Se está viviendo estos días cierta controversia en torno a si deben o no deben permitirse las manifestaciones de apoyo a personas condenadas por determinados delitos con connotaciones políticas.

Un juez ha dictaminado que deben autorizarse dichas manifestaciones, en tanto solo sean, eso, manifestaciones. Pero una buena parte de la población (y la casi totalidad de los medios de comunicación) opina que no debiera ser así, por considerar estas manifestaciones una humillación para los familiares de las víctimas de quienes reciben el apoyo.

Me viene a la cabeza el Caso de Skokie.

Es algo que ocurrió en 1977, en la pequeña localidad de ese nombre, cercana a Chicago. Una organización neonazi norteamericana pretendió realizar un desfile en las calles de esa población. No iba a ir mucha gente, pero sí al menos 25 integrantes del llamado Partido Nacional Socialista de USA, con signos externos inconfundibles, como banderas nazis y uniformes con brazaletes de svastikas.

Iba a ser algo particularmente escandaloso porque la mayoría de la población de Skokie era de origen judío, y un buen número de los familiares de los habitantes de la zona habían perecido en el Holocausto.

Las autoridades locales prohibieron la manifestación planeada por aquella organización nazi.

Y lo que ocurrió es que la Unión Americana de Libertades Civiles (ACLU) decidió reaccionar frente a la prohibición y defender el derecho de los nazis para lleva a cabo aquel provocador desfile, cosa que consiguió, utilizando los mismos argumentos jurídicos que años atrás habían permitido las manifestaciones anti-racistas lideradas por Marthin Luther King.

Aquel caso judicial en defensa del derecho de los neonazis, haciendo valer una vez más la Primera Enmienda, lo llevó con éxito el por entonces subdirector de asuntos legales de la ACLU, Christian Goldberger, quien, como resulta bastante obvio, era judío…

El hecho es que pese a ser autorizada, aquella manifestación neonazi no se produjo nunca. Pero el llamado Caso de Skokie pasó a la historia como un símbolo de la obligación, a menudo controvertida, frecuentemente dolorosa, de permitir la libertad de expresión incluso en supuestos en los que parece que ese permiso choca frontalmente con los valores y creencias dominantes.

La libertad no sale gratis. Apostar por la libertad social y el derecho a expresar cualquier idea, por repugnante o detestable que nos parezca, implica incurrir en fortísimas contradicciones, a veces muy dolorosas. Pero es un precio que hay que pagar.

Tal vez puedan o deban ser puestos límites más o menos subjetivos o ideológicos a la libertad de expresión, en aras de la defensa de la libertad misma. No lo se. Lo que sí se es que cada vez que se hace, se está colocando una losa en una vía que puede conducir al totalitarismo. 

La democracia real exige un esfuerzo supremo para tolerar la libre expresión de las ideas, sean estas cuales sean, mientras se trate solo de eso, esto es, de expresión de ideas. Y bien entendido que en cuanto los que manifiestan esas ideas traspasen un milímetro la línea roja de la ley, entrando ya en el mundo de los hechos o las conductas punibles, el peso del justicia deberá caer, implacable, sobre los transgresores.

Se atribuye a Voltaire una conocida frase que en realidad él nunca dijo (la puso en su boca su biógrafa, Evelyn Hall) aunque bien pudiera haberla pronunciado el autor del Tratado sobre la Tolerancia:

Je ne suis pas d’accord avec ce que vous dites, mais je me battrai jusqu’à la mort pour que vous ayez le droit de le dire.”

Esta efectista frase, que enuncia el principio clave de la tolerancia y la democracia, la he escuchado más de una vez en boca de los prebostillos que nos gobiernan.

Pero tengo mis dudas sobre si esos prebostillos creen firmemente en la idea que está detrás de la frase apócrifa de polígrafo francés.

Tan firmemente al menos como lo creía Christian Goldberger, aquel abogado judío del caso de Skokie.

2 comentarios en “El Caso de Skokie

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