Creo tener identificados a los cuatro enemigos de la felicidad del hombre. Y en alguna ocasión he escrito sobre ello.

Para mi no son otros esos adversarios que el sentimiento de culpa, la falta de autoestima, el miedo y la ira/odio. 

Esos cuatro enemigos parecen estár relacionados entre sí en forma muy sutil. 

El miedo, por ejemplo, genera en unas ocasiones la ira/odio y en otras el sentido de culpa. 

A su vez, el sentido de culpa provoca la falta de autoestima, que a su vez retroalimenta el miedo. Es, por decirlo así, un sistema dinámico e interrelacionado.

He pensado mucho sobre estos cuatro venenos de la dicha humana.

Y también he dado vueltas a la cabeza pensando si existe algún antídoto universal para estos cuatro tóxicos.  ¿Cuál puede ser la triaca o polifármaco que nos proteja de estos mensajeros de la aflicción?

Es difícil definir una panacea universal, pero si existe, se trataría del perdón. No puede ser otra cosa.

Perdonarnos a nosotros mismos es lo que neutraliza el sentido de culpa y refuerza la autoestima. Perdonar a los demás nos reconcilia con el mundo y cancela nuestras reacciones de ira y de odio.

Pero llegando a esta conclusión caigo en la cuenta de que hay dos tipos de perdón. 

Está por un lado el perdón consistente en dejar marchar al otro, en romper la cuerda de odio y rencor que nos une a él y acaso usarla para jugar con ella como un niño. Se bien que es es difícil hacer esto. Y me recuerda, por ejemplo, a alguien de mi conocimiento que no deja jamás de odiar a su anterior pareja, por lo que cada noche, en realidad, se acuesta con esa persona. Y cada día se levanta con ella.

Y luego está, por otro lado, el perdón que, por decirlo así, se vuelca sobre el perdonado, agraciándole. Es el perdón que otorga al otro una suerte de beneficio moral o material, una gracia (de aquí que “gracia” sea un sinónimo, en el ámbito jurídico de “perdón” o “indulto“; por eso se usaba hace un siglo el término de “Ministerio de Gracia y Justicia” para referirse a lo que hoy solo es “Ministerio de Justicia”).

El verdadero perdón debería tener los dos componentes.

De hecho, los antiguos griegos usaban dos palabras diferentes para referirse al perdón, lo que sugiere que eran muy conscientes de que un perdón completo necesita las dos vertientes mencionadas.

Para referirse al perdón consistente en “soltar la cuerda“, los griegos usaban el término “afiemi” que etimológicamente significa “enviar” (hiemi) “fuera, lejos” (apo), liberar, desatar.

Para referirse al perdón consistente en “agraciar”, “bendecir”, “otorgar al otro un bien material o moral”, los griegos usaban el término “xarizomai“, relacionado etimológicamente con “xara“, alegría, bienestar y con “xarites“, agradecimiento, que a su vez está detrás del latín “gratia” y de nuestro gratis y gracia.

Creo sinceramente que el perdón, si se produce en esa doble dimensión del afiemi y el xarizomai es lo más parecido que existe a una medicina universal contra el malestar interior y sus cuatro negros pilares.

Pero, como muchas medicinas o purgantes, el perdón integral, el que suelta la cuerda y otorga la gracia, tiene un sabor muy amargo. 

Por contra, el odio y la ira son un buen bocado.

Es su digestión la que nos mortifica.

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