La profesora Martin llevaba años intentado que al menos uno de los monos del laboratorio dibujase algo. Cualquier cosa. Con ello podría demostrar su tesis respecto a la capacidad de los simios para el pensamiento simbólico, algo que parece exclusivo del homo sapiens.

Probó la científica con todo. Pinturas, lapices, tizas, ceras…pero aquellos monos solo hacían garabatos informes, manchas imposibles de interpretar…

Cierto día se produjo un revuelo en el Instituto. El mono Darwin, el más aventajado de los bonobos, el favorito de la profesora, había dibujado algo identificable. ¡Por fin!

La profesora se precipitó hacia el laboratorio. Al llegar le mostraron el dibujo.

Cuatro simples rayas. Cuatro barrotes.

Darwin había dibujado los cuatro barrotes de la celda en la que estaba enjaulado desde hacía demasiado tiempo.

Ella miró pensativa el dibujo y luego se fijo en la expresión triste de Darwin.

Una lágrima asomó en los ojos de la profesora. Dijo, mintiendo, que era de alegría.

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