En el anterior post, mencioné de pasada a Duchamp y a Wittgenstein. Y caigo en la cuenta de que ambos son dos figuras centrales del siglo XX, cada uno en su especialidad.

Duchamp ha sido considerado por expertos como el artista más influyente del siglo XX (el hombre más inteligente de dicho siglo, según André Breton).

Y lo mismo pasa con Wittgenstein, a quien también se ha considerado como el filósofo más importante del pasado siglo, por encima de Husserl o Heidegger.

Lo curioso es que ambos gigantes, colosos de la creación artística y del pensamiento respectivamente, tuvieron serios problemas mentales.

Wittgenstein sufría de severas depresiones.

Y Marcel Duchamp, de quien voy a escribir hoy, se contagió de un virus incurable. Un virus que afectó sin remedio a la segunda mitad de su vida, y que casualmente también afectó, hace muchos años, a la mía.

El virus de Duchamp no dañó sus pulmones ni su hígado, ni siquiera su sistema cardiovascular o su vesícula, pero penetró profundamente en el lóbulo frontal de su cerebro, alterando sus funciones cognitivas, transformando su capacidad para el razonamiento espacial y abstracto, modificando el rendimiento su memoria…incluso influyendo en sus sueños.

El virus del que estoy hablando, y del que como digo yo también estoy contagiado, es el ajedrez. 

Cómo llegó ese virus hasta mí es irrelevante. 

Cómo llegó a Duchamp y lo que hizo en su portentoso cerebro, sí puede ser interesante.

Marcel Duchamp fue un prodigio de creatividad. Antes de cumplir 30 años ya había revolucionado el mundo del arte, inspirando el surgimiento del dadaísmo, el surrealismo y el arte abstracto. También se puede argumentar que sentó las bases para el ulterior desarrollo del Pop Art, el minimalismo, las performances y–como se ha llegado a decir, por voces muy autorizadas– “virtualmente todas las tendencias artísticas contemporáneas“.

Pero al llegar a los 30 años, llegó el ajedrez a Duchamp. Y cuando entró el ajedrez en su vida pareció desaparecer todo los demás. 

Las 32 piezas de madera comenzaron a ejercer un efecto hipnótico sobre su poderosa mente, y esto cuando estaba en la cumbre de su éxito. 

Fue algo muy misterioso y hasta cierto punto inexplicable. Algo parecido a si Einstein hubiese dejado la física justo al descubrir su Ley de la Relatividad, para dedicarse en cuerpo y alma al coleccionismo de sellos.

El caso es que Duchamp se recluyó, como un monje, para estudiar ajedrez y perfeccionar su estilo. Y vaya si lo consiguió (en realidad, todo lo que hacía lo hacía maravillosamente bien).  Porque el caso es que no tardó en convertirse en uno de los cuatro mejores jugadores de Francia. Todo su ser entró en un proceso de transformación para pasar de artista polifacético a jugador de ajedrez. No pensaba en otra cosa.

Cuando cumplió 32 años, la transformación ya fue total. Había abandonado la creación artística de manera casi radical (excepto el diseño de unas piezas de ajedrez), y pasaba las horas del día y de la noche jugando en los cafés de París y con amigos en sus casas. 

En 1919 declaró que “nada me interesa más que encontrar la jugada correcta; todo en torno a mí adquiere la forma de un rey o una reina…el mundo exterior no tiene para mí otro interés que el de transformar una posición perdedora en una ganadora“. 

Durante aquellos años, una jornada típica suya era simplemente preparar las partidas en casa por la mañana, pasar largas tardes en el Café Dome jugando con rivales desconocidos, hacer una pequeña pausa para cenar unos huevos revueltos y retornar a casa para seguir jugando hasta las cuatro de la madrugada.

En 1924 viajó a Argentina (donde ya había vivido entre 1918 y 1919) y fue allí donde según sus propias palabras se convirtió definitivamente en un “maníaco del ajedrez“, siguiendo la estela de otros creadores a los que algún aire infeccioso del Plata debió obsesionar por el juego de las 64 casillas, como Borges, Cortazar o Walsh. El caso es que su nivel como jugador no dejó de mejorar. 

Ni siquiera el amor pudo devolverle la cordura. En 1927 se casó, a instancias de Picabia, con Lidia Sarazin, hija del millonario fabricante de los automóviles Levassor. Pero esta unión duró poco. 

Lidia se dió cuenta a los pocos meses que no había nada en el mundo para su marido que pudiera alejarle del tablero. Una noche, en Nueva York, mientras su marido dormía, Lidia decidió adherir con pegamento cada una las piezas al tablero en el que Duchamp practicaba. Fue una cosa muy dadaista, que debió haber sido celebrada por el artista convertido en jugador.

Pero Duchamp no le vio la gracia. Al darse cuenta de que los trebejos estaban pegados, le dijo a Lidia que se iba a jugar al ajedrez con Man Ray y que no volvería.

Tres meses después, ya estaban divorciados

Qué gran lástima que esas piezas inmovilizadas del tablero de Duchamp no se hayan conservado. Serían una obra de arte de primera magnitud. 

Esas piezas adheridas para siempre a sus casillas constituirían una maravillosa alegoría digna de estar en la mejor sala del MOMA. 

¡Ah esas piezas de ajedrez amarradas en sus puestos! ¡Ay esas piezas soñando un sueño imposible de complejas maniobras, ansiando sublimes combinaciones que jamás tendrían lugar…!

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