Me han pedido desde una emisora de radio que intervenga esta noche para hablar nada menos que de “El Diablo”. 

Así que me puesto a reflexionar sobre el tema. Y las líneas que siguen son el resultado. No se pensar sin escribir. Ni siquiera estoy seguro de saber pensar escribiendo. Puede que sean líneas excesivas y me consta que van a dar forma a un post hipertrofiado, pero tal vez a alguno de mis sufridos amigos lectores le parezca interesante el asunto. Así que aquí van.

Empiezo señalando que el ser humano está prediseñado para creer y temer en las fuerzas del mal, del mismo modo que está prediseñado también para creer y confiar en las fuerzas del bien. Estas dos características, cada una de una manera, son claves para entender el fenómeno de la religiosidad monoteista, con sus diferentes componentes clásicos: dios creador, bueno y omnipotente, paraíso, infierno, juicio final, y, por supuesto, demonio.

Ahora bien, lo que merece la pena pensar es por qué surge el demonio como personalización de las fuerzas del mal. 

Cuándo surge. 

Cómo evoluciona su figura. 

Qué papel juega en nuestro tiempo.

Eso es lo que trato de dilucidar en lo que sigue.

Tiene sentido comenzar diciendo que el Demonio, tal como lo entendemos en el Occidente judeocristiano, nace muy tarde, apenas hace un par de milenios.

En el Antiguo Testamento no se describe propiamente a Satanás como lo concebimos desde los comienzos del cristianismo. Los satanes de los que habla la Biblia son por lo general meros funcionarios de Dios, inspectores de la vida de los hombres. Son colaboradores divinos.  Parte del staff celestial. La etimología de la palabra hebrea “satan” indica justamente esta idea de vigilancia, acusación, fiscalización.

En Isaías se habla, ciertamente, de un tal Lucifer, pero no tiene nada que ver con el Diablo, sino que es una referencia del profeta a un malvado rey babilonio que al parecer ascendió muy alto y rápido al poder, para perderlo enseguida, emulando lo que hace en el cielo cada noche la estrella Venus, el lucero del alba. Isaías usa su figura para evocar lo efímero del poder humano.

Solo en los últimos libros del Antiguo Testamento, como Enoc, Jubileos o Job, escritos ya muy cerca del comlenzo de nuestra era, aparece alguna figura llamada Satán que se encarga no ya de vigilar sino de tentar al hombre, de tratar de conducirlo hacia el mal. 

Pero, así y todo, este Satán tentador, no lo olvidemos, sigue actuando a instancias de su “jefe”, Yahvé, que gusta de poner a prueba (peirasmoi) a sus mejores fieles, como Abraham o Job. 

Un paso más hacia la personalización de Satanás lo apreciamos en los manuscritos de Qumram, que en buena medida, definen una regla de vida para los religiosos judíos de estricto cumplimiento. En esos manuscritos, descubiertos en una gruta de las orillas del Mar Muerto hace más de medio siglo, ya empezamos a entrever la siniestra sombra del Maligno tal como lo conocemos. 

En las columnas 3 y 4 de la Regla de la Comunidad de Qumran se nos dice:

“Dios creó al hombre para regir el mundo, pero (como parte de su designio inescrutable) colocó también en su interior dos espíritus para que caminaran con él. El espíritu bondadoso recibe el nombre de espíritu de la verdad y el espíritu malvado se conoce como espíritu de la perversión. El espíritu bondadoso es el principe de la luz, mientras que el malvado es el ángel de las tinieblas.

¿Por qué tarda tanto la religiosidad judía en alumbrar (valga la paradoja) a este Ser de las Sombras del Mar Muerto? Es relativamente sencillo responder. La fe judía se basa en la sólida creencia de un dios supremo, aliado del pueblo elegido, superior a todo y a todos, creador universal que por sus características, hace imposible un pensamiento dual como el de los babilonios y los persas, que conciben un dios bueno (Mazda) al mismo nivel que un dios malvado (Arimán). O incluso la solución ingeniosa del hinduismo, que incorpora atributos buenos y malos en una misma divinidad, como es el caso de Shiva, que lleva en una mano el fuego destructor y en otra el timbal cónico sagrado (damuru, de aquí deriva nuestro sustantivo “tambor”) cuyo ritmo marca el ritmo de la creación y la fecundidad.

Sin embargo, incluso en el contexto del pensamiento clásico hebreo, como hemos visto por los manúscritos del Mar Muerto, se va abriendo camino la necesidad lógica de un Ser Maligno para explicar la indiscutible existencia del Mal en el mundo. No puede haber un dios que a la vez sea omnipotente y bueno a no ser que…a no ser que exista también un Ser Maligno responsable del mucho mal en el mundo (otra solución sería la gnóstica que contempla una colosal jerarquía de Dioses, siendo el que nos ha tocado poco más o menos un Dios menor, de segunda clase, lo que explica los desastres de nuestro mundo…) 

Esa vía del Ser Maligno que emerge al término de los libros bíblicos, es decir, de un ser más o menos simétrico a Dios, se hace mucho mas ancha con la aparición del cristianismo. 

En el Nuevo Testamento ya vemos a Satanás convertido en super estrella. Ya no se habla en esos Evangelios de serviciales satanes, como en el Pentateuco, sino de Satanás con mayúscula, es decir, de un personaje que se atreve a tentar al mismo Jesús y al que se culpabiliza, de muchas cosas, desde la enfermedad de un leproso o de una artrítica hasta la traición final de Judas Iscariote.

Junto con esta combinación de elementos (judaismo finisecular y evangelios canónicos) encontramos el colosal edificio doctrinal de san Pablo, a través de sus diferentes epístolas, que en conjunto constituyen la verdadera “invención” del cristianismo. En esas epístolas, Satanás es ya un gran protagonista, listo para ser envuelto en toda su maligna majestad, lo que será una tarea que realizarán cumplidamente los primeros Padres de la Iglesia, comenzando por san Ireneo o San Jerónimo (el exitoso creador de “Lucifer”) y terminando por San Agustín.

San Pablo, al igual que San Pedro (según se nos cuenta en Hechos de los Apóstoles) no duda en utilizar la nueva figura de Satanás, el Maligno, el Mentiroso, el Embaucador, para pedir el castigo a los cristianos díscolos de las “asambleas” o “iglesias” que configuraban esa especie de secta cerrada que fue el cristianismo primitivo. “Arrojad a Satanás a esos desobedientes“, dice San Pablo una y otra vez. Y lo mismo dice San Pedro, como en ese terrible episodio de Ananías y su mujer Safira, relatado en Hechos, que han sido obligados a vender sus tierras para donar el importe a su grupo cristiano pero, habiéndose quedado con una parte de su importe, reciben una brutal reprimenda de San Pedro “por haber dejado que Satanás se haya adueñado de su corazón“. Ananías y Safira caerán fulminados seguidamente tras escuchar la terrible bronca del primer Pontífice. Deberían llamar “Ananías” o “Safira” a la próxima operación policial contra la corrupción de los altos cargos…

Hablando en serio: la clave del boom de Satanás entre el cristianismo primitivo es doble. Por un lado, es preciso imbuir terror y miedo al infierno en los primeros creyentes, para evitar las desviaciones ideológicas y la disolución de la secta. Para esto, viene de perlas la figura de El Maligno. Por otro lado, la idea de un Satanás poderoso es la que ayuda a explicar las terribles persecuciones y los martirios de los primeros cristianos, así como a justificar el mal resultado “social” que a menudo produce la fe cristiana, que a menudo conduce a sus seguidores a la pobreza y a la indefensión. No rinde mucho, francamente, poner la otra mejilla cuando te han golpeado en una. Ser pobre no es una bicoca.

A partir de aquí la figura de Satanás no para de crecer, de enriquecerse. Lo hace especialmente durante el medievo, saliendo a escena de continuo, mezclándose con la magia, la hechicería, la brujería, hasta convertirse en un topos central de la cultura occidental, con caracteres descritos magistralmente por genios de la narración como Dante, Tirso de Molina, Calderón o Goethe.

Pero hay una nueva transformación de Satanás que tiene lugar a partir de la Revolución Francesa y la subsiguiente crisis profunda del poder social de la Iglesia. El Satanás del siglo XIX ya no es un elemento instrumental de la fe cristiana, sino que adquiere vida propia. En esos años post revolucionarios, en los que además la Ciencia ha dado un paso hacia lo inexplicable e invisible (como la electricidad o los rayos X, por ejemplo) es cuando aparece el ocultismo, el saber esotérico, tipos como Eliphas Levi, entidades como la Sociedad Teosófica, movimientos populares como el Espiritismo… Es en ese Siglo de las Luces, paradójicamente, cuando encuentra su mejor acogida el Señor de las Tinieblas. O quizá no es tan paradójico, porque una cosa puede llevar a la otra.

Más aún, tras el satanismo literario decimonónico, ese satanismo romántico de Allan Poe, de Stevenson, de Melville, de Baudelaire, incluso del de Becker, todo está dispuesto para que en el siglo XX se capitalice esta eclosión y surjan personajes siniestros y astutos, ávidos de dinero y poder, como Sandor LaVey, fundador de la Iglesia de Satán en San Francisco, o Aleister Crowley, el espabilado creador de la secta satánica de Telema, ambos pícaros truhanes y hábiles explotadores de esa cierta seducción por el mal, la rebeldía y la transgresión que se diría es inherente a la naturaleza humana. 

Y con todo esto llegamos a nuestro tiempo, en el que Satanás ya entra incluso por derecho propio en la cultura pop, gracias a la literatura, al cine, o, por supuesto, a la música, con el heavy metal y sus cacofónicos acordes, con esas satánicas majestades, como se denomina a los Rolling Stones, y con muchos otros grupos y organizaciones que juegan, tal vez irresponsablemente, con la idea de la “simpatía” por el Señor de las Tinieblas. Hasta en las tiendas de juguetes se venden “ouijas”, que según los que saben de esto, resultan ser una divertida (!) puerta hacia el mundo de los espíritus y del Maligno.

¿Y que ha sido entretanto del Satanás del cristianismo? Pues subsiste, evidentemente. ¡Y con qué fuerza! El actual pontífice, el Papa Francisco, ha expresado decenas de veces la existencia  del diablo. “El diablo no es solo un cuento de ancianas“, dice Bergoglio, “existe y es nuestro mayor enemigo“.

Se trata a toda costa de evitar que se pierda la fe en Satanás, tal vez por las mismas razones por las que en el cristianismo primitivo se intentó construir esa misma fe ciega en el Maligno, es decir, por el mal momento que vive la Iglesia, por su indudable decadencia, por su debilidad, por su pérdida de influencia social. Sin olvidar circunstancias como la actual pandemia, que desde ámbitos de religiosidad fanática tiende a verse como un castigo de Dios. Lo que a su vez nos lleva a mencionar esas tristes organizaciones de cristianismo integrista, como la célebre Quannon, que sostiene la existencia de una especie de conspiración satánica y caníbal en la que estarían todos los grandes líderes políticos del mundo, excepto Trump, por supuesto, y tal vez el tristemente célebre premier húngaro Viktor Orván.

El mejor truco del Demonio es hacernos creer que no existe“, nos indican los sacerdotes y los partidarios de esa conspiración universal, haciéndose eco, irónicamente y quizá sin saberlo, de una frase cuya autoría pertenece a un maldito redomado como Baudelaire, amante de las flores del mal.

Según datos de la Iglesia Católica, la posesión diabólica ha crecido exponencialmente en los úlitmos años. En Estados Unidos hay 50 exorcistas católicos en activo. Y con mucho trabajo, al parecer. En 18 de las 69 diócesis españolas hay un exorcista oficial. En Italia, más de medio millón de personas acuden cada año a un exorcista porque consideran que están poseídas por el demonio. Un cardenal italiano, que además es exorcista oficial, informa de que cada día realiza cuatro o cinco exorcismos…¡con el teléfono móvil!

Cuanto más católica o creyente es una comunidad, más se da en ella la posesión diabólica. La fe del carbonero lleva a menudo a la posesión. Todo místico es un endemoniado en potencia. Esto puede parecer paradójico pero no lo es. Entre el éxtasis de ese místico y la posesión diabólica il n’ya qu’un pas. Los mismos mecanismos que llevan al fanatismo religioso son los que llevan también a la vulnerabilidad frente a la idea de que Satán ha entrado en el cuerpo.

Quien cree a ciegas en Dios y en su papel activo en el mundo, está también expuesto a creer a ciegas también en el diablo y su papel activo en el mundo y en él mismo.

Porque además, en relación con este boom de la posesión diabólica entre los creyentes católicos, se puede mencionar el hecho de que el rito del bautismo es un verdadero ritual de exorcismo. Esto es así desde el punto de vista canónico estricto. El sacerdote, al bautizar, está exorcizando al bebé. Le da el soplito mágico y la pulverización de líquido que nos es tan familiar por los documentales sobre el vudú. Y este caracter exorcista del bautismo lo deja claro el catecismo vigente de la Iglesia Católica que, en su capítulo IV, artículo 1673, indica “en forma simple, el exorcismo tiene lugar en la celebración del bautismo“.

Así que, por lo tanto, habiendo sido muchos de nosotros, incluido el que esto escribe, sometidos a un forzado exorcismo en el momento de entrar en el mundo, cabe indicar cuál es la posición personal respecto a la figura de Satán o incluso el satanismo.

Yo empezaría diciendo que, como dicen un refrán gallego “Deus é bo, mais o demo non é malo”.

Puedo suscribir esta idea, pero, entiéndaseme bien, esto no implica necesariamente que yo esté convencido de la realidad de alguna de esas dos hipóstasis…

Lo que estoy queriendo decir es que en cierto modo, en la existencia humana se da lo que Harold Bloom llamó el Principio de Lucifer, es decir, un arraigado e indomable impulso violento, competitivo y de dominación en cada individuo y en cada grupo. Un impulso que, curiosamente, como Bloom demuestra, puede producir efectos positivos en el desarrollo global de las organizaciones y de la especie humana. Esto puede ser triste, pero hay que reconocerlo. Experimentos psicológicos como los de Miligram o Zimbardo han demostrado también lo profundamente que está inscrita en el alma del hombre la capacidad de ser “malo” o de cometer maldades, cuando el sistema y la colectividad así lo exigen. He escrito sobre esto recientemente.

Así que sí, en este sentido, “o demo no é malo“. O no es totalmente malo.

Pero lo es, y mucho, en todos los demás sentidos. 

El temor de Satanás hace al hombre más indefenso frente a la manipulación y la opresión. 

El panico hacia el Diablo hace la vida más triste y más oscura.

Y lo contrario, esto es, la adoración de Satanás, o bien es pura moda y postureo superficial, o, siendo una actitud sincera, no solo es una odiosa concepción del mundo que a menudo conduce a los más abyectos crímenes sino que es una profunda contradicción lógica.

El seguidor de Satán no puede esperar recompensa o ventaja alguna por su fe en el Maligno, pues esa recompensa o ventaja para el feligrés leal formaría parte de los valores morales positivos, algo que se compadece muy poco con la “malignidad” del ser al que se venera.

El seguidor de Satán es, propiamente, un imbécil.

En suma, para concluir esta larga (y tal vez tediosa) reflexión sobre ese pobre diablo creado por lo peor de la fantasía humana al que podemos llamar Satanás, Bellzebú, Beliar, Arimán o de mil maneras distintas más, no me queda otra cosa que gritar con Goethe:

¡fuera, idos, que ya hemos amanecido! 

Y terminar con el bonito lema que se me ocurre en estos momentos: ¡al infierno con el demonio!

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