Me dicen que para valorar el verdadero impacto de la pandemia hay que fijarse en el llamado “exceso de mortalidad”, más bien que en los datos estadísticos proporcionados por las autoridades sanitarias.

Sin duda es cierto. Y también será cierto que en esos datos de “exceso de mortalidad”, deben estar incluidas muchas muertes indirectas del Covid, por tristeza, por soledad, por miedo, por melancolía…

Uno imagina a un viejito con demencia senil incipiente al que se ha encerrado en una habitación sin el trato con sus familiares y visitas, que antes avivaba su memoria y ralentizaba su deterioro cognitivo. Ese viejito o viejita en suprema soledad habrá sufrido una aceleración en su degradación mental y habrá anticipado en mucho su hora final. Y así todo.

Nos llegan mil y un datos a diario sobre contagios, pero no se habla de esa otra epidemia de desolación que acaso no es menos mortal. El sistema sanitario entero se vuelca en la primera de las pestes. Pero pocos recursos se aplican a la segunda. Algún día entenderemos las consecuencias.

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