fascinante obra cinematográfica que acaba de estrenarse, basada en el libro de Thomas Savage. 

No tengo claro si el Director ha querido hacer alusión al salmo bíblico o al poema de Kipling. Yo me inclino por lo último, pero explicar por qué implicaría destripar la película para quien todavía no la haya visto. Y vaya que merece la pena hacerlo pues es una fascinante producción en verdad. Una obra maestra.

Y dicho esto, solo me queda transcribir mi traducción de una de la estrofas del poema de Kipling. Es triste. Yo no estoy de acuerdo con sus implicaciones. Me niego a aceptar lo que sugiere. Mil veces vale más lo que nos dan que lo que nos quitan. Los hijos o los perros.

Pero lo entiendo.

“Hay suficiente tristeza en la vida,

de hombres y mujeres como para colmar nuestra resistencia

Y cuando sabemos que el depósito rebosa de amarguras

¿Por qué buscamos añadir aún más?

Hermanos y hermanas, os pido que lo penséis antes de hacerlo; 

Pesadlo antes de dar el corazón a un perro, para que algún día te lo desgarre.”

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