Los populismos, en cualquiera de sus sabores y presentaciones, son muy eficaces en cambiar el nombre de las cosas, tal vez para compensar lo poco eficaces que son en cambiar las cosas.

Nombres de calles, pronombres, adjetivos, referencias históricas…todo ha de llamarse de la manera nueva y mejor…

Anteayer, los pulsateclas de la Carrera de San Jerónimo aprobaron que el Valle de los Caídos deje de llamarse Valle de los Caídos, por ser políticamente incorrecto. Mira por dónde a mí ese cambio no me parece mal. En cambio, tengo mis dudas sobre la nueva toponimia que proponen, pues nos mandan que llamemos a ese enclave como antaño, esto es, Cuelgamuros, que acaso también resulte políticamente incorrecto, si hacemos caso de lo que por ejemplo asevera Nicolas Sánchez Albornoz–jornalero forzoso durante seis años en el faraónico panteón que Franco se preparó–quien remite esta última toponimia a una derivación del muy feo  “Cuelga Moros”.

En realidad, el profesor Sánchez Albornoz se equivoca: ese “muros” o “moros” está relacionado con uno de los lexemas toponímicos más populares en la península ibérica, sin la menor relación con los mahometanos o con las paredes. Se trata de “murr” o “mor”, que es partícula prerrománica y que significa montón de piedras o colina pedregosa, y que está presente en incontables topónimos de nuestros pagos: Moron, Mora, Morella, Moretón, Morilla, Morra, Morral, Morales, Morata…

Sobre el orígen prerrománico de estos topónimos no hay la menor duda. Solo se discute si el lexema prerromano en cuestión proviene del substrato mediterráneo (Menéndez Pidal) o del alpino-cántabro-pirenaico (Hubschmid). De hecho, hay referencias en los textos griegos y latinos a estos viejos topónimos relacionados con mor. Estrabón hace referencia a un Morón cerca de Lisboa, en lo alto de un cerro, y Ptolomeo a un cierto Moroika, por ejemplo.

O sea, que me parece muy bien y me da que es políticamente impecable, que el Valle de los Caídos se vuelva a llamar Cuelgamuros, sin que dicha modificación tenga por qué ofender a los musulmanes, si se entiende bien (aunque alguno habrá que clame en este sentido).

Pero, me inquieta, después de todo, que este cambio, por más que bienvenido, sea otra manifestación de la funesta propensión populista para cambiar los nombres y no las cosas, como dije arriba. Precisamente estos días estoy releyendo a Primo Levi y me troncho con sus sarcasmos sobre la “italianizzacione delle parole” que promovió el fascismo en los años 30 del pasado siglo. Mussolini decidió que habría que prohibir el uso de todo vocablo que no fuese de estricto carácter italiano, so pena de multa y 6 meses de cárcel. Así, los sufridos italianos tuvieron que acostumbrarse a cambiar de nombre a más de 500 palabras: el croissant pasó a llamarse cornetto, el hotel, albergo, un panorama se convertía en tuttochesivede (todoloqueseve), el sandwich pasaba a ser un traidue (entredos), el gangster ya no era un gangster sino un malfattore (malhechor), nada de records sino primatos, y prohibido mencionar el color burdeos, pues debía decirse color barolo (como ese caldo tan sobrevalorado del Piamonte). Y que no se le ocurriese a nadie decir “insalata russa”, existiendo el muy fascista término de “insalata tricolore”. Ni de broma hablar del zar o la zarina, sino del cesar y la cesarina. No se podía jugar al tenis, sino a la pallacorda. Y había normas aún más hilarantes: por ejemplo, que no se debía mencionar a Louis Armstrong sino con su nombre italianizado, esto es Luigi Braccioforte. O que no se podía exclamar “hip, hip, hurra!”, sino “eia, eia, alalá!, que era el grito de guerra de los hoplitas de la Hélade, tal como sabemos por Esquilo y Platón.

Casi ninguno de estos cambios promovidos por el fascio redentor italiano ha subsistido, salvo acaso el tramezzino para sandwich o el calcio para fúbol. Poco más.

En fin, lo que he dicho al principio, que lo fácil en este mundo es pretender cambiar los nombres de las cosas. Y lo difícil, cambiar las cosas mismas.

De aquí que los populistas se centren siempre en lo primero, para disimular su impotencia en lo segundo.

Recelemos, entonces, de los manipuladores del lenguaje. Esconden siempre a los manipuladores de personas.

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