Una buena amiga acaba de adoptar un cachorro de pastor alemán. He dicho adoptar, porque me niego a usar el verbo tener, y mucho menos comprar, para referirme a la relación entre el cánido y quien pretende ser su dueño. 

Yo he intentado convencerla, sin éxito, de que en lugar de un pastor alemán adoptase un labrador, como Mao, que tiende a ser mucho más amigable y cordial con los humanos. Pero ha sido imposible. Yo creo que mi amiga se proyecta en la personalidad teórica de los pastores alemanes. Ella es rigurosa, recta, con acendrados principios, muy dada a corregir lo que considera que está mal. Y esos rasgos puede que coincidan con los atributos de los pastores alemanes.

Como último recurso, igualmente inútil, le dije a mi amiga que el pastor alemán era la única raza de perros que apreciaba Hitler, quien, cómo no, también era racista en lo relativo a la especie canina. Al parecer, el Führer, odiaba particularmente a los bull dogs y a los boxers, a saber qué le habrían hecho.

El amor de Hitler por los pastores alemanes es un asunto interesante. Poseía el dictador (en este caso sí cabe el verbo) una hembra de esta raza a la que llamó Blonde. El nombre se las trae, porque evoca a la deidad germánica Wotan u Odín, la Bestia Parda o Bestia Rubia, el dios de la violencia, la transgresión, el dominio y la guerra. Se trata de ese dios vikingo/germánico al que el cristianismo parecía haber condenado durante milenios a una prisión subterránea (Nietzsche dixit), pero que resurge en el siglo XX, tal como Jung había alertado allá por los años en los que la serpiente nazi empezaba a salir de su huevo.

En realidad, lo que le molaba a Hitler eran los lobos. Al fin y al cabo, los legendarios y furiosos guerreros teutones o vikingos (Por Julio César tenemos noticia del furor teutonicus que mostraban aquellas bestias pardas) se autodenominaban berserker, haciendo referencia con ese nombre a las pieles de oso o de lobo con las que se cubrían. El propio Hitler se debía ver como un lobo, el gran lobo alfa de la manada alemana. De hecho, el nombre mismo de Adolfo significa, etimológicamente,noble lobo, o padre lobo, Athau wulf, como nuestro Ataulfo. Y en coherencia con todo ello, la nomenclatura nazi se lleno de lobos por todas partes; el refugio principal de Hitler desde el que dirigía la invasión de la URSS se denominaba precisamente “El Refugio del Lobo”. El plan de lucha de guerrillas destinado a resistir frente a la invasión de los alíados se denominaba “Der Wehrwolf“, es decir “El Hombre Lobo”. El Partido Nazi, y varias divisiones de la Wehrmacht, usaban como símbolo, en sus orígenes, el dibujo de una runa llamada Wolfsangel, “gancho de lobo”. Incluso en la actualidad, las organizaciones neonazis también siguen la pauta lobuna, por ejemplo los Lobos Blancos del Terror, una banda de peligrosos majaderos recientemente prohibida por el gobierno alemán.

Para entender el por qué de la obsesión de Hitler con el lobo, podríamos ayudarnos del psicoanálisis. Al parecer, Hitler, en su infancia, fue testigo aterrorizado de una agresión sexual de su padrastro sobre su madre. La interpretación freudiana sostiene que para liberarse del pánico hacia ese gran lobo malo representado por el agresor de su madre, el único camino era asociarse él mismo con el objeto de su miedo.

Yo más bien creo que el lobo simboliza en buena medida la historia del pueblo alemán desde la Antigüedad grecorromana, y sirve de arquetipo nacional. Esto se debe a las connotaciones del lobo en cuanto a transgresión/oposición frente a la civilización latina dominante (el viejo término germánico vargr significaba a la vez forajido y lobo, y viene al caso recordar la cacería de hombres lobos promovida por el Papa Inocencio VIII en 1484, con la publicación de la bula Summa Desiderantes Affectibus, que dio también el pistoletazo a la caza de brujas en Europa), así como el culto a la energía vital y la fuerza, y la devoción hacia lo colectivo y gregario.

Todo esto le conté a mi amiga al hilo del consejo que me pidió sobre la raza del cachorro a adoptar. Naturalmente no sirvió de mucho mi perorata histórico-cultural; porque en términos generales, pedimos consejo al prójimo tan solo con el propósito de que nos aconsejen justo aquello que deseamos realizar. 

Esto ya lo decía Bertrand Russell. Afirmaba que cuando una persona le pedía consejo, primeramente intentaba averiguar lo que de un modo u otro acabaría haciendo esa persona. Y luego se lo recomendaba encarecidamente…

Y además, qué diablos, ese cachorro de mi amiga es en verdad fabuloso.

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