Me pide una amiga que le recomiende un buen libro de “autoayuda”. 

¡Qué ocurrencia! ¡Pedirme a mí libros de” autoayuda”!

Seguramente, mi amiga estaba pensando que le sugiriese algunos de esos libros norteamericanos con títulos cuidadosamente calibrados por el marketing editorial: “¡Conoce lo que vales!”, “Pon Magia en Tu Vida”, “Cómo Suprimir Preocupaciones y Disfrutar de la Vida”, “El Poder del Pensamiento Positivo”, “Piensa y Hazte Rico”, “Tú Tienes Alta Sensibilidad”  y cosas así.

La cosa es que no solo me parecen inútiles y falsos esos libros (libros que inundan los estantes de las librerías de segunda mano, índice inequívoco de su ineficiencia) sino que en muchos casos me parece que son contraproducentes. Prometen cosas que raramente se realizan. Hacen creer que todos nuestros sueños se pueden convertir en realidad si nos ponemos a ello, tratan de convencernos de que todos podemos lograr aquello a lo que aspiremos, siempre que sepamos desearlo con firmeza, alegan que podemos ser constantemente felices o proclaman que, con ayuda de cuatro o cinco trucos que nos proporcionará a su debido tiempo el autor o autora, conseguiremos proscribir para siempre de nuestras vidas el dolor, las decepciones o la melancolía. 

Pero nada de esto es cierto, reconozcámoslo.

Le digo a mi amiga además (que escucha mi perorata un tanto frustrada) que la bibliografía de la llamada “autoayuda” es tan solo el epifenómeno de lo que Tolstoy llamó la “Religión Americana” y  lo que Harold Bloom analizó magistralmente en su obra de igual título. 

Es la “autoayuda” una derivación o excrecencia de esa fe pseudocristiana basada en el presunto poder omnímodo del individuo, en su capacidad de dialogar a diario “con Dios”, en la convicción de pertenecer al nuevo “Pueblo Elegido” y en el éxito material y social como justificante universal. 

La “autoayuda” es el alcaloide o concentrado más o menos laico de las creencias de los mormones, de los baptistas sudeños, de los adventistas del séptimo día, de los seguidores de la llamada “ciencia cristiana”, de los pentecostalistas, de los cristianos renacidos, de los carismáticos  o de los evangélicos, en sus diferentes y polícromas variedades… 

Termino diciéndole a mi amiga que el contenido de los libros de “autoayuda”, en realidad no se diferencia mucho de lo que ofrecen los telepredicadores en los espacios de la televisión norteamericana o en los “santuarios” de las “megachurches”, desde Tennessee a Corea del Sur. Viene a ser todo una misma cosa. Pero los muy espabilados predicadores masivos suelen dar un espectáculo algo más interesante que los manidos textos de esos libros de “selfhelp”…

¿Autoayuda? Yo creo que lo que nos hace falta es más bien “Autoestorbo”, es decir, libros “disruptivos”, como se dice ahora, libros que nos alejen del conformismo y de la tóxica comodidad que poseen las ideas convencionales.

Libros que estorben eficazmente nuestro inveterado hábito de transitar por lugares comunes. 

Yo soy mucho de autoestorbar, lo reconozco.

Y si se trata de recomendar libros que nos ayuden a sobrellevar algo mejor las inclemencias de la vida cotidiana, solo me atrevería a sugerir las Meditaciones de Marco Aurelio. 

Ese sí merece la pena.

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