Los expertos en la ciencia triste y gris, más gris y triste que nunca, nos avisan de que llega la inflación, cual apocalíptico corcel que se acerca galopando. 

Era más que previsible que la orgía de deuda pública y el eufemísticamente llamado “quantitative easing“, (que no viene a ser sino el viejísimo recurso de fabricar dinero para cubrir las necesidades del poderoso) acabasen elevando los precios de los productos y los servicios (no así los salarios, dado el peso del abultado ejército de parados). 

Así que, por fas o por nefas, retorna en toda su gloria el más injusto de todos los impuestos, el menos progresivo, el más falaz. Keynes sostenía que la inflación permitía, entre otras cosas, apaciguar a los sindicatos, facilitando el ajuste al alza de los salarios nominales, pero escamoteando el hecho de que las retribuciones reales se iban achicando.

Se suele decir que el dinero termina corrompiendo al hombre, haciendo que renuncie a sus principios y valores. 

Pero no es menos cierto que los hombres corrompen al dinero, aniquilando su valor y contrariando su principio esencial. Y empobreciendo sediciosamente a la gente que solo puede vivir de su salario. Si acaso.

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