Marta me dice que se ha quedado un poco perpleja con lo que escribí ayer sobre las falacias y paradojas de la estadística. 

Perpleja es una interesante palabra, derivada en última instancia de la raíz protoindoeuropea plek, plegado. Quien está perplejo es quien tiene la mente enredada, doblada sobre sí misma, desorientada, en un bucle que no llega a ninguna parte. 

Maimónides escribe su célebre Moreh Nevuchim, para tratar de explicar los misterios del mundo y de la vida a quienes están perplejos, en un sentido primariamente intelectual, es decir, a quienes están fuera del camino, descarriados, volteados sobre sí mismos. 

Por eso, el universal sabio cordobés usa el término “nevuchim”, relacionado con una raíz hebrea que evoca las volutas de humo que se pliegan sobre sí mismas, y que se suele traducir como perplejo o descarriado

El perplejo al que se refiere Maimónides, en el sentido etimológico, es quien tiene su intelecto dando vueltas y vueltas caprichosas, esfumándose tristemente en el vacío.

La estadística es una fuente permanente de perplejidad. Pero, al mismo tiempo, si se comprende bien, es también una fuente de claridad, incluso en relación con la vida cotidiana y sus pequeños enigmas. La estadística bien entendida es la verdadera Guía de Perplejos.

Le pongo a Marta un ejemplo relacionado con lo que ayer escribí sobre el riesgo de obviar los sesgos de selección al examinar estadísticamente una muestra cualquiera. Le recuerdo que en una ocasión ella me comentó un extraño fenómeno relacionado con los perfiles de sus amigos habituales. Resulta, me decía ella, que “los que entre mis amigos son los más simpáticos, resultan ser los menos atractivos, mientras que los que son más atractivos, no suelen ser tan simpáticos.”

Este curioso fenómeno lo experimentan muchas personas. Y parece muy misterioso pero, en realidad, le digo a Marta, es totalmente lógico y constituye otro ejemplo del riesgo de pasar por alto el sesgo de selección y caer por ello en la perplejidad.

Una persona siempre filtrará las personas con las que desea contactar regularmente de cara a considerar una posible relación. Y normalmente aplicará dos filtros distintos. En su selección entrarán aquellos o aquellas que sean suficientemente atractivos desde el punto de vista físico o/y aquellos o aquellas que sean suficientemente simpáticos. Pero la puerta estará cerrada para los antipáticos y poco atractivos.

Podemos representar en un gráfico el conjunto de posibles contactos que puede tener una persona. Estos contactos serían la nube de puntos que cubre todo el cuadrante que aquí arriba he reproducido. No existe ninguna pauta o correlación. Hay de todo; incluso muy antipáticos y muy poco atractivos: son los que están en la esquina inferior izquierda. 

Pero si tenemos en cuenta lo que he indicado más arriba sobre los filtros, vemos que los contactos con los que una persona suele relacionarse estarán más bien en la esquina superior derecha, es decir, serán personas que o bien son muy atractivas o bien son muy simpáticas, o ambas cosas. 

Más aún, posiblemente la parte más pequeña del ángulo superior derecho deba ser descartada. Porque más allá de la línea roja estarían los que por ser sumamente atractivos y sumamente simpáticos, seguramente ya tienen pareja o son, por decirlo así, inaccesibles. 

Por lo tanto, los contactos habituales de una persona que está considerando una relación de pareja son los que están incluidos entre la línea verde que forma el triángulo superior izquierdo y la línea roja que lo acota.

Entonces, ya podemos hacer abstracción de todos los demás puntos del cuadrante y quedarnos solo con los de color verde, que son los que se encuentran en el área indicada.

Basta un vistazo para comprender que en esa distribución de puntos verdes sí se da una correlación: ¡y es una correlación inversa!

Es decir, por lo general, a más atractivo menor simpatía y a más simpatía menor atractivo. Existe una correlación, pero no se deriva de una vinculación causal, sino de un sesgo de selección. Nada hay en los simpáticos que los haga un poco más feos de lo normal, ni hay nada en los atractivos que los haga menos encantadores de lo esperable.

Ha bastado, por lo tanto, detectar un sesgo de selección (derivado del filtro de los contactos en función de los dos criterios aplicados) para comprender la profunda lógica que está detrás de un fenómeno estadístico que parece casi mágico. 

El conocimiento de las cosas conduce a menudo a la perplejidad. Pero profundizar en ese conocimiento es la guía segura para salir de ella.

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