Un buen amigo se escandaliza porque se ha sabido que algún prebostillo periférico ya lanza el globo sonda de convertir la vacunación del covid en obligatoria. ¡Esto es kafkiano! clama mi amigo, acaso evocando la noción del poder totalitario y totalizante que el escritor checo nos presenta en alguna de sus obras…

Le reconozco a mi amigo una cierta razón en su indignación. No se puede tomar a la ligera algo que afecta al sagrado derecho individual respecto a la propia vida y salud. Será preciso buscar un equilibrio entre ese derecho y el bien jurídico de la salud colectiva. No es fácil, pero desde luego el camino no es el que parece ha tomado el gerifalte autonómico del que hablan los periódicos, esto es, sancionar alegremente con decenas de miles de euros a quien no se vacune.

En cualquier caso, lo verdaderamente kafkiano no son los pro-vacunas, sino los anti-vacunas, aunque mi amigo no lo sepa.

Lo digo porque Kafka es uno de los más notables «antivax» de la Historia. 

En realidad, Kafka renegaba de la medicina «oficial». Era un obediente seguidor del doctor Moritz Schnitzer, un fanático promotor de las terapias naturales como panacea. 

El holístico Dr. Schnitzer creía que toda enfermedad, dolencia o síntoma no era sino una manifestación de una especie de Enfermedad Principal, la cual era preciso curar mediante medidas como los baños de sol, el cuidado del jardín, dormir con la ventana abierta y, sobre todo, suscribirse a la revista «Reformblatt für Gesundtheitspflege», dirigida, como es fácil imaginar, por el mismísimo Moritz Schnitzer.

En el número 172 de la mencionada revistilla (Junio de 1911) aparece una especie de manifiesto contra la obligatoriedad de la vacuna de la viruela, firmado entre otros por Franz Kafka.

Lamentablemente, el caso de Kafka es de algún modo similar al de Steve Jobs, cuya obsesión por curarse el cáncer con zumo de zanahorias impidió tal vez que una terapia «oficial» detuviese su enfermedad o al menos alargase su vida. La obsesión de Kafka por dormir con la ventana abierta, incluso en los días de más crudo invierno en Chequia, seguramente fue causa de la neumonía que daño su salud al final de sus días. Y su manía de tomar leche sin hervir o pasterizar, bien pudiera explicar la tuberculosis que, junto a la mencionada neumonía, se llevó al otro mundo a uno de los cinco o seis mejores escritores del siglo XX (para mí, solo estarían a su altura Borges o Nabokov).

En fin, lo verdaderamente absurdo es rechazar de plano la vacunacion. Hoy ya se está comprobando que esas vacunas del Covid están salvando la vida de cientos de miles de personas cada semana, en todo el mundo.

Por ello, negarse a ver esa realidad, que se constata con un simple vistazo a las estadísticas diarias, eso sí que es algo profundamente kafkiano…

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