Es sorprendente la cantidad de casos en los que usamos nombres de animales para definir, peyorativamente, características que en realidad son privativas del alma humana. Cerdo, besugo, zorra, víbora, gallina, rata, pulpo, sabandija, lobo, perro, sapo, buitre, merluzo, ladilla, pájarraco, pato, gorila, cabra y sus derivados, gusano, hiena…

Hay todo un animalario interminable a disposición del hablante. Un animalario del que puede echar mano para herir verbalmente al prójimo. 

Entre todos estos sustantivos del ámbito zoológico, uno de los que me parece mas contundente y curioso es el de “ameba“. 

Tiene el cerebro de una ameba“, se dice, para enfatizar maliciosamente el escaso caletre de alguien. No es fácil explicar esta animadversión hacia la humilde ameba, que por cierto no es propiamente un animal. Quizá se deba al carácter unicelular de estos seres, lo que parece connotar una idea de simplicidad.

Lo curioso es que esa simplicidad solo es aparente. El ameboide de agua dulce llamado “Polychaos dubium” cuenta en su genoma con nada menos que 670 mil millones de pares de bases de ADN. Eso es más o menos 200 veces más que un homo sapiens.

De simple, nada.

Así que la próxima vez que alguien utilice ameba como ofensa, tenemos un interesante dato con el que corregirle. Y que aprenda así a no ofender a los animales comparándolos con los humanos. En muchos casos, la comparación es muy desfavorable e injusta. Para el animal.

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