No se por qué, ahora que los bancos–nuevamente-van a despedir a miles de empleados, me viene a la mente una vieja historia que me contaron un día.

Se trata de un hombre que necesitaba un trasplante de corazón. 

El cirujano, ante la estantería de órganos, le iba detallando las diversas posibilidades.

–Puedo ofrecerle el corazón de un niño de doce años que era sano y  buen deportista-dice el médico.

–No; es demasiado pequeño–replica el hombre. 

–Ajá. Pues creo que alguien me ha hablado del corazón de un hombre de 37 años, que era banquero de profesión, debe estar por aquí…a ver…

–No lo encontrará, doctor. No conozco a ningún banquero con corazón…

–Mire, mire–responde el cirujano–precisamente tenemos el corazón de otro banquero…eso sí, tenía 70 años cuando falleció…fíjese, está aquí mismo, en este estante. Y, por supuesto, le garantizo que sí era banquero. Se lo certificamos todo.

–¡Ajá!–exclama alborozado el hombre–¡entonces ese corazón es justo el que quiero!

–¿Sí? ¿De verdad es el que quiere?–pregunta un poco desorientado el cirujano–¿y por qué le gusta tanto a usted el corazón de un banquero de 70 años?

–Pues porque tengo la garantía de que no ha sido usado nunca…–respondió con convicción el hombre.

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