Un cuento chino.

Xuan Fo decidió iniciar el cultivo de un jardín de flores. 

Trabajó con extremo cuidado la tierra. 

Escogió las mejores semillas y las plantó amorosamente. 

Esperó con paciencia y por fin vio nacer sus flores.

Pero además de las flores, aparecieron en el jardín muchos cardos.

Xuan Fo los cortó. Pero volvieron a salir. Una y otra vez.

Le mortificaba que su jardín no fuese perfecto. Decidió acudir a recibir el consejo de Shi Shi, gran sabio.

El sabio le dio a Xuan algunos consejos sobre cómo cortar esos cardos y evitar las malas hierbas.

Pero los cardos volvían a aparecer.

Xuan Fo acudió una vez más ante el sabio.

–¿De modo que no consigues acabar con los cardos?–dijo el sabio. Y se quedó muy pensativo.

–Entonces, probemos a comprender su belleza–añadió flemático Shi Shi.

El gato, el perro y Dios.

Cuando Violeta viene a casa el perro le hace la la fiesta. Y el gato la observa.

«¿Cuál de los dos crees que es más listo?«, me pregunta la niña mientras ella hace un regate de talón al viejo labrador con un balón de futbol mordisqueado y ante la mirada reflexiva del peludo bosque de Noruega, ahora con un abrigo más tupido que nunca, dadas las bajas temperaturas de este invierno.

Pues no sé. Reflexiono en silencio ante la cuestión de la niña. 

Supongo, le digo al cabo de unos instantes, que son inteligencias diferentes. 

Yo creo que el gato está fabulosamente atento al mundo.

Por su parte, me parece que el perro está asombrosamente pendiente no del mundo, sino de nosotros. 

Cuestión de foco por tanto.

De foco, sí, o acaso de interpretación, digo para mí, mientras la veo seguir jugando con Mao y abro mi ordenador.

El perro, pienso, percibe que, sin pedirle nada a cambio, yo le doy de comer, le ofrezco cobijo, le cuido y le protejo. 

Por ello, el perro piensa: «mi amo debe ser Dios«. 

El gato percibe que, sin pedirle nada a cambio, yo le doy de comer, le ofrezco cobijo, le cuido y le protejo. 

Por ello, el gato piensa: «yo debo ser Dios«.

No son las cosas las que marcan las diferencias. Son más bien nuestras interpretaciones de las cosas. Si acaso.

Celos

Mi amiga Cristina no deja de padecer las querellas por celos de sus hijos, algunos adolescentes y otros camino de serlo. Pero es que los celos son algo inherente a la especie humana, le aseguro. O quizá a todas las especies de mamíferos. 

Yo estoy convencido de que la lucha por las mamas hace de nosotros, desde la tierna infancia, celosos patológicos. No he encontrado validación para esta teoría, lo reconozco. Pero nadie me quita de la cabeza que si naciésemos de huevos, no tendríamos tanto sentido de la competencia. Es en el ámbito primigenio del pecho materno donde debe buscarse la causa última de tanto idiota ambicioso, de tanto codazo, de tanta pugna por ser el primero, de tanta soberbia.

Espero ansioso que algún investigador de una prestigiosa universidad me dé la razón. Mientras tanto me conformo con saber (lo leí ayer en el NYT) que durante la infancia, los hermanos tienen disputas a razón de unas ocho por hora (!). El dato lo ha proporcionado el profesor Ethan Feinberg, de la Pennsylvania State University.

La envidia, los celos, la competitividad, son inherentes a esta especie de mamíferos llamada homo sapiens. No es casualidad que en la Biblia, el comienzo de la historia del hombre en el mundo tenga lugar en el contexto de una cuestión de celos entre hermanos. Por no mencionar episodios bíblicos ulteriores de similar conflictividad fraterna, como los de Jacob y Esau, José y sus hermanos o la parábola del hijo pródigo. Con razón se ha dicho que la Biblia es el compendio fundacional de toda la psique occidental. En la Biblia está casi todo lo que nos explica. Y lo que falta en la Biblia lo encuentras en el Quijote.

Mil es infinito.

«Por mil razones», dice el preboste para justificar su postura. Cuánto mejor sería que nos diese al menos una.

«Por mil razones», nos dice la campaña publicitaria de cierta ONG. 

«Por mil razones», canta la estrella del pop para justificar su pasión amorosa (pese a que el amor y la razón apenas tienen nada que ver). 

Se repite mucho esto de mil. Tal vez porque en lo profundo de la mente humana, mil equivale a lo infinito, a lo incontable. El símbolo de infinito, ∞, que el matemático Wallis se inventó y utilizó por primera vez en su tratado sobre las secciones cónicas, allá por el siglo XVII, se deriva precisamente de la M mayúscula en fuente uncial antigua: M, que a su vez era el símbolo del mil en numeración romana. La palabra milia en latin, nos lleva a la convergencia de las palabras griegas mirion y xilia. La primera significa lo inmenso. La segunda significa mil propiamente, pero su etimología nos conduce a la idea de lo que fluye, de lo que discurre eternamente. 

Milhojas, decimos para referirnos a un pastel de hojaldre con incontables capas. 

Reich de los Mil Años, prometía Hitler a sus masas, para indicar la vocación de eternidad del nacional socialismo.

Mil y una Noches son los cuentos que va improvisando Sherazade para alargar hasta el infinito la suspensión de su sentencia (los árabes ven, por cierto, en las 28 letras de su alfabeto un eco del guarismo 1000, puesto que dicha cantidad se obtiene con 9 centenas, 9 decenas y 9 unidades, más la letra ghayn, que precisamente por ello se convierte en el indicador de lo incontable). 

Mil soles fundidos, era la metáfora con la que Oppenheimer describió la infinitud del primer hongo atómico.

Y, desde luego, el mas hermoso ejemplo de la relación entre mil y lo infinito nos lo da Catulo en el famoso poema que comienza con el Vivamus, Lesbia Mea. El vate de Verona le pide a su amada mil besos, aunque le ruega que le sean dados en secreto, para evitar el mal de ojo de algún perverso «envidioso» de tanta pasión osculatoria. Atque nequis malus invidere possit…dice Catulo, y esto, por cierto, nos lleva al interesante asunto del concepto etimológico de envidia, relacionado con la vista del bien ajeno. Pero ese asunto lo dejaré para otro momento, pues este post llegaría en ese caso a las mil palabras, y eso sería un abuso intolerable de la paciencia que demuestran mis amigos lectores.

Infinita paciencia.

Freud

Sugerí el otro día que el psicoanálisis puede ser una herramienta para estimular la creatividad del narrador. Debí añadir también que no es estrictamente necesario ponerse en manos de un analista. Solo faltaría.

Es casi igual de útil–y más barato– leer mucho sobre psicoanálisis. El propio Freud reconocía que «mis observaciones se leen como una novela». 

Personalmente yo considero que el viejo profesor vienés ha sido uno de los grandes literatos del siglo XX. Y lo mejor es que lo ha sido sin pretenderlo.

No es extravagante mi convicción. Recordemos quién fue galardonado en 1930 con el prestigioso premio Goethe, que también han conseguido destacados fabuladores como Hauptmann, Hesse, Thomas Mann, Ingmar Bergman o Amos Oz, por ejemplo. Pues fue Siegmund Freud, precisamente.

Coach o Couch.

Una amiga de Marta, que me lee de vez en cuando (brave fille!), me dice que le recomiende algún taller de escritura, o tal vez un coach especializado, pues le gustaría escribir cuentos de ciencia ficción.

No estoy muy cualificado para lo que me pide. No soy literato. No puedo acreditar más que la autoría de dos o tres libritos de ensayo sin importancia. Me he ganado la vida escribiendo publicidad, es cierto. Pero eso poco tiene que ver con el arte de narrar.

No obstante me atrevo a recomendarle algo. Le sugiero que descarte los talleres de escritura y que en cambio, se tumbe en el diván de un buen psicoanalista. O sea, le recomiendo un couch en lugar de un coach.

–¿Un psicoanálisis? ¿Por qué?

–Hay muchas razones. El psicoanálisis enseña a definir personajes en su abisal profundidad, a dominar el arte de la metáfora y la alegoría, a desconfiar de las frases hechas, a explotar los dobles sentidos…

–Qué consejo tan curioso: el diván como instrumento de creación…

–Así es. Y así lo vieron gentes como Fellini, Bataille o Perec, por citar tres casos evidentes.

–Pero yo quiero escribir ciencia ficción; quiero narrar sobre las sorpresas que nos deparará el futuro ¿Me ayudará el psicoanalista?

–No se si te ayudará a narrar el futuro y sus incógnitas. Pero te aseguro que te ayudará a desvelar otras incógnitas aún más fascinantes que las del futuro. 

–¿A qué te refieres?

–Al pasado. Créeme, no se sabe nunca las sorpresas que nuestro pasado nos puede deparar…

Jupiter asintió.

Entre las muchas fotografías excepcionales (en más de un sentido) que nos ha dejado el asalto de esa turba de majaderos al Capitolio, destacan al menos dos. 

La más notable, a mi juicio, es la que nos muestra a un asaltante sentado confortablemente en la tribuna, sosteniendo su smartphone en la mano, en lugar de la pistola que podríamos esperar (sobre todo recordando el golpe de Tejero). Eso ilustra muy bien hasta qué punto han cambiado los tiempos y cuáles son ahora las verdaderas y temibles armas de subversión. 

La otra fotografía insuperable es la de ese tipo que se descuelga ágilmente desde un nivel a otro del sacrosanto templo de la democracia norteamericana, dando así expresión visual, perfecta y quintaesenciada, a la idea de asalto, en su más nítido sentido etimológico. 

En relación con esta asombrosa imagen, un amigo me pregunta por la inscripción latina que oculta parcialmente el asaltante. Mi amigo no es el único que piensa que yo soy un buen latinista, lo cual es una cariñosa exageración de la que no puedo sino disentir.

Pero ocurre que dar respuesta a esa cuestión es cosa que sí está a mi alcance. 

Y a eso voy.

Lo que podría leerse en letras de oro, si el energúmeno ese no interfiriese, es «Annuit Coeptis«.

Coeptis es el plural de coeptum o ceptum, con el significado de iniciativas. Es palabra latina derivada del verbo coepio, o cepio con el significado de poner las manos en algo. Hay derivados en español como «incipiente» (lo que comienza), por ejemplo, o «excepción» (lo que no tomamos)

Annuit es el pretérito indefinido del verbo latino annuere, que significa asentir y que también nos ha dejado derivados, entre ellos anuencia.

Así que «Annuit Coeptis» significa «asintió a nuestras iniciativas» o «apoyó nuestras empresas«. El sujeto implícito del verbo es evidentemente la divinidad. Se está sugiriendo que el Ser Supremo vio con buenos ojos todo aquello que emprendíamos y lo aceptó. Estamos hablando de las iniciativas de los fundadores de los Estados Unidos, claro está.

«Annuit Coeptis» es uno de los lemas latinos que figuran en el Gran Sello, que es una especie de escudo heráldico creado a toda prisa en tiempos de la fundación de los Estados Unidos para no ser menos que los acendrados reinos europeos, con sus elegantes escudos de armas. Los artífices del diseño fueron principalmente Franklin, Adams y Jefferson. Estos prohombres, que se veían a sí mismos como nuevos Eneas fundando la Roma de los tiempos modernos, echaron mano a menudo de los versos de Virgilio, el divulgador de la gesta legendaria del hijo de Anquises.

En un pasaje de la Eneida, Ascanio se enfada muchísimo con su enemigo Numano, que le ha llamado debilucho y afeminado («¡vosotros bajo vuestras ropas teñidas de azafrán y de reluciente púrpura abrigáis corazones cobardes; vuestros recreos son los cantos y danzas, y lleváis sayos con mangas(…) dejad las armas para los hombres…«). Ante estas ofensas, Ascanio le pide a Jupiter que favorezca lo que él valerosamente está emprendiendo (o sea, la batalla contra Numano), comprometiéndose a sacrificar un novillo si así lo hace. 

El verso en concreto es «Jupiter omnipotens, audacibus annue coeptis«. 

La única diferencia es que en el texto de Virgilio, el verbo está formulado como petición, annue, mientras que en el Gran Sello figura en pretérito, como algo que ya se da por hecho, annuit

El matiz verbal no se debe tanto al orgullo de los padres fundadores por sus éxitos, como a la pretensión de que la frase tuviese exactamente 13 letras, evocando los 13 Estados que se independizaron de Gran Bretaña y jugando también con el rico significado esotérico del número13, que simboliza la idea de renovación, de comienzo (por ejemplo, se puede mencionar que tras trece meses lunares comienza cada nuevo año, entre otras muchísimas claves del ocultismo, la cabala y la masonería relacionadas con este número). Todo el Gran Sello está impregnado de este simbolismo del 13.

En fin, que lo de Annuit Coeptis es una más entre las muchas referencias a la Antigua Roma que forman parte del simbolismo fundacional de los Estados Unidos de América (la propia palabra Capitolio es más que indicativa). Creyeron ver los que constituyeron la Unión algo así como un nuevo Imperio Romano en ciernes. Y en cierto modo, la historia contemporánea les ha dado la razón. También en las formas de sus respectivas y fatales decadencias.

Pero hay diferencias sustanciales entre los dos Imperios. 

En la Antigua Roma se las gastaban de otro modo ante los aprendices de tirano.

Por ejemplo, cuando un trepa populista como Tiberio Graco amenazó con convertirse en un autócrata y someter al Senado, los legisladores no se andaron con contemplaciones. 

Ellos mismos se hicieron cargo de la situación. Faltaría más.

Y, la verdad, no le dieron ocasión al mayor de los Gracos para contarlo. Le corrieron a gorrazos.

Jupiter asintió. Annuit Coeptis.

Guerras, Quiasmos y Lentejas

Desde que comenzó la pandemia, a los prebostes y prebostillos les ha dado por decir que estamos en una guerra. Debe ser que se han sentido Winston Churchill enfrentándose a Hitler y la amenaza del fin de la civilización.

En realidad, esto no se está pareciendo a una guerra. En las guerras, los políticos tratan de evitar por todos los medios que la gente no sienta miedo. Ahora es al revés; se estimula y promueve el pánico de todas las maneras posibles, con o sin razón. En las guerras, se establece un mando único y todo se subordina a conseguir la victoria. Ahora es al revés; se dividen las responsabilidades, se quitan los muertos de encima las diferentes instancias y se usa cualquier circunstancia para atizar el fuego del debate y la denigración mutua entre las fuerzas políticas. En las guerras, no hay horarios para hacer frente al enemigo. Ahora se paralizan las vacunaciones al llegar los festivos y los fines de semana. Es más bien como una guerra de Gila, en la que se pide al enemigo que por favor pare un momento la guerra porque tenemos que hacer un recado.

Pero los políticos insisten en la comparación. Uno de ellos se ha atrevido a decir que con la vacuna estamos en el principio del fin. Con ello ha parafreaseado una famosísima expresión de Churchill cuando quedó claro que Montgomery se había impuesto a Rommel en el norte de Africa: «No es el principio del fin, sino el fin del principio», dejó dicho el sentencioso líder británico.

Esa frase se ha convertido en uno de los dos más famosos quiasmos de la historia de la retórica política. El otro es, claro está, el de Kennedy, cuando dijo aquello de «no preguntes lo que puede hacer el país por tí, sino lo qué tu puedes hacer por el país» (una idea que en realidad es de Khalil Gibran no de Kennedy ni de quien le escribía los discursos).

Para construir un quiasmo o retruécano solo necesitamos disponer en orden invertido, los elementos de dos frases o secuencias. 

El nombre de quiasmo proviene del griego kiasmos o Xiasmos, que viene a significar cruzar con una X algo, o hacer algo de forma cruzada. La Real Academia presenta, después de la definición, un verso de Rubén como ilustración: “cuando quiero llorar no lloro, y a veces lloro sin querer”.

El quiasmo una de las figuras del lenguaje que mas juego da. No solo a los políticos en busca de titulares. Su intrínseca simetría lo hace hermosamente contradictorio, pero, paradójicamente, clarificador.

Un quiasmo célebre es el de Mae West, cuando decía que lo importante no eran “los hombres en mi vida”, sino “la vida en mis hombres”. Otro quiasmo famoso es el de Picasso cuando decía que cuando era un niño de doce años pintaba como Miguel Angel, pero que le costó cincuenta años aprender a pintar como un niño…

Es casi insuperable el quiasmo de Temístocles cuando una joven le preguntó con quién debía ella casarse, si con un afeminado adinerado o con un hombre valeroso sin medios. Temístocles respondió que siempre sería mejor el hombre sin dinero que el dinero sin hombre.

Pero mi quiasmo favorito es uno de Diógenes el Cínico. De quién si no.

Resulta que un trepa que había progresado en la corte gracias a sus dotes adulatorias se encaró con el filósofo y le reprochó vivir como un vagabundo, comiendo legumbres.

-Si hubieras aprendido a adular a los poderosos no tendrías que vivir de lentejas.

A lo que Diógenes respondió inmediatamente con el más bello quiasmo de la Historia.

-Si hubieras tú aprendido a vivir de lentejas, no tendrías que adular a los poderosos.

Quizá, en esta vida llena de quiasmos y trepas, el secreto de todo sea simplemente aprender a vivir de lentejas. Que es justamente lo que hemos preparado hoy día de Reyes, para comer, Mercedes, Marta, Kenny y yo. Me salieron perfectas.

¿Qué demonios es el agua?

«Había una vez dos pequeños peces que iban nadando y se encontraron por casualidad con un pez mayor que nadaba en dirección contraria; el pez mayor lossaludó con la cabeza y les dijo «Buenos días chicos. ¿Cómo está el agua?…»

¿Cómo podría proseguir este microcuento, que tal vez debamos a Foster Wallace, para que, con un solo párrafo configure una parábola de alcance trascendental?

«Los dos peces jóvenes siguieron nadando en silencio un trecho. Por fin, uno de ellos miró al otro y le dijo ‘¿qué demonios es el agua?’

Es demoledor. Entendida bien la parábola, nos expresa una terrible aporía epistemológica. No podemos saber la verdad. Porque estamos metidos en ella como los peces en el agua.