Sabedor de lo mucho que me suelen interesar las etimologías de las palabras y de lo que me suele complacer cuestionar las citas que hacen los prebostes en sus intervenciones (por lo general penosas) un amigo me informa, con cierto sarcasmo, sobre la repetida mención de la palabra concordia, y su pretendida raíz etimológica, en cierto discurso de un mandamás.

–Ha dicho el preboste que concordia significa con corazón…Estarás de acuerdo con la exactitud de esta afirmación, por una vez, supongo.

–Pues no del todo.

–¿Ah no? Pues, perdona, pero yo lo veo muy claro, cum y cordis. No admite duda. Tu sabes bien que cordis es la forma latina del kardio griego, emparentada con el heart inglés, por cierto, y con decenas de palabras castellanas, desde cordial a incordio…

–Si. Eso me lo se «de coro«, por citar una hermosa expresión clásica, un tanto olvidada, que también se relaciona con el cordis latino, y con el francés, par coeur. Pero aún así, sigo sin estar de acuerdo en que concordia signifique etimológicamente «con el corazón«, en atención a su etimología latina.

–Ya me dirás. Creo que en esta ocasión vas contra los hechos.

–Quiero decir que el significado original y etimológico de concordia es «consenso de mentes«. Y no tiene nada que ver con esa cosa tan cursi de «con corazón» que ha sugerido falazamente el descorazonador y descorazonado preboste.

–Ya me dirás.

–La concordia de los romanos era la estricta trasposición de la homonoia de los griegos, tal como sabemos por Polibio y por Posidonio. Esa homonoia era una especie de homogeneidad de mentes, homogeneidad de noos. Platón ve la homonoia/concordia como la clave del fundamento de la polis y se refiere ella como un supremo ideal de civismo, conectado otras tres nociones clave: el valor ciudadano (andreia), la sencillez o humildad (afeleia) y el buen uso de los recursos económicos (euteleia).  Los romanos, a su vez, hicieron también de la concordia una diosa y la representaban una y otra vez en sus monedas, en la certeza de que solo la concordia y el consenso podría librar a la ciudad de la guerra civil.

–¿Entonces, por qué en esa trasposición latina de la homonoia se introduce la idea del corazón, ausente en el término griego? ¿No indica eso una interpretación «emocional» de la concordia ciudadana, por parte de los romanos?

–No exactamente. En la antigüedad clásica, el corazón era principalmente la sede de la la razón y de las ideas. No solo–ni principalmente–de las emociones. Desde Aristóteles y Galeno, el cerebro se veía a lo sumo como una especie de ventilador o refrigerador de la sangre, y por ende, de los pensamientos; algo indispensable para pensar, pero no la sede del alma. Solo después de muchos siglos, después de Harvey, se llegó a comprender que el corazón se limitaba a bombear la sangre y que el alma o los pensamientos deberían tener, si acaso, su sede en el cerebro. Por eso, no tiene mucho sentido hablar de concordia como algo relativo al corazón, sino como algo vinculado a las ideas u opiniones. Estamos ante un ejemplo de lo que podríamos denominar etimología «falaz». Concordia en Roma significaba el acuerdo de las mentes que impedía el conflicto y la guerra civil y al que solo se podría llegar, precisamente, mediante el «consensus«. No podía haber concordia sin consenso; esta es la gran clave del éxito de Roma como organización política.

–Vaya. Así que en esta ocasión el saber etimológico no resulta válido para tí.

–La etimología, al igual que la estadística, es como una farola en la noche. Podemos visualizar junto a esa farola al ávido de la verdad, que se sirve de ella para iluminar lo oscuro. O podemos imaginar junto a la farola al borracho que tan solo la utiliza para sujetarse y no caer al suelo.

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