Me escribe una persona querida para hablarme de Christian Neuhäuser, el filósofo de moda alemán que propone una prohibición general de la riqueza. Le contesto que la idea no es nueva. Se ha propuesto muchas ocasiones y por muchas voces autorizadas, desde Moises a Piketty, pasando por el Nuevo Testamento, los Padres Cristianos, Thomas Moore, Campanella, Saint Simon, Owen, Blanc, Lasalle, Marx o Kropotkin…Por citar solo unos cuantos nombres.

El problema es que las experiencias que se han realizado para llevar a cabo este ideal de igualdad han sido frustrantes. Soviets, kibbutzs, icarianos, falansterios, colonias fourieristas…nada consiguió germinar y todo ello parece condenado a terminar en el olvido y el abandono o en algo decididamente peor. Produce melancolía reconocerlo.

Puede que el ser humano sea avaricioso por naturaleza y puede que considere esencial vivir con la expectativa de riqueza, aún a costa de un riesgo de caer en la miseria. 

En cuanto mamíferos que un día tuvimos que competir por esas mamas que alimentaban también a nuestros hermanos, y en cuanto a simios inteligentes capaces de conspirar y maquinar para apropiarnos de lo ajeno, pudiera ser que llevásemos en nuestros genes el afán de dominio y apropiación. 

Este triste pensamiento me viene a la mente cuando leo que los macacos de Bali, famosos por robar a los turistas sus objetos personales, no solo han desarrollado una asombrosa habilidad para el “tirón” y para aceptar después su devolución si el legítimo propietario les ofrece una chuchería, sino que, como ahora se ha demostrado, han aprendido a valorar lo que roban: exigen recompensas a la medida del valor de lo hurtado; por un Iphone requieren más golosinas que por una gorra. Este increible fenómeno ha sido analizado por investigadores de la Universidad de Lethbridge, en Canadá.

Quizá haga falta algo más que las sesudas reflexiones de un filosofo teutón para establecer el camino hacia una sociedad igualitaria. Tal vez sea preciso un nuevo tipo humano capaz de alejarse aún más de nuestra naturaleza simiesca. En todo caso, mientras ese hombre nuevo llega, contentémonos con tolerar, sí, la expectativa de riqueza, pero solo a cambio de garantizar un bienestar mínimo y digno para todos.

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