Se dice que el pesimismo es sostener que el vaso está medio vacío, mientras que el optimismo es proclamar que está medio lleno. 

Puede ser. La forma en la que llamamos a las cosas determina cómo percibimos esas cosas.

Pero en realidad, se puede dar un paso más, algo más allá de las palabras y las descripciones.

Lo que distingue al optimista del pesimista es que ambos interpretan de forma diferente un mismo hecho.

El optimista considera que la ausencia de la mitad del liquido en el vaso es un detalle más bien irrelevante. Y, además, nunca esperó que se llenase.

El pesimista, en cambio, valora eso mismo como una verdadera tragedia. Y contaba con que debería estar lleno.

Optimistas y pesimistas extraen diferentes consecuencias a partir de un mismo dato de la realidad. Y cuanto más negativo es ese dato, más diferentes son las consecuencias. 

Las buenas noticias nos hacen igual de felices a todos, lo que evoca a aquello que se nos dice en la primera página de Anna Karenina: todas las familias ricas se parecen, pero son las pobres las que tienen formas muy diferentes de no ser dichosas.

Las malas noticias son las que tienen un impacto diferencial en la mente de cierto tipo de personas. 

De hecho esto es justamente lo que lo define al pesimista: acoge especialmente mal lo que ya es malo de por sí.

Y se pone en lo peor.

En un mundo de vasos llenos, no habría diferencias entre pesimistas y optimistas.

Cuando el agua escasea, se manifiesta la diferencia.

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