Tengo entendido que hoy es el Día Mundial del Ajedrez. Me parece muy bien.

El hecho es que para mí, todos los días son días del ajedrez, porque juego mucho. A diario y en el ordenador. Partidas muy rápidas, en tiempo real, con desconocidos de todo el mundo. Cada vez juego más y cada vez escribo menos.

–Y por qué juegas tanto al ajedrez? 

–Pues por la misma razón que tú disfrutas leyendo una buena novela o un gran poema. Porque en un tablero de ajedrez se producen más aventuras que en todos los mares del mundo…

–Esa frase no es tuya. 

–En efecto. La frase pertenece a Pierre Mac Orlan, el mandamás (con el bonito título de «Sátrapa«) de esa inolvidable agrupación de talentos provocadores autodenominada Colegio de Patafísica, de la que eran miembros de número nada menos que Queneau, Boris Vian, Jean Genet, Ionesco, Umberto Eco y Fernando Arrabal (este último buen jugador y gran erudito del juego ciencia).

Todos los literatos que acabo de mencionar eran ajedrecistas competentes. Y no pocas veces incluían al ajedrez en las tramas que fabulaban. 

Hay muchos premios Nóbel de Literatura que han llevado el ajedrez a su vida y a sus obras: Hauptman, Anatole France, Yeats, Isaac Bashevis Singer, Eugene O’Neill, Kipling, Thomas Mann, Canetti, Becket…

Samuel Becket escribió una novela ambientada en un hospital psiquiátrico en el que los enfermeros y los pacientes se enfrentan en el tablero (la títuló Murphy, como aquel prodigio norteamericano del ajedrez decimonónico, al que los trebejos condujeron a la demencia precoz). También Becket fue el autor del drama teatral denominado Final de Partida que no es sino una alegoría del afán de dominio y control que intoxica al mundo.

Canetti nos mostró en su Auto da Fe a un extraño personaje que fantaseaba con ser campeón del mundo del ajedrez y que, mira por dónde, se llamaba Fischerle (todo un caso de anticipación, pues Auto da Fe fue publicada ocho años antes de que naciese Bobby Fischer)

Para abonar mi tesis, en el sentido de que el ajedrez es una variante concentrada o un alcaloide de la buena literatura no quiero quedarme con la mención de ese puñado de ilustres laureados. Resalto que nada menos que Nabokov y Borges, los dos genios más injustamente preteridos por la  Academia Sueca, crearon también obras maestras en torno al ajedrez, como La Defensa Luzhin, del sublime ruso políglota o como aquel perfecto soneto en el que el coloso argentino convierte al ajedrez en la mas bella metáfora de la vida humana y su finitud.

Y por qué no evocar también a Woody Allen, que en un hilarante cuento cómico nos describe una kafkiana partida por correspondencia en la que cada uno de los dos jugadores pretende imponer sus propias reglas al duelo: toda una brillante glosa de la incapacidad de los humanos para dialogar y entenderse. Insuperable.

Sí. Efectivamente, se producen más aventuras en un tablero de ajedrez que en todos los mares del mundo. Tenía razón Mac Orlan, porque cada buena partida es una gran historia; un relato fascinante de pasión, lucha, ambición y crueldad.

–Claro. Y que siempre acaba en tragedia. 

–Pero sin derramar una gota de sangre.

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