Por un pequeño problema ocular, no he leído casi periódicos esta semana, y apenas he sentido el habitual impulso de escribir. Pero he oído los noticieros de la radio y me ha sorprendido hace tres o cuatro días la declaración de una vicepresidenta del gobierno en relación a la dialéctica muy actual entre lo que parece requerir la política y lo que establece la ley. La citada política, ha citado a un tal “Presidente Franklin” según el cual, se nos dice, “a veces, la mejor justicia es la peor política”.

Quiero suponer que al referirse al “Presidente Franklin”, la política estaba citando a Franklin Delano Roosevelt, si bien me extraña esa familiaridad al mencionar por su nombre de pila al gran artífice del New Deal. 

Otra posibilidad, que en principio descarto, podría ser que la vicepresidenta se estuviese refiriendo a Benjamín Franklin, tal vez considerando que dicho personaje fue elegido en 1787 Presidente de la Sociedad para Promover la Abolición de la Esclavitud. 

En fin, quién sabe lo que fluye en la cabeza de esta política que, por otra parte, ha ejercido labores como profesora de Derecho y la debemos suponer cierto grado de erudición.

Sea como sea, me apuesto algo a qué tanto Benjamin Franklin como Franklin Delano Roosevelt habrían rechazado de plano esa idea según la cual la política puede estar por encima de la justicia o ser en ocasiones mejor que ella. Esta idea es en sí misma la definición del principio antidemocrático, es decir, asumir que alguien (el que decide la política) puede llegar a tener prerrogativas para torcerle con razón el brazo a la justicia.

Tal vez la prebostuela había oído campanas. No es la primera vez que ocurre esto en relación a una cita mal hecha por uno de nuestros políticos o políticas. Acaso le sonaba a la vicepresidenta una célebre frase de Abraham Lincoln: “Yo siempre he creído que la misericordia produce frutos más ricos que la estricta justicia“. 

Lincoln dijo esa frase en el contexto del debate sobre la clemencia con los soldados desertores, tras la Guerra de Secesión. La idea no es exactamente la misma que esa frase que la política pone en boca del tal “Presidente Franklin”; es mucho más afinada y se limita a señalar una creencia sobre la oportunidad de modular la “estricta” justicia, en atención a criterios de conveniencia social u opinión mayoritaria.

Hay que reconocer que el debate entre conveniencia, opinión mayoritaria y justicia es muy antiguo. Lo encontramos por ejemplo en el libro del Exodo, donde se lee un mandato divino que parece indicarnos que hemos de seguir siempre los criterios de la mayoría (“acharey rabbim lahatot“), más bien que ajustarse a los puros criterios de justicia (otras traducciones o interpretaciones del texto bíblico van en sentido totalmente contrario, por cierto). Pero, en relación con este chocante mandato divino, la exégesis talmúdica aporta una aclaración bellísima: antes de optar por lo que la mayoría opina hay que debatir en profundidad, y ese debate obliga a que se expongan cuarenta y nueve razones a favor… y cuarenta y nueve en contra.

¡Cuarenta y nueve argumentos en un sentido y otras tantas en otro antes de decidir sobre un asunto o una persona! ¡Qué idea maravillosa! Es una forma poética de expresar lo complicado que es encontrar la verdad y la justicia ante cualquier cuestión conflictiva. E ilustra lo peligroso que es inclinarse sin más por la mera opinión de la mayoría. Cada uno de esos cuarenta y nueve escalones de los que nos habla el Talmud es un paso hacia la Verdad y la Justicia, que deberían converger en el ideal escalón número cincuenta. Ese quizá es el punto esencial. Lo importante, cuando la Justicia y la Oportunidad parecen entrar en contradicción, es analizar hasta la extenuación los diferentes aspectos del problema. Y esto, en relación con lo que provocó la cita apócrifa de la vicepresidente, y en general con las posturas de los diferentes mandamases de la política, no se está haciendo.

Le hablo de todo esto a Cristina y a Mercedes, que, anoche, me escuchan pacientemente en la primera cena al fresco de la temporada. Noto que acaso les ha interesado a ambas no tanto mi referencia crítica a la cita apócrifa de la prebostuela como ese asunto talmúdico de los cuarenta y nueve escalones hacia la Verdad. Les digo que debería haber mucho contenido en internet sobre el tema y me permito recomendarles que lo miren.

Antes de acostarme, por curiosidad, echo mano del móvil y trato de preguntarle a Google sobre los cuarenta y nueve escalones. Lo hago en varios idiomas, por si acaso. Pero, oh tristeza, solo aparecen anuncios de escaleras y tiendas de bricolaje. 

En internet es difícil encontrar la verdad de las cosas. Es frustrante ese mundo de las búsquedas donde lo que cuenta, por obra de los algoritmos, es ante todo la opinión o intereses de la mayoría, sin ninguno de los cuarenta y nueve escalones de análisis o información deseables. 

Es también lo que ocurre en la triste vida política, tan llena de sofismas, de citas apócrifas, de ignaros prebostes, de indoctos doctores, de posturas impostoras, de escaleras de bricolaje.

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