¿Se puede ser lúcido  y al mismo tiempo ser feliz?

Jardiel decía que hay dos formas de ser dichoso en la vida. Una es ser imbécil. Y otra es hacérselo. 

Yo tengo dudas sobre la segunda vía. Creo que no siempre funciona.

Hay muchos pensadores que han visto en la razón no solo algo innecesario para alcanzar la felicidad (así pensaba Kant) sino algo que en realidad la obstaculiza. 

Gramsci verbalizaba esta idea de recalcitrante cenizo con eso tan manido del pesimismo de la razón y el optimismo de la voluntad, que en realidad no es sino una forma ingeniosa de decir que lo razonable es ver el vaso camino de quedarse vacío, por más que nos empeñemos en soñar que rebosará dentro de poco.

En realidad, puede que Kant tuviese razón. La felicidad es cuestión de instinto, de imaginación, de suerte en suma. Los antiguos también pensaban así. Que no se atreviese un mortal a buscar la felicidad por medio de su razón, talento o poderes. Tarde o temprano, los dioses castigaban su soberbia. La felicidad duradera solo podía llegar por otros conductos. Conductos más bien mágicos.

Mozart le decía a Bullinger: “sin algo de magia no me va a llegar la felicidad“. Y Kafka pensaba que la felicidad solo le llega a uno si uno acierta a llamarla por su nombre mágico y secreto.

Es decir, necesitamos una dosis de magia para invocar con éxito a la dicha. Sin magia, ni la vida ni la felicidad nos es dada.

Lo malo es que la magia la perdemos en cuanto nos hacemos mayores. Mi querida Violeta, con sus 11 años llenos de fantasía e inteligencia, bromea conmigo sobre nuestros respectivos superpoderes. Ella me dice que yo tengo el superpoder de convencer a su madre de que la permita quedarse a merendar en casa, viendo otra película de Disney. Yo le digo que ella tiene el superpoder de convencerme a mí de lo mismo. 

Pero estos superpoderes no son muy relevantes, la verdad.

En realidad, reconozcámoslo, no tenemos ni verdadera magia ni genuinos superpoderes. No somos como los personajes de Los Increibles.

Y sin superpoderes o magia no es fácil conseguir la felicidad.

Sobre este punto pensó Benjamin. Dejó dicho que la primera experiencia de la desdicha, el primer adiós a la felicidad de la vida es la comprobación por parte del niño de que no hay magia en el mundo, de que los adultos no tienen superpoderes. 

He ahí la primera frustración de nuestra existencia. Tomamos conciencia de que no podemos volar. De que no podemos mover objetos con la mirada. De que no tenemos magia a mano. 

Y sin embargo, necesitamos desesperadamente esa magia y esos superpoderes para ser felices. Con la razón no nos basta. 

De hecho, en buena medida, nos sobra.

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