Ayer escribí una especie cuentecito sobre un mono y sobre la libertad. 

Hoy, la casualidad ha hecho que, al repasar los digitales al amanecer, leyese una noticia que también habla de animales y de libertad (o más bien de la ausencia de ella).

Se trata de un oso que hasta ahora permanecía enjaulado en un viejo zoológico rumano. Llevaba décadas encerrado tras los barrotes en un recinto de apenas 20 metros cuadrados. Día tras día, lo único que esta pobre criatura podía hacer era dar vueltas y vueltas en su jaula.

Recientemente, este animal ha sido trasladado a un santuario de osos ( el «Libearty Sanctuary» de Zarnesky), en plena naturaleza, donde puede moverse con total libertad junto a otros 75 de sus congéneres.

Pero, sorprendentemente, este oso largo tiempo enjaulado sigue sintiendo que está encerrado. Sin estarlo.

Sigue dando vueltas y vueltas en su recinto imaginario de 20 metros cuadrados. Testigo de su desvarío es el rastro de sus pasos sobre la nieve.

Este oso me evoca la práctica de los indios de encadenar las patas de los elefantes que sirven de atracción turística; al cabo de un tiempo, ya no hacen falta los grilletes para evitar que se muevan por su cuenta.

No hay peor cadena que la imaginaria. No hay prisión peor que la virtual. No hay esclavitud más permanente que la que nosotros mismos nos imponemos.

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