Marta me comentaba anoche que le gustó mucho un nuevo documental sobre la frustrada intentona del 23F, hace ahora 40 años justos y mucho antes de que ella naciera. Me dice, entre otras cosas, que a ella le parece admirable y algo único el valor del que por entonces era vicepresidente de gobierno, quien se mantuvo de pie e inmutable en su oposición, con los brazos en jarras, mientras los disparos de los rifles de asalto atronaban el hemiciclo y hacían que los representantes populares (con dos dignas excepciones más) se escondiesen en sus escaños. 

Admirable sin duda esa figura, le digo a Marta. Pero no exactamente única. 

Aunque no es muy sabido por aquí, el General De Gaulle tuvo un comportamiento igual de admirable. Fue al día siguiente del de la liberación de París, el 26 de Agosto de 1945. El líder francés encabezaba un desfile a pie camino de Nôtre Dame, para dar gracias por la victoria sobre las fuerzas alemanas de ocupación. 

Caminaba De Gaulle entre los vítores de un millón de parisinos, con su prosopopeya y majestad legendaria, que siempre fue más propia de un monarca que de un dirigente militar. A acercarse la comitiva a la catedral, comenzaron a sonar muchos disparos de francotiradores nazis, agazapados tras las gárgolas del templo. Todos se echaron a tierra o apresuraron a parapetarse. Todos, menos De Gaulle, que siguió caminando como si nada hacia el atrio, despreciando las balas. Sus dos metros de altura se agigantaban aún más.

Le comento a Marta que estos dos comportamientos dignísimos, el de Gutierrez Mellado y el de De Gaulle, me parece que epitomizan la verdadera idea del valor. 

No es valor desconocer el peligro, pues eso no sería propio de humanos conscientes. El valor es más bien mantener la serenidad cuando los demás se empequeñecen por el pánico. 

Rudyard Kipling, que fue testigo directo de muchos actos de coraje, debía pensar algo parecido cuando escribió aquellos versos que encomiaban a quien mantiene la cabeza en su sitio cuando todos la han perdido.

Y antes que Kipling, un paisano del Géneral como Voltaire, ya había expresado la misma idea en el poema La Henriade, describiendo (también en el escenario de París) la serenidad del héroe que en el caos se mantiene imperterrito, en este caso el Duque de Mayenne:  

…en ce tumulte, incapable de’effroi / Affligé, mais tranquille, et maitre encor de soi…“. 

Esa sería la idea: tener valor es estar afligido, desde luego, pero también mantenerse inasequible al escalofrío del miedo, ese cierto estar tranquilo en el caos, siempre dueño de sí mismo”. 

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