Marta me comenta que ayer derribaron otra estatua de Colón en cierto país americano. Me dice que le parece muy extraña esta especie de nueva moda iconoclasta; ella piensa que es algo que nunca antes había pasado y me pregunta qué opino al respecto. ¿Se deben derribar las estatuas de quienes pensamos que no actuaron en el tiempo pretérito con absoluto rigor ético? ¿Por qué esta fiebre ahora?

Le digo que esto no es nuevo en absoluto.  El ser humano ha dedicado tanto tiempo a derribar estatuas como a construirlas. Levantar una estatua es siempre un acto político, cargado de valores. Exactamente igual que tirarla abajo. Y como la política y los valores son eternos, no es posible pensar que estemos ante un fenómeno nuevo. 

Seguirán alzándose estatuas. 

Y seguirán siendo derribadas. 

Ocurre que no guardamos mucha memoria de las estatuas desaparecidas precisamente por eso, porque las hicieron desaparecer; no se ve lo que ya no está.

Pero guardamos registro de muchas estatuas derribadas en el pasado. En la Antigua Roma hasta le daban un nombre específico al habitual proceso de hacerlo: “damnatio memoriae“, esto es, “condena del recuerdo“, “maldición del recuerdo“. Al morir un Emperador, los senadores decidían si lo procedente era la apotheosis (es decir, convertirle en dios) o bien aplicarle la damnatio memoriae. Una de dos. Si la decisión era cancelar la memoria, se borraban hasta las monedas, que ya es decir.

Sería tedioso enumerar los casos de destrucción o remoción de estatuas y recuerdos en los tiempos pasados, desde la hoguera de las vanidades de Savonarola a la fiebre iconoclasta de la reforma luterana en el centro y norte de Europa, pasando por las innumerables estatuas de los borbones derribadas por la Revolución Francesa, la de los reyes ingleses durante la guerra de independencia norteamericana, o la de los símbolos estalinistas en la Europa del Este una vez caído el telón de acero. Aquí mismo también han sido removidas estatuas franquistas, y se ha visto hasta cierto punto como normal.

Es todo, como digo, ideológico, y casi siempre con componentes nacionalistas. En realidad, quien se rasga las vestiduras porque se derriba una estatua de Colón o de Hernán Cortés, no parece haberse molestado mucho cuando se ha echado abajo una estatua de Mubarak o de Saddam Hussein.

–Entonces, ¿a tí no te molesta este fanatismo inexplicable que parece extenderse ahora por el mundo contra las estatuas, esta especie de “damnatio memoriae” sistemática, por usar tus propias palabras?

–Para empezar, no me parece inexplicable. Escribí hace meses una posible explicación del proceso basada en la noción de San Jorge Jubilado.

Y por otro lado, ciertamente no estoy de acuerdo en el derribo. 

–¿Sugieres que deben quedarse donde están? ¿Incluso en el caso de racistas o genocidas?

–Lo que sugiero es que se les de mejor uso. Creo que las estatuas–todas las estatuas–pueden servirnos para conocer mejor la Historia, si incorporamos al monumento los datos que conocemos, buenos y malos, sobre la ejecutoria del personaje. Ese es el sentido que podemos darles. Monumento significa etimológicamente eso, admonición, aviso, prevención…o incluso amonestación.

–¿Aplicas esto incluso a una estatua de Hitler?

–Incluso una estatua de Hitler puede ser útil a estos efectos, aunque tal vez sea conveniente en este caso, llevarla sin más a un museo, y exponerla con toda clase de datos, más bien que dejarla solitaria en un parque público.

Mira, Marta, derribar estatuas sin más, es un acto cargado de tanta ideología como alzarlas. Y la ideología juega siempre en contra de la verdad histórica. O de la verdad, simplemente.

Por añadidura, juzgar con extremo celo puritano a los personajes de la Historia puede acabar cancelando todo nuestro pasado. Sin posible excepción.

Y una sociedad sin pasado, sin raíces, es también una sociedad sin futuro ni horizontes. La condenación del recuerdo es también la condenación de la esperanza.

Ni apoteósis ni sentencia de muerte al recuerdo.

Conocimiento, datos, análisis y visión de contexto histórico, esto es lo que me parece que hace falta en relación con toda clase de monumentos.

–Ya.

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