Dicen los psicólogos que es en la adolescencia cuando surge el pensamiento moral con toda su torrencial fuerza y sus caóticas contradicciones. Tal vez por eso Diego se interesa, con sus 14 años recién cumplidos, por el dilema moral de la obediencia debida, y lo hace en relación con un admirable film de los años 90 protagonizado por Tom Cruise y Jack Nicholson.

Le explico al despierto adolescente que en esa película hay dos dilemas, no uno. El primero es de orden estrictamente jurídico: ¿cuándo es jurídicamente correcto desobedecer una norma o una ley injusta?. El segundo–mucho más complejo– es de orden moral, a saber,: con independencia de que exista o no soporte jurídico ¿estamos moralmente legitimados para realizar algo que es éticamente malo en sí, cuando lo aconsejan razones prácticas de cualquier tipo? 

El primer dilema–esto es, el jurídico–es engañosamente fácil de resolver. En principio, no estamos obligados nunca a cumplir una ley o una orden manifiestamente injusta. Así se nos indica en la mayoría de los órdenes normativos, desde los reglamentos militares a los ordenamientos jurídicos de los países democráticos. Pero esta solución es engañosa porque nunca está claro ni bien definido lo que significa “manifiestamente“. Por ejemplo, en el reglamento militar del ejército norteamericano se indica que una orden es manifiestamente injusta si cualquier persona normal la podría ver como tal. Pero esto no arregla mucho, en tanto no exista alguna forma de concretar quién es una persona “normal” , donde puede encontrarse y cómo piensa ella realmente. Estamos meramente ante un subterfugio. Un subterfugio similar al que utilizaba el antiguo Derecho Romano cuando hablaba del criterio de un hipotético -y abstracto-“paterfamilias” como medida para determinar aquello que no se podía determinar de otra manera.

El segundo dilema que emerge de la película en la que se enfrentan los personajes interpretados por Cruise y Nicholson es, con mucho, el más peliagudo. Nos lleva hacia dos concepciones opuestas de la legitimidad moral. 

Una de ellas es una perspectiva flexible y pragmática, y fue  teorizada por Jeremy Bentham. Se nos dice que es moralmente bueno aquello que evita nuestra desdicha y la desdicha del mayor número posible de personas. Este concepto, al que se suele denominar consecuencialismo, habilitaría la posibilidad de obedecer una orden injusta si, por ejemplo, su cumplimiento ayuda al colectivo al que se pertenece o produce un bien ulterior más allá del mal que conlleva en sí misma, tanto para uno mismo como para otros. Así que podemos arrojar por la borda a uno o varios de nuestros compañeros de patera si con ello hacemos posible que el bote con decenas de inmigrantes siga a flote hasta que nos rescate la guardia costera, 

La otra concepción de lo moralmente correcto, mucho más rígida, es la que nos dice que no debemos actuar nunca moralmente mal, con independencia de las consecuencias que pudieran tener nuestros actos. Lo que es malo en sí es malo en sí, sin que sea posible matiz o excusa. Ni siquiera las mentiras “piadosas” tienen cabida en este enfoque, que teorizó Kant. Por supuesto que no podemos arrojar por la borda a los últimos que se subieron a la patera. Más aún, si unos nazis acuden a nuestra casa en el Prinsengracht 263 de Amsterdam, para preguntarnos si tenemos escondida a Anna Frank, debemos responder a los matones de la Gestapo que sí, que en efecto la tenemos ahí arriba, porque la mentira es un mal en sí mismo. Así nos lo habría indicado el implacable sabio de Könisberg, por extraño que parezca, más allá de su lógica impecable.

–Y para tí ¿cuál de los dos enfoques es el correcto?

Solo puedo decir que los dos enfoques son claramente incompatibles, aunque mentes egregias como la de Stuart Mill por ejemplo, se hayan esforzado en reconciliarlos. Yo me ahogo en el absurdo al que conduce la rigidez moral imperativa kantiana, pero no hago pie en las aguas pantanosas y más bien sucias del consecuencialismo de Bentham.

En realidad, el mundo de la moral está lleno de dilemas que no es posible resolver de forma contundente. La moral es un mundo de perplejidades. 

Mientras le voy diciendo esto a Diego, con cierto aire resignado, acudo a un rincón de mi librería y extraigo un volumen. Se titula 101 Dilemas Eticos. Se lo muestro a mi joven interlocutor y le hago ver que tiene más de 500 densas páginas. Y le adelanto que en ninguna de ellas se encuentra una verdadera e indiscutible solución a los mas de cien rompecabezas morales descritos.

La moralidad es un misterio insondable. Y el mayor de ellos, el misterio moral primigenio, es saber si el hombre es bueno o malo por naturaleza. Resolviendo ese misterio seguramente se podrían empezar a aclarar otros muchos dilemas morales.

–¿Y tú que piensas al respecto? ¿Somos malos o buenos por naturaleza?

–Tampoco lo tengo muy claro, pero me parece que sin una cierta filantropía natural en los individuos, la especie humana habría desaparecido hace muchos siglos, víctima de sí misma. 

–Abundan más los héroes que los monstruos, entonces.

–Quiero pensar que sí. Sobre todo abundan los héroes anónimos. Los de las heroicidades calladas y cotidianas, de andar por casa. Verás, Diego, en relación con los grupos, tribus o familias a las que pertenecemos, somos animales esencialmente eusociales, como ha demostrado Edward E. Wilson. Tan eusociales como las hormigas o las abejas.

–¿Y cómo explicas entonces la abundancia de mal, de codicia, de guerras y crímenes? O sea ¿cómo explicas tú que la gente “normal” a veces haga o apoye cosas horribles, y lo digo por eso que me contabas ayer sobre esa filosofa, el juicio del nazi Eichman y lo que llamabas la banalidad del mal.

–Pues lo único que tengo claro es que los principios morales son frágiles y pueden ser ajustados y reajustados por la presión social. Un psicólogo norteamericano, Zimbardo, realizó un famoso experimento que demostraba hasta que punto las personas totalmente normales pueden ser sumamente crueles y llegar a torturar a sus semejantes, sin la menor empatía con respecto a ellos, siempre que se sientan autorizados o presionados para hacerlo por un determinado contexto normativo al que respetan. De algún modo, ese experimento de Zimbardo confirmó la “banalidad” del mal de la que hablaba Arendt.

–Ajá. Entonces ese experimento indica que tenemos tendencia a ser malos. Que cualquiera podemos serlo.

–Lo dudo. Solo indica que es muy fácil que el Sistema “resetee” nuestros valores morales, lo que explicaría enigmas como ese cierto apoyo social que tuvo Hitler y sus crímenes durante el Tercer Reich. Por otro lado, ese experimento de Zimbardo tiene un sesgo. O una insuficiencia, si quieres. Debió concebir y realizar Zimbardo otro experimento simétrico en el que sin duda se probaría que el ser humano es fácilmente llevado a realizar actos altruistas, incluso mediando su propio sacrificio. Estoy seguro de que ese experimento probaría también una cierta banalidad del bien.

–O sea que tú ves a las dos caras de la moral a la vez. Es como si vieses el alma en toda su fealdad y en toda su belleza al mismo tiempo.

–Correcto. No somos ni ángeles ni bestias. Todo dependerá de cómo queramos vernos y en dónde pongamos el énfasis de la observación. Todo parece determinado por las circunstancias y sistemas que nos afecten, condicionen o presionen, sin perjuicio de esa eusocialidad wilsoniana que me parece indiscutible.

En fin, Diego, todo se resume en que siempre, y sobre todo dependiendo del contexto, nos vamos a encontrar en la vida con algunos hombres malos y, afortunadamente, con algunos hombres buenos. Tal vez algunos más.

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