A cierto jerifalte autonómico se le pone tacha de soso, al parecer. El dicho jerifalte se defiende diciendo que si es soso por sosegado bienvenido sea el epíteto.

Yo creo que comete error el personaje, pese a ser de letras, al sugerirnos cierta vinculación entre ambos adjetivos. 

Sosegar viene del bajo latín sessicare, con el sentido de obligar a alguien a sentarse o apaciguarse (por ejemplo, se sosiega un territorio rebelde reconquistado o sus gentes levantiscas). Así, una persona sosegada viene a ser alguien a quien las circunstancias aconsejan prudente calma y quietud. 

En soso, por otro lado, encontramos un ejemplo de los numerosos bisílabos que formados por aliteración ofrecen connotaciones peyorativas: bobo, ñoño, lelo, memo, tonto, fofo, chocho…Soso es palabra, además, en la que convergen felizmente dos vectores etimológicos, el latín insulsus, con el significado de carente de sal o poco gustoso, y el castellano antiguo zonzo, vocablo popular al que el Diccionario de Autoridades ya atribuía el significado de “poco advertido, sin viveza o gracia en lo que hace o dice“,

Ni soso ni sosegado son buenos atributos para un político. Malo es que en cuanto soso, carezca de la viveza que precisa la cosa pública. Casi peor es que, por sosegado, no guste de levantarse de la poltrona para alzarse frente a tanta injusticia y dejadez que nos rodea.

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