He sabido que el Museo del Louvre va a sustituir la numeración romana que actualmente identifica a las salas por simples números arábigos.

Y anteayer me enteré de que Bergoglio ha desterrado la misa en latín con el sacerdote de espaldas, tan querida por los integristas de la fé católica.

Yo lo siento. Obviamente solo por el latín, esa vieja lengua viva por la que tengo notable debilidad (afecto no correspondido, pues nunca he conseguido traducir latín de corrido y mucho menos a los clásicos). La proscripción pontifical me recuerda la canción de Brassens, esa de la «Tempestad en la pila de agua bendita». Allí se nos canta que «no saben lo que se pierden esos jodidos clérigos; sin el latín, sin el latín, la misa nos enmierda (_), sin el latín, sin el latín, ya no hay misterio mágico, el rito que nos envuelve, se muestra ahora anodino…«

Pero pese al motu proprio de Francisco con respecto a la misa en ese idioma que según Pio XII era la lengua universal e inmutable de la Iglesia Católica ocurrirá como con tantas otras cosas. Se irá, pero quedará su huella.

Después de todo, son muchas las palabras y expresiones de uso común cuyo origen nos remonta a la misa latina y que subsistirán, diga lo que diga el Pontífice.

Por ejemplo, seguiremos diciendo «sursum corda» para referirnos a algo o alguien de extrema importancia y poder, que ni siquiera por esa importancia y poder nos va a hacer de menos. Y lo diremos tal vez sin caer en la cuenta que eso de «sursum corda» es una expresión de la llamada plegaria eucarística de la misa latina, cuando el sacerdote invita a los fieles a animarse, a levantar los corazones.

También proviene de la misa latina la expresión «mea culpa«, que deberíamos usar más a menudo. O el gracioso giro idiomático «perder el oremus«, con el que significamos el desvío irracional de lo esencial y de lo que importa, y en el que usamos la palabra que pronuncia el cura en la misa–oremus– para invitar a la oración.

Naturalmente, el saecula seculorum, para indicar hiperbólicamente lo muy duradero, también proviene de la misa latina, así como el término «miserere» (ten misericordia) para referirse al doloroso cólico derivado de la apendicitis aguda que conducía a menudo a la muerte, antes del descubrimiento de los antibióticos (de un cólico miserere murió Rodolfo Valentino, por cierto). Aleluya y hosana son también palabras que figuran en la liturgia latina. Y «memento«, que según la RAE es sinónimo formal en castellano de «recuerdo«. 

Me atrevería a asegurar que la marca de automóviles «Audi», toma la palabra del imperativo que se dice en la misa: «¡óyenos! («te rogamus, audi nos«). Tengo entendido que el creador de estos coches, el ingeniero teutón August Horch, consideró inicialmente llamarles  «horch» (escucha, en alemán), pero prefirió decir lo mismo en latín, dando forma así a una marca más sonora que por añadidura acaba también siendo acrónimo de Auto Union Deutsch Industrie. Esto no tiene nada de extraordinario: hay varios nombres más de coches con resonancias latinas, como Volvo, que es «ruedo» en latín, o Fiat, que significa «hágase» (y no deja de ser llamativa la frecuencia con la que se denominan modelos de diferentes marcas de automóviles con palabras pertenecientes a la cultura latina: Corolla, Prius, Fabia, Supra, Octavia, Flaminia, Aurelia, Fulvia, Focus, Argenta, Senator, Aprilia, Felicia, Horizon…debe haber alguna razón para esta preferencia)

Y, en fin, la estupenda expresión «hocus pocus», que me parece solo usan los anglosajones para referirse a un artificio verbal grandilocuente y un tanto críptico, pero engañoso, se deriva también, muy macarrónicamente, de las palabras que pronuncia el sacerdote en el momento más solemne de la celebración litúrgica: «hoc est enim corpus meum» (este pues es mi cuerpo).

En fin, perdemos la misa en latín, pero siempre nos quedará Harry Potter, con el extenso vocabulario latino que aparece en sus libros.  

Por ejemplo, «¡impedimenta!», que es lo que ha de decir un mago que se precie cuando desea frenar algo indeseable. 

O «¡reparo!», que es lo oportuno para arreglar algo como por arte de magia. 

O, mi latinismo potteriano favorito, «impervious«, que en latín significa lo que no deja pasar algo, lo in-pervius, es decir, lo impermeable, y que usan los magos expertos para hacer que las gafas no se empañen con la lluvia (deberíamos usar también ¡impervious! en estos tiempos de mascarillas y gafas enturbiadas por el vaho).

Todo Harry Potter está imbuido de latinismos, bastante correctos, por añadidura. De hecho, en el escudo de armas de Hogwart leemos «Draco dormiens nunquam titillandus«. Es una correctísima frase latina que, mira por dónde, me recuerda que hoy es la efemérides del comienzo de la contienda contienda civil que estalló hace justo 85 años y de la que tal vez no hemos aprendido lo suficiente. 

¿Por qué digo esto? ¿Desvarío? ¿Es esto el colmo de mi patológica manía por mezclar y confundir todo en una olla podrida de ocurrencias? ¿He perdido el «oremus»?

Pues ocurre que Sánchez Albornoz escribió hace años algo muy cierto, a saber, que existe en lo español una especie de deposito permanente de violencia que puede encenderse en el momento más inesperado, si no nos empeñamos racionalmente en evitarlo.  

Y esto viene al caso de lo que significa el lema latino del mencionado escudo potteriano: «no conviene despertar jamás a un dragón que duerme».

Tal vez las verdades parecen más verdades si se dicen en latín. Amén.

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