A lo largo del infausto reinado del rubicundo tirano, finiquitado por ventura anteayer, han proliferado las resonancias de su figura en Shakespeare. 

Los actos y las palabras del loco de la Avenida Pensilvania parecían provenir de los más sórdidos pasajes de Macbeth, de Ricardo III, del Rey Lear, de Coriolano…

Es un personaje shakespeariano este matón. A Shakespeare le saldría de corrido la historia de un político hipócrita, servidor de sí mismo, capaz de cualquier cosa para preservar su poder, volcado en preservar la desigualdad social y económica, agitador y explotador de las pasiones de las masas, maquiavélico en el peor sentido, payaso carismático, traidor, amoral, insaciable de poder, insensible al dolor ajeno…

Afortunadamente, la pesadilla parece haber terminado. Pero incluso en este momento final de su hégira el clown se comporta como un personaje de Shakespeare. Y se atreve a dejar escrita (al parecer, porque no lo he podido confirmar) una extravagante carta al nuevo Presidente (sobre una mesa de la Casa Blanca, siguiendo la tradición, admirablemente consolidada por anteriores mandatarios) en la que este majadero se limita a decir con suprema insolencia. «Joe, I won, and you know it» (me cuesta creer que esta carta exista realmente).

En todo caso, está acabado. Despedido. Game over. De repente, de un día para otro, se ha hecho pequeño, muy pequeño. Ha quedado deshecho, «undone«, por utilizar el mismo término que Shakespeare utiliza en Ricardo II. 

No tiene ya ni la estatura de la gente corriente. Su vida, en lo sucesivo, será más bien normal, porque no podrá ser de otro modo. Durante cierto tiempo, tal vez viva de la inercia del carisma acumulado.  Pero ahora que está fuera de la Casa Blanca se irá convirtiendo en una persona más. O mejor dicho, en una no persona, porque la máscara teatral que llevaba en el escenario de su presidencia se le ha caído de la cara para siempre. 

Tal vez, disponiéndose a mirarse en el espejo para atusar su flequillo, ya sin su título de presidente, esta mañana habrá repetido las palabras del Ricardo II de Shakespeare: 

«…no soy señor de nadie…¡maldito sea este día funesto! ¡Qué haya podido yo sobrellevar tantos inviernos y ahora ya no sepa ni con qué nombre llamarme!…si mi palabra tiene aún curso en Inglaterra, que ella ordene que me traigan de inmediato un espejo, para poder constatar qué rostro tengo, desde que fui despojado de toda majestad…«

Definitivamente, si el cisne de Avon levantara la cabeza y empuñase la pluma, creo que escribiría de un tirón su obra número 38 y la titularía algo así como «La Muy Entretenida Comedia y Mayormente Lamentable Tragedia del Granuja Donald Trump«…

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