Le comento a Marta que este año es el año de Dante, que falleció hace siete siglos justos. Surge al poco el tema del amor y su relación con la belleza, y hablamos de todo ello mientras, desayunamos en el jardín, en una incierta mañana primaveral.

Llegamos a la conclusión de que es la belleza la que desencadena el enamoramiento, lo queramos o no. 

Y que la belleza entra por los ojos, eso es algo que acordamos también, con resignación. 

Le digo a Marta que sobre este hecho irrefutable han meditado mucho los filósofos y han versificado sin descanso los poetas. 

Para Platón, lo bello y lo bueno solo podían ser la misma cosa. Por ello, en la lógica platónica, el amor no tendría sentido sin la belleza. 

Para la lírica europea medieval, solo la belleza idealizada, incluso divinizada, de la amada es el factor capaz de provocar el impulso amoroso puro. 

A su vez, aquellos poetas medievales, especialmente en el midi francés y en las penínsulas itálicas e ibéricas, beben del caudal de los poetas islámicos, verdaderos inventores del concepto de “flechazo” amoroso. 

Mucho antes de que los trovadores de Aquitania, Provenza o Sicilia cantasen apasionadamente al fin’amor, en el mundo musulmán ya se asumía como algo normal el trastorno o conmoción amorosa que sufre el alma al contemplar la belleza y la armonía de las formas. 

En ese mundo musulmán daban un bello nombre al flechazo irresistible y perturbador: “al-iftitan bi-l-suwar“, y se remontaban sus raíces y su justificación nada menos que a los textos coránicos. Se distinguía en árabe además dos modalidades del trastorno amoroso; por un lado, la variante irremediable, el idtirari, una especie de “amor fatal”, y por otro la forma libre y evitable, esto es, el ijtiyari

Pero ya se traté de idtirari o ijtiyari, lo cierto es que la lírica islámica idolatraba la contemplación de la belleza de los cuerpos vivos, quien sabe si como una forma de sabia compensación por la prohibición coránica de reproducir imágenes humanas en cuadros, esculturas o decoración. 

A su vez, esta adoración de los cuerpos en la lírica del Islam podría estar en relación, como contrapartida, con el peculiar rigor de las prohibiciones y restricciones que impone la religión musulmana respecto al cuerpo femenino y a su percepción. “El que mientras ayuna mira a una mujer hasta el punto de imaginar su anatomía, rompe el ayuno“, se dice en el Corán. 

Lo que me mueve a amarte, oh mi tormento / es la hermosura de tu rostro“, escribe el andalusí Ibn Zaydun dirigiéndose a la bella Wallada. 

Esa flecha que hiere y atormenta a Ibn Zaydun es la misma que penetra en Dante cuando ve pasar, en un rincón de Florencia, a Beatriz.

Al-ifitan bi-l-suwar.

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