Me envía un mensaje Mercedes para preguntarme si tengo en mi biblioteca cierto libro que a ella le interesa hojear. 

Se trata del “Libro Negro del Comunismo”. 

Le respondo que no. 

Normalmente–le digo–no me gustan mucho los “Libros Negros”. Me parecen casi todos sospechosos. 

–Pero del comunismo y el fascismo sí tendrá sentido escribir un compendio de sus horrores ¿no?

–Puede ser. Aunque habría que decir que esa contraposición entre comunismo y fascismo, que ahora vuelve a estar en primera línea de las propagandas partidistas, es falaz.

–¿Falaz? ¿Es que a tí no te parece lo mismo el comunismo que el fascismo?

–Pues, no. Reconozco que fascismo y comunismo han servido de coartada ideológica para la peor tiranía y el crimen colectivo más abyecto, pero no creo que puedan valorarse de igual manera ambos conceptos y mucho menos identificarse.

–Ya me dirás…

–El comunismo no es solo el horror de Stalin, o la agresión antidemocrática de los bolcheviques, o el delirio maoista. El comunismo es también un complejo movimiento político e ideológico con casi dos siglos de historia; una historia en la que también habría que incluir a la Commune de París, a los héroes de la resistencia francesa contra Hitler, a los partisanos italianos que lucharon contra el nazismo, o a los diversos partidos comunistas europeos que aceptaron las reglas de juego democráticas incluso antes de la caída del Muro de Berlín, participando en la recuperación social y económica europea tras la Segunda Guerra Mundial, y renegando enérgicamente de la tradicional obediencia al Komintern. 

Sí–continúo diciéndole a Mercedes–son innegables los crímenes cometidos en nombre del comunismo. Tan innegables como los crímenes que se han cometido en nombre de la libertad, la democracia o el cristianismo, por ejemplo. Pero eso no es todo el comunismo.

–Ya…

En cuanto al fascismo, sus valores son, en muchos sentidos totalmente opuestos a los del comunismo. El fascismo implica un nacionalismo implacable, un militarismo de conquista, un sentido de la superioridad y hegemonía racial, y una negación del imperativo de justicia social y solidaridad…Y no creo mentir si digo que nada de esto es predicable del pensamiento comunista.

–De acuerdo en lo que dices, pero en la historia del fascismo también habrá habido un poco de todo, digo yo.

–Eso también es cierto. Y no es fácil ni riguroso referirse al fascismo de una forma unívoca y sin matices. Seguramente es impropio meter en el mismo saco el régimen autoritario y paternalista de los primeros años de Mussolini, inmensamente apoyado por el pueblo italiano, y la barbarie infernal y sanguinaria de la Alemania Nazi. No pertenece seguramente al mismo orden de cosas la represión infame de los “milicos” en el Cono Sur y la mas bien atenuada dictadura de Salazar en Portugal. Ni siquiera es exactamente fascismo el franquismo en sus últimas décadas, mucho más inspirado y dirigido por tecnócratas del Opus Dei que por el falangismo irredento de primera hora.

–O sea, que a tí también te parecería sospechoso un “Libro Negro del Fascismo”.

–Lo que me parece muy sospechoso es que hayan vuelto los tristes tiempos en los que se pretende interpretar la vida política como una lucha entre “fascistas” y “comunistas”. Eso es una majadería y un sinsentido histórico. Además de una irresponsabilidad. Cada vez que alguien llama a otro “facha” o “comunista”, está incurriendo en un reduccionismo falaz y convirtiendo las palabras, no las ideas, en armas arrojadizas para agredir o denigrar al que piensa distinto a nosotros.

En cuanto a los “Libros Negros”, ya se trate del Libro Negro del Comunismo, del Libro Negro del Psicoanálisis, el Libro Negro del Liberalismo, del Libro Negro del Capitalismo, o el Libro Negro de la Moda Prêt-à-Porter, sí, me parecen todos sospechosos. Como sospechosas me parecen todas las Listas Negras, por otra parte.

–No leerías entonces ningún Libro Negro de nada…

–Seguramente no. Solo leería, si acaso, el Libro Negro de los Libros Negros. Ese sí que lo leería.

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