Ayer escribí un largo texto en el que mencioné el Principio de Lucifer, esa oscura, escandalosa y posiblemente acertada hipótesis de Harold Bloom sobre el terrible motor que en muchos sentidos parece impulsar el llamado progreso humano. 

Tras escribir, salí a dar un paseo y me vino a la memoria que Bloom, en las primeras páginas de su libro hace referencia a una peculiaridad clave de los humanos adolescentes, esto es, una rebeldía que en no pocas ocasiones se tiñe de violencia luciferina. 

Bloom señala el carácter estructural y universal de esta rebeldía y argumenta que incluso se da en otros primates. En particular, el autor hace referencia a los jóvenes monos langur, que en plena adolescencia, abandonan sus hogares, forman bandas con sus iguales y buscan monos adultos a los que atacar. Cuando los encuentran, los despojan sin más de todo cuanto tienen (poder, prestigio y hembras).

Pensando en esas crueles bandas de langures adolescentes, recuerdo que en la antigua Esparta se daba un comportamiento totalmente similar. La agogé, que era el durísimo entrenamiento para la guerra de los adolescentes espartanos, empezaba a los 15 o 16 años. Y como parte de ese peculiar programa formativo bélico, los adolescentes debían pasar por un período de aislamiento, vagando por los campos en busca de algún infeliz granjero o campesino mesenio al que debían, sin dar explicaciones, asesinar. Solo tras acabar con el infortunado ilota, los adolescentes podían regresar a la ciudad y continuar su entrenamiento militar. 

Este tipo de ritos iniciáticos de paso, protagonizados por adolescentes airados, se da en muchas culturas, bajo diferentes formas. 

Por ejemplo, tradicionalmente, los adolescentes masai, llegado cierto momento, debían abandonar sus hogares y pasar días o semanas por los campos, en grupos de tres o cuatro compañeros, en busca de un león al que matar a lanzadas. Solo entonces podían retornar a la boma y proseguir su formación para convertirse en verdaderos guerreros masai, en «morans«. 

Y cómo no mencionar al respecto el fenómeno de las bandas urbanas de nuestro tiempo, con sus ritos sangrientos, que en muchos casos no se quedan a la zaga de la ἀγωγή espartana. Ayer se supo una tristísima noticia al respecto, sobre un brutal crimen en las calles de Madrid.

Adolescentes sanguinarios de Lacedemonia, masais africanos en busca de fieras a las que matar, monos langures juveniles, bandas urbanas de las metrópolis occidentales…Todo ello nos habla de ese principio luciferino que parece palpitar en el alma primate, y que se empieza a atisbar con nitidez en el conflictivo período de la adolescencia. 

No se si consuela mucho constatar que esa adolescencia, a su vez, es tan destructora como creadora de nuevos valores y que en buena medida es el fenómeno que está detrás de eso que llamamos progreso de la especie, generación tras generación.

Realmente no lo se. Vuelvo a casa un poco melancólico, pedaleando muy despacio, mientras veo al sol de Junio ocultarse lentamente tras las crestas de Peguerinos.

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