“¿Cómo surgió la inteligencia en el hombre, suponiendo que realmente seamos inteligentes?”, me pregunta Mercedes, en medio de una conversación sobre la crisis del Mar Menor (a dónde iremos la semana próxima)y la estúpida forma en la que estamos destrozando la vida en nuestro planeta, tan asolado, tan enfermo, tan asfixiado.

–Pues yo creo que lo que llamamos, quizá indebidamente, inteligencia surgió como un subproducto del lenguaje, que parece ser privativo del homo sapiens, le respondo. Estoy convencido de ello.

–Bien. Pero entonces me tienes que aclarar, si no te importa, cómo surgió ese lenguaje entre nuestros antepasados.

–Fue por convertirnos en bípedos.

–Explícate.

–Creo que al levantarnos y caminar sobre nuestras dos piernas, obtuvimos muchas ventajas (entre ellas la perfección de la habilidad manual para fabricar herramientas y armas), pero le pusimos las cosas muy complicadas a las madres y a los hijos. Con la posición erecta, el parto se hizo difícil, dadas las modificaciones de la pelvis femenina. Eso obligó a que los progenitores cuidasen de esas crías con mucha mayor atención que en otros primates. Y no es concebible ese extremo cuidado, durante los muchos años previos a la madurez de la cría, sin que surgiese y se perfeccionase algún medio de comunicación elaborado entre los padres. Adicionalmente, el problema de la pelvis hizo de todos nuestros antepasados unos neonatos y eso impulsó el aprendizaje por parte de las nuevas generaciones.

–Pero hay otras especies que también parecen tener algún tipo de lenguaje elaborado, desde las hormigas y las abejas a los delfines. 

–En general, el lenguaje más o menos complejo se relaciona con especies en las que la cooperación es esencial. Eso abona la intuición según la cual el lenguaje surge de la necesidad de cooperar. Solo el lenguaje impidió que aquella especie de primates erguidos desapareciese por la indefensión de sus crías. Y ese lenguaje, a su vez, acabó generando una especie de seres más o menos inteligentes. Charlatanes e inteligentes.

–O sea que pensamos porque hablamos. 

–Sí. Y hablamos porque descendimos de los árboles y nos pusimos a caminar sobre dos piernas. Nietzsche, que era un gran paseante, decía que nunca se le ocurrió ninguna idea valiosa que no hubiese surgido mientras caminaba. 

–Pues en función de lo que me dices, tal vez todas nuestras ideas, como especie, surgieron porque se nos ocurrió empezar a caminar.

–Exacto.

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