Miro a al viejo y querido Mao mientras duerme y me pregunto si está soñando. Y si en su sueño hay emociones como las que nosotros, los humanos, sentimos. Quizá esté llorando en sus sueños, recordando sus ya lejanos años de juventud. Me viene a la mente esto cuando me fijo en la comisura de su ojo derecho, que tiene desde siempre algo que recuerda el rastro de una lágrima.

Yo estoy seguro que sí. Yo intuyo que Mao, y en general todos los animales tienen una experiencia vital muy similar a la nuestra. Incluso, una conciencia y un sentido de identidad. Y no solo los animales que consideramos particularmente inteligentes, como los simios, los perros o los elefantes. 

El caso de los elefantes es poco discutible. Se sabe que lloran a lágrima viva y por razones estrictamente emocionales, no como respuesta fisiológica automática a un dolor físico.

El baronet escocés Roulaleyn Gordon-Cumming, el tristemente famoso cazador de finales del XIX que pasó su vida en Africa liquidando por placer la de incontables hermosas criaturas y que en su autobiografía se explaya en lo que Livingston calificó de “nauseabundos detalles de sus indiscriminadas matanzas de animales salvajes” relata un encuentro con un elefante al que no conseguía derribar “pese a disparar varias veces sobre él a quemarropa“. Finalmente, “sorprendido al comprobar que estaba solo atormentándolo…la noble bestia…” se decide el cazador a culminar el asesinato y nos cuenta que “disparé seis disparos más que deberían haber resultado mortales, pero en la medida en que no percibí evidencia de que le afectasen ordené que le disparasen una bala de cañon de seis libras; entonces, grandes lágrimas salieron de sus ojos, que abría y cerraba una y otra vez; su colosal cuerpo se convulsionó y desplomándose hacia un lado , expiró. Los colmillos de este elefante los enmarqué primorosamente y fueron los más grandes que nunca conseguí pues pesaban noventa libras cada pieza.

No solo los cazadores como el miserable Gordon-Cumming hacen llorar a los elefantes. Existe, si bien en un orden moral superior, una polilla en Thailandia, la llamada Mabra Elephantophila, que se alimenta de las lágrimas de estos grandes paquidermos.

Otra polilla, la Lobocraspis griseifusa, también lo hace, pero además ha desarrollado una habilidad para conseguir que las lágrimas surjan de los ojos del elefante.

Qué fascinante criatura esa esa Lobocraspis, tan evocadora de quienes, en el ámbito humano, tienen la odiosa habilidad de provocar el llanto en el prójimo y aprovechar sus lágrimas para sus fines.

Existe por cierto una palabra para denominar a quienes se alimentan del llanto ajeno: son los lacrifagos, término espléndido que se debería aplicar, en sentido propio, a las dos especies de polillas mencionadas y en sentido figurado a los que hábilmente hacen llorar al otro y se alimentan de sus lágrimas.

Por cierto que la lacrifagia nos obliga a reflexionar sobre el hecho de que la leche materna y las lágrimas son los dos únicos fluidos corporales que el humano puede concebir beber sin sentir repugnancia. Curioso.

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