Es bien sabido que la senilidad se parece mucho a la primera infancia, como sugiere el acertijo que resolvió Edipo. 

El niño pequeño y el viejo se parecen en su torpe forma de moverse, en su manera de alimentarse, en su indefensión. 

Y sobre todo, en ambas etapas está la muerte o la inexistencia muy cerca, ya sea delante o detrás. Hay un punto más en común, del que apenas se habla. Se trata de la memoria. El viejo sufre a menudo esa terrible dolencia que le arrebata sus recuerdos y su identidad. Pero de los primeros dos o tres años de nuestra vida, tampoco guardamos recuerdos ni sentimos que «estábamos ahí».

A este fenómeno de ausencia de recuerdos de la primera infancia se le llama amnesia infantil y es todo un enigma. Se han dado toda clase de explicaciones, desde vincularlo a un desarrollo cerebral insuficiente hasta cumplir los 2 años y medio o tres, a considerar que con el crecimiento, esos recuerdos primigenios subsisten pero en un estado reprimido, tal como sostuvo Freud.

Puede haber una explicación más sutil. Tal vez hasta esos tres años de edad, aproximadamente, no nos queda claro quién somos. Vivimos ese tiempo en un mundo de sensaciones caóticas, en el que progresivamente va configurándose la noción del yo. Debe haber un momento en el que el niño llega a la conclusión de que todo lo que percibe lo está percibiéndo él y no otro ser. Y así nace la identidad.

Entonces, hasta que no haya identidad no puede haber recuerdos. Del mismo modo que cuando desaparecen los recuerdos deja de haber identidad (como ocurre en la demencia senil). Es decir, no recordamos lo que nos pasaba antes de los 3 años simplemente porque no estábamos ahí; no eramos todavía «nosotros».

Pensar en todo esto me evoca el fascinante comienzo de la autobiografía de Nabokov. Son solo unas líneas que dan la medida de su absoluta genialidad. Rompiendo por una vez una norma de este blog, voy a transcribir aquí.

«La cuna se balancea sobre un abismo, y el sentido común nos dice que nuestra existencia no es más que una breve rendija de luz entre dos eternidades de tinieblas. Aunque ambas son gemelas idénticas, el hombre, por lo general, contempla el abismo prenatal con más calma que aquel otro hacia el que se dirige (a unas cuatro mil quinientas pulsaciones por hora). Conozco, sin embargo, a un niño cronofóbico que experimentó algo muy parecido al pánico cuando vio por primera vez unas películas familiares rodadas pocas semanas antes de su nacimiento. Contempló un mundo prácticamente inalterado–la misma casa, la misma gente–, pero comprendió que él no existía allí , y que nadie lloraba su ausencia. Tuvo una fugaz visión de su madre saludando desde una ventana de arriba, y aquel ademán le perturbó, como si fuese una misteriosa despedida. Pero lo que más le asustó fue la imagen de un cochecito nuevo, plantado en pleno porche, y con el mismo aire de respetabilidad y entrometimiento que un ataúd; hasta el cochecito estaba vacío, como si, en el curso inverso de los acontecimientos, sus mismísimos huesos se hubiesen desintegrado»

¡Ah, el genial Nabokov, que acierta a ver el espectro del escalofriante féretro en el inocente perfil del cochecito!

La metáfora nabokoviana le hace pensar a uno que acaso la amnesia infantil, al igual que la demencia senil, no sea otra cosa sino un ingenioso mecanismo de defensa para que conjuremos el terror de nuestra inexistencia cercana.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s