Al hilo de mi comentario de anteayer sobre la relación entre felicidad y magia, me dice Marta que algo de razón debo tener, pues el amor, ese componente clave de la felicidad, también parece cosa de magia…

Eso está bien visto, le contesto. Y ya que me da pie, de forma irresponsable, prosigo diciéndole que el amor puede ser en efecto, la cosa más relacionada con la magia. 

–¿Por qué lo dices?

–Se podrían dar muchos argumentos, pero a mí me gusta mencionar al respecto el hecho de que la mitología grecolatina nos presente a Cupido creando pasiones amorosas mediante las flechas que lanza. Y por cierto que seguimos diciendo flechazo para referirnos al enamoramiento súbito (pleonasmo, pues no suele haber enamoramiento paulatino).

–¿Y qué tienen de especial las flechas?

Pues la clave es justamente la magia, que está asociada desde tiempo inmemorial a las agujas, a los pinchazos. El dardo que clava Cupido para provocar ardor amoroso es el reverso oscuro de las agujas que usa, también desde tiempo inmemorarial, la magia negra. 

El hombre primitivo, ve en las agujas la herramienta perfecta para penetrar en el alma del prójimo y dominarla. Y esta es una forma de pensar que según parece comparten plenamente esos chiflados peligrosos de nuestro tiempo, que están convencidos de que las vacunas son una conspiración global, mira qué poco cambiamos.

Además–le sigo diciendo a Marta, que se está riendo ahora por mi observación sobre los majaderos antivax– recuerda que Cupido lleva en su carcaj dos tipos de dardos, los de punta de oro y los de punta de plomo. Con estos últimos, el divino niño arquero podía provocar no el amor, sino el disgusto y el rechazo. Dafne huye de Apolo por el dardo de plomo que ha recibido.

Y por cierto que la asociación entre los dardos y el amor proviene de la madre de Cupido, es decir, de Afrodita, diosa del amor, y experta en toda clase de filtros, hechizos y amarres, como el dardo que enloqueció a Medea por Jasón. Afrodita Cyprogeneia es a quien Píndaro denomina en sus odas “πότνια δ‘ ὀξυτάτων βελέων Κυπρογένεια”, es decir “señora de los velocísimos/agudísimos dardos” (Pítica Cuarta, 213). De hecho, en sus odas, el poeta griego menciona una amplia gama de dardos divinos con muy diferentes usos; dardos para crear odio, dardos para crear codicia, dardos para embelesar las armas…Había dardos pinchazos para todo. Gran variedad.

Sí. Sin la menor duda; el amor es uno de los ámbitos más propios y genuinos de la magia, si no el que mas. Y lo es porque, al igual que los de la felicidad, los mecanismos del amor se nos escapan; no parecen responder a reglas previsibles o racionales. Y allí donde la razón no tiene cabida, surge inmediatamente la necesidad del pensamiento mágico o supersticioso. Estamos hechos así.

–Es divertida tu explicación sobre los dardos de Cupido. No había caído en ello. Pero, ya que estamos ¿por qué narices tiene que ser Cupido un niño y no un dios hecho y derecho?

–Ah, ese es un tema discutido. Podríamos recurrir a Homero, que nos dice que el amor roba el sentido incluso a los hombres más sabios, y los hace niños.

O podemos releer a Shakespeare en el Sueño de una Noche de Verano, donde Helena nos dice que Cupido se pinta como un niño porque…solo a los enamorados y a los niños es muy fácil engañar.

–Me quedo con la explicación de Homero.

–Yo con ambas.

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