En una publicación reciente, afirmé que el adjetivo “felix” en latín, significaba originariamente “fértil“, más bien que dichoso o afortunado. Por eso, el topónimo Arabia Felix que figura en los antiguos mapas para designar al actual Yemen debería interpretarse como la Arabia Fértil o Feraz.

Mi amigo Hussein, autorizado filólogo árabe y erudito, discrepa. Me dice, con toda razón, que Yemen en árabe deriva de árabe “ymnt“, que significa “sur“, pero también está relacionado con “yamn” que significa “bendecido” o “afortunado”. Por ello, sostiene Hussein, Arabia Felix es simplemente una traducción correcta de la idea de una tierra jubilosa, del rico país meridional de la legendaria reina de Saba, allí donde la felicidad y la abundancia tenía su asiento.

¿Contradice lo que me dice el profesor mi afirmación respecto al verdadero sentido del latino “felix” aplicado al sur de la península arábiga? 

Todo lo contrario, creo yo. Lo que me dice Hussein viene a confirmar lo que dije yo. 

Porque demuestra que tanto en árabe como en latín, la idea primitiva de felicidad no podía ser otra que la fertilidad de los campos, para los pueblos de interior, y los buenos vientos, para los pueblos marineros. Básicamente, eso.

Otra cosa es que esa idea primitiva de felicidad, evolucionase después, en latín y en árabe, hacia un concepto más abstracto y complejo. Y acaso más discutible.

Es en virtud de esa evolución que tenemos nosotros sustantivos de mal definido campo semántico, como felicidad y fortuna (esta última era originalmente el viento fuerte que hinchaba las velas) para referirnos a la dicha. Es tal vez prueba de que no somos ya capaces de encontrar la felicidad en cosas tan simples como las buenas cosechas y las buenas singladuras.

Así que, tal como yo lo veo, la vinculación evolutiva de lo fértil y lo dichoso se da, con sorprendente paralelismo, en ambos idiomas, árabe y latín, y eso sugiere que el alma profunda de diferentes pueblos y sus muy distintos lenguajes tiene más elementos en común de lo que podemos pensar.

Y, en fin, añado que sabemos por Festo, en De Verborum Significatione, que Catón se refería al arbor felix como aquel que no llevaba fruto (“Felices arbores Cato dixit quae fructum ferunt, infelices quae non ferunt“). Y hay muchos más textos latinos que atestiguan este sentido primitivo del adjetivo latino “felix“. Lo encontramos en las Geórgicas de Virgilio, en la Historia Natural de Plinio, en la Saturnalia de Macrobio, incluso en Ab Urbe Condita de Tito Livio.

No se me juzgue como pedantería el traer a colación estas referencias o estas disquisiciones.

Solo son mi humilde intento por asentar que la etimología nos está sugiriendo dos grandes verdades: hay mucho en común en las almas de los diferentes pueblos y, sobre todo, somos más felices cuando creamos, mas infelices si no lo hacemos.

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