Anoche, conecto la radio del baño, mientras preparo la ducha, y ¡maldición! otra odiosa retransmisión de un partido de fútbol. ¡Cómo no! Siempre el fútbol, con esos gritos insoportables del locutor y su entusiasmo impostado. Apago el transistor inmediatamente, afirmándome en mi convicción de que la Humanidad no tiene remedio, pero en el último instante escucho que uno de los dos equipos es el Atalanta. El Atalanta de Bérgamo.
¿Atalanta? ¿He oído bien? Me quedo muy pensativo, mientras siento el placer del agua caliente y el vapor corriendo por mi cuerpo. La verdad, es que es un nombre sumamente curioso para un equipo de fútbol. ¡Atalanta!
Miirándolo bien, me digo a mí mismo mientras me seco, tiene sentido el nombre, porque Atalanta es el mito griego que habla de esfuerzo agónico atlético, de superación deportiva. También de agilidad y fluidez (lo que explica que para los alquimistas, Atalanta es otra forma de referirse al mercurio).
Pero el mito de Atalanta es ante todo un ejemplo perfecto del sentido profundo de los mitos, que nacen y crecen al objeto de dar una explicación a lo que nos resulta asombroso o admirable del mundo que nos rodea.
En el caso de Atalanta, lo que se trata de explicar es el hecho ilógico (ilógico para los antiguos griegos) de que las leonas sean más rápidas y mejores cazadoras que los leones. Cosa sorprendente en verdad (y recordemos por cierto que hace dos o tres milenios no faltaban los leones en Grecia y Asia Menor).
A fin de justificar este enigma de la leona cazadora surge la leyenda de Atalanta.
Esta construcción mítica nos dice que Atalanta nace en la montaña de Beocia, hija de un campesino. Es abandonada por su padre, que estaba furioso por no haber engendrado un hijo. La cuida en el bosque una osa, que la toma como hija. Un día, unos cazadores la ven y la recogen. Con ellos, Atalanta aprende y domina las artes de la caza, tomando ejemplo de la diosa Artemisa. Sus hazañas son incontables. Mata en pleno bosque a dos fornidos centauros que la trataron de violar. Hiere al temible y monstruoso gran Jabalí Blanco. Incluso, según algunos, participa en la expedición de los Argonautas, junto a los mejores héroes de la Hélade. No solo destaca por su valor y su puntería, sino, sobre todo, por sus virtudes atléticas. La bellísima joven del bosque participa en competiciones por toda Grecia, y siempre se impone a los corredores masculinos, incluyendo al sumamente veloz Peleo, futuro padre de Aquiles. Pero es que cuando corre, Atalanta es invencible. Y todos acaban sabiéndolo.
Al llegar a la edad adulta, Atalanta toma una decisión sorprendente (e inaceptable para los hombres de la época): decide no tomar esposo. La explicación que da es doble. Quiere ser fiel a la diosa Artemisa. Y además teme el cumplimiento de un oráculo según el cual se convertiría en animal si se casaba.
Para evitar el matrimonio, y acabar con todos los pretendientes, Atalanta desafía a todos los varones que aspiran a su mano. Les invita a correr contra ella en el estadio. Si la ganan, aceptará el matrimonio. Pero si pierden, ella misma les matará.
En cada carrera, contando con su superioridad, Atalanta deja unos pasos de ventaja a su rival. Lo suficiente para que este no vea que ella corre con una lanza en la mano. Ya en carrera, Atalanta sobrepasa siempre en el último momento al hombre de turno, y con un hábil movimiento, le atraviesa el corazón, sin dejar de correr.
Pero, como siempre ocurre en los mitos griegos, hay alguien que cavila un truco para conseguir la victoria e imponerse a lo que parece establecido. Es Menalio. Al iniciar la carrera, contando con el consabido “handicap”, este héroe suelta en la pista una o varias manzanas de oro macizo. Atalanta, la heroína del bosque, que va detrás, siente una extraña fascinación por estos objetos y se detiene a recogerlos (como nos muestran varias obras maestras de la historia de la pintura). Eso basta para que Menalio llegue, por una vez, primero a la meta. Y la consecuencia, inexorable, es el matrimonio con Atalanta.
Entonces ocurre algo trascendental. Atalanta descubre los infinitos encantos del amor correspondido. La leyenda nos cuenta que la temible cazadora, la atleta invencible, enloquece por los placeres del dios Eros. Se olvida de todo lo que no sean los goces amorosos con Menalio. 
Y esto es tan así, que en su fiebre erótica, Atalanta se entrega una vez más al amor estando en un templo de Zeus. Menalio no es capaz de convencerla para contenerse. Y el resultado es una suprema transgresión. Un sacrilegio máximo. Entonces, Zeus, indignado, decide convertir a Menalio y a Atalanta en una pareja de animales. De leones, como podíamos esperar. Y es así como nace la estirpe de estos sorprendentes grandes felinos, en los que, inusualmente, la hembra corre más y caza mejor que su pareja. Toda leona es hija de la gran Atalanta.
–Qué bueno–me dice Marta, a la que le he contado este mito mientras cenábamos–Esto indica que los antiguos griegos eran ya un poco feministas ¿no?
–Es exactamente lo contrario. El alambicado mito de Atalanta, que habla de niñas abandonadas y mujeres transgresoras, nace mas bien para justificar el raro fenómeno de que las leonas sobrepujan en valores físicos a los leones macho. Se presenta esto como la excepción (mujer más fuerte) que sugiere la existencia de una regla (hombre más fuerte). Y de hecho, el final del mito nos indica que, a la postre, una mujer es una mujer, puesto que a la hora de la verdad, lo que le interesan son las joyas y abalorios, y dará siempre prioridad a los placeres amorosos sobre cualquier otra cosa (lo que provoca el castigo divino, que siempre merecerán las féminas).
–Vaya. Pues ya empezaba yo a sentir cierta simpatía por ese equipo de fútbol. Por cierto, anoche ¿ganó o perdió?
–Ni idea.

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