Ayer escribí sobre el documental “Lo que me enseñó el pulpo” que, me parece, ha ganado esta noche un Oscar.

Olvidé mencionar ayer una extraña particularidad de los pulpos: tienen una vida muy corta, apenas tres o cuatro años, algo muy anómalo en criaturas tan dotadas desde el punto de vista “cerebral”. 

Lo cierto es que tan pronto el macho del pulpo insemina a la hembra, a través de su extraño apéndice en su tercer brazo, su cuerpo comienza a deteriorarse rápidamente y muere al cabo de unos días. En cuanto a la hembra, morirá justo cuando termine la incubación de los huevos. 

Los pulpos, por tanto, pagan el sexo con la vida. 

Pero en realidad, eso mismo pasa en casi todas las especies. Cambia solo el lapso de tiempo que transcurre entre el momento de madurez sexual y la muerte. Puede ser tan corto como en el caso de los opossum brasileños, que mueren el mismo día en que procrean. O puede ser tan largo como en el caso de algunos mamíferos, como los elefantes (30 años o más) o el hombre (65 años o más).

Ahora bien ¿por qué morimos precisamente después de la madurez sexual? O más genéricamente, ¿por qué diablos tenemos que morirnos?

No existe una fatalidad biológica que nos deba conducir a la muerte. Ni tampoco existe una regla que diga lo corto o largo que debe ser el período de supervivencia a la madurez sexual. Hay árboles que están vivos desde los tiempos de los reyes godos. Ese pez de roca llamado gallineta que quizá veas este verano en la playa puede haber conocido la invasión de las tropas  napoleónicas. Hay tortugas gigantes que ya estaban vivas cuando Darwin era solo un niño.

Podríamos pensar que, después de todo, nuestros órganos se desgastan, como las piezas de una maquinaria. Pero esto es totalmente erróneo. 

Nosotros, al igual que todos los animales, estamos hechos de células que continuamente se renuevan. Entonces, el misterio es que ese proceso no sea indefinido. El misterio es que a partir de un momento determinado sobrevenga la senescencia, es decir, la degradación y la muerte.

Como es lógico, los biólogos y los filósofos de la ciencia (y los filósofos en general) han pensado mucho en torno al problema de la senescencia, que tan gráficamente pone de manifiesto esa vida efímera del pulpo, a la que me refería al principio.

Se han elaborado muchos modelos. Un posible enfoque sería introducir en el análisis la idea de mutaciones perjudiciales de efecto tardío. Ocurre que las mutaciones perjudiciales de efecto temprano tienen a desaparecer, porque los individuos que las padecen no llegan a la edad de reproducción y por lo tanto no las transmiten a su descendencia. Pero las mutaciones perjudiciales de efecto tardío sí llegan a los “viejos” y con el tiempo, la población que ha superado la edad de reproducción se encuentra asediada por numerosas mutaciones de este tipo  que, en conjunto, constituyen la degradación y la vejez. Esto, explicado de forma simplificada (y seguramente imprecisa), sería el llamado efecto Medawar para explicar evolutivamente la vejez, por haber sido planteado por el inmunólogo británico Peter Medawar (con un modelo que fue después formalizado matemáticamente por William Hamilton y complementado después por George Williams).

El efecto Medawar no parece ser, sin embargo, una explicación totalmente convincente del proceso de senescencia, aunque nos llevaría tiempo detallar aquí sus puntos débiles. El hecho es que no tenemos todavía una respuesta clara y contundente al interrogante de por qué envejecemos y morimos.

Quizá el problema radique en la formulación misma de la pregunta. Tal vez habría que preguntarse no por qué envejecemos y empezamos a morir sino por qué no morimos antes de empezar a envejecer.

Después de todo, desde el punto de vista de la especie, una vez alcanzamos la madurez sexual y la ejercemos, no servimos para nada. Gracias al sexo habremos contribuido, eso sí, a mantener y fortalecer nuestra especie, pero, hecho esto, nuestra vida, al menos desde el frío, implacable punto de vista de la especie, carece ya de sentido.

Existe una posible respuesta. 

Tal vez la especie sigue necesitando de algún modo a los individuos que han superado la edad reproductiva, incluso después de que hayan procreado. Y tal vez los necesita por razones que podríamos llamar, de forma aproximativa e impropia “culturales”. 

Tal vez la supervivencia tras la procreación sea necesaria o al menos útil a fin de hacer posible la adquisición y transmisión de destrezas a las nuevas generaciones, así como facilitar como el cuidado y protección de los vástagos indefensos . Esta necesidad podría tener especial sentido en el caso de animales sociales y aún más si el período juvenil (de indefensión) del animal es muy largo.

Ambos escenarios se dan en la especie humana. 

Y ocurre que ambos escenarios son opuestos a lo que vemos en la vida del pulpo.

El pulpo es una criatura sorprendentemente solitaria. Justo lo opuesto a un animal social.

Y ocurre que sus recién nacidos se valen por sí mismos desde el mismo instante en el que salen de sus huevos. Apenas miden unos milímetros, pero ya son pulpos adultos en miniatura, capaces de camuflarse cambiando de color e incluso arrojar tinta para despistar a sus depredadores: todo un milagro de madurez anticipada.

Ambas cosas podrían justificar que los “padres pulpo” resulten innecesarios una vez que la nueva generación está en marcha. 

Mueren los pulpos después de procrear porque ya no son en absoluto útiles para la especie.

Y sobreviven los homo sapiens mucho después de procrear porque acaso sí lo son.

Así que he aquí algo más que nos enseña o al menos sugiere el pulpo. Y esta es una enseñanza, en cierto sentido, estimulante. Consoladora.

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