Anoche, viendo en la televisión el primer capítulo de una serie, escucho a un personaje, profesor de literatura inglesa en esa ficción, decir que el primero en acuñar la frase “el amor es ciego“, fue Chaucer. “¡Vaya!”, me dije a mí mismo, “¡esto sí que es jingoismo anglosajón en versión literaria!”.

Por supuesto que la idea de la ceguera amorosa está en Chaucer, cómo no (“for loue is blynd alday and may nat see“, se nos dice en el Cuento del Mercader, uno de los relatos de Canterbury). 

Pero ocurre que la concepción del amor como impulso ciego se pierde en la noche de los tiempos. 

La iconografía griega de Eros, o la romana de Cupido, suele presentar a estos diosecillos del amor con una venda en los ojos. 

Catulo menciona a menudo el amor ciego, unas veces para afirmar esa ceguera (“sive quod impia mens caeco flagrabat amore“) otras veces para negar la carencia de razón o visión en el enamorado, considerando que el amor, en ocasiones, hacer ver lo invisible.

Marcial también explica, en uno de sus epigramas, que si Codro es pobre de solemnidad, lo debe ser por su ciego amor (“plus credit nemo tota quam Cordus in urbe . / Cum sit tam pauper , quomodo ? Caecus amat.“). 

Ciertamente, las referencias a la ceguera del amor en la literatura de la antigüedad clásica son incontables, desde Platón (Las Leyes, 731e) a Juvenal (Satira IV, por ejemplo). 

Chaucer se limitó a hacerse eco de una convicción proverbial. Como lo hizo Shakespeare en el Mercader de Venecia (“but love is blind, and lovers cannot see“) o, como se hace, en unas líneas deliciosas en nuestra Celestina,”ciego te pintan, pobre e moço, ponente un arco en la mano, con que tiras a tiento“, como si Fernando de Rojas conociese la pintura de ese casi contemporáneo de Chaucer que fue Piero della Francesca, y que aquí reproduzco.

Ciego se ve al amor desde siempre. No es cosa de Chaucer, claro está. Lo sabían muy bien los romanos y los griegos. No parece saberlo ese profesor de literatura inglesa de la serie.

Solo la codicia es tan ciega como el amor, decía Artistófanes hace muchos siglos.

Pero esa ceguera del amor es una ceguera tolerable y, hasta cierto punto, la única deseable.

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