Morpheus

Se me queja una amiga, artista ella, de que no duerme nada bien. Ha de resolver ya ese asunto, le digo. La creatividad está muy vinculada al sueño.

Esto lo sabían bien los griegos. El dios de los sueños era para ellos Morfeo, quien, mira por dónde, era hijo del dios Sueño, claro, pero también hermano de otra divinidad llamada Phantasos, es decir, Fantasía. Con eso estaría dicho todo.

Pero hay más; Morfeo era el dios de los sueños precisamente porque era el responsable de dar forma (morfé) a nuestras vaporosas ensoñaciones. La creación necesita del dios que da forma a lo que soñamos. Sin sueño no hay creatividad. Porque la creatividad, en cualquier ámbito, no es sino dar forma a lo que es amorfo. Todo artista termina por ser un sacerdote del Phantasos y un servidor de Morpheo. El artista es un creador de sueños, sí, pero no es menos cierto que es el sueño el que crea a los artistas.

Prejuicios.

Todo prejuicio es nefasto, me dice Kenny, hablando de los muchos prejuicios que tienen los ciudadanos de su país. Y lo malo es que con las redes sociales–prosigue– la gente solo accede a la información, cierta o no, que confirma esos prejuicios, lo que va generando un imparable extremismo y la progresiva hipersegmentación de la sociedad en nichos ideológicos que pugnan entre sí con virulencia y sinrazón cada vez mayor.
Lo suscribo–respondo–y el majadero inquilino actual de la Casa Blanca es un triste subproducto de todo esto. Un efecto secundario. Un purulento absceso que ha sido posible por las redes y por los prejuicios que ellas alimentan. Pero también hay prejuicios deseables–añado.
–¿Sí? ¿Cómo puede ser?
–Estoy pensando en el impulso humanitario, en la idea de solidaridad y fraternidad. Esas ideas y sentimientos pueden verse tan solo como un prejuicio a favor del ser humano. Un prejuicio que desafía los muchos contraejemplos que nos ofrece la realidad…Pero un prejuicio al fin y al cabo. Un buen prejuicio.

Siesta, Erasmus y Felipe II

Tras una raclette junto a la chimenea, con Marta, Eva y Kenny, el representante yankee en la mesa nos dice que procede una siesta, que él considera el invento español por antonomasia.
No es exacto, le digo. No hemos inventado los españoles la siesta. Más bien fueron los antiguos romanos. Ellos dividían el tiempo de luz diurna en doce bloques de duración variable, según la estación del año, a los que llamaban «horae». No había «horae» en la noche, sino solo en el día, tal como sugiere la etimología remota de la palabra, que, a través del griego, es el hebreo aur, luz, a su vez derivado del también hebreo ar, levantar.
Siendo doce bloques de luz solar, al comenzar el sexto bloque el sol estaba por definición en su punto más alto, con independencia de la época del año. Para los romanos, este era el momento de reponer fuerzas almorzando, y tras hacerlo, procedía un breve descanso al que los romanos se referían con la «sexta«, y de aquí «siesta«.
En Italia, sobre todo en el sur, la siesta no es menos popular que en España. Y también allí usan la misma palabra con igual sentido que en castellano, si bien es más habitual pisolino (literalmente dar una cabezada, dejar que se caiga la cabeza al conciliar el sueño, del latín pendere, pensum), o bien la maravillosa expresión «reposino pomeridiano«, es decir, el pequeño reposo de la tarde.
Así que no es muy justo decir que somos los inventores de la siesta. Compartimos exaequo ese privilegio con nuestros primos itálicos.
En cambio, somos indiscutibles inventores de otras cosas buenas, proclamo.
Kenny me pide que le de un ejemplo.
Me siento tentado de mencionarle los más destacados de los no muy abundantes inventos hispanos, algunos notables, otros chuscos…Qué se yo, podríamos mencionar la espada falcata, el cabrestante, la aguja hipodérmica, el submarino, los programas de ajedrez, la escafandra, la navaja, el chupachups, la fregona, el botijo, la epidural, el autogiro…No es mucho, la verdad. Le hemos venido dando la razón a Unamuno durante milenios…¡Que inventen ellos!
Por eso prefiero darle como ejemplo el Erasmus, que es una institución europea resultado de una iniciativa netamente española. Es una gran idea hispánica que ha cambiado la vida de muchos centenares de miles de jovenes europeos.
–No me lo recuerdes–tercia Marta, que se ha perdido su Erasmus este año por culpa del virus.
–Merece la pena recordarlo, pese a todo. Principalmente porque es una ironía del destino que España haya impulsado este intercambio de universitarios, siendo así que España también ha sido el único país de Europa en el que en cierta ocasión se prohibió tajantemente estudiar fuera de las fronteras.
–¿Ah sí?
–Efectivamente. Felipe II así lo ordenó un mal día. Con ello, ese monarca mal llamado prudente, que apoyaba sin reservas la Inquisición y sus crímenes, pensaba cerrar las puertas a las herejías. Fue el momento inicial de una relación enfermiza secular del Estado español con la Iglesia Católica Romana. Una relación simbiótica sin equivalente en otras grandes naciones europeas, como Inglaterra (donde el Rey es la cabeza de la Iglesia no romana, Francia (que se liberó del yugo católico con la revolución del XVIII) o Alemania, (en donde desde el XVI la Reforma sincronizó los intereses del pueblo germánico con los eclesiásticos, frente al poder papal).
En cambio, Felipe II dejó dicho que prefería perder todos sus estados a no cumplir con su deber de protección de la fe católica.
Y así nos fue durante los dos siglos siguientes en los que la vida y la enseñanza en España estaban subordinadas a los intereses de Roma. Se acabaron perdiendo todos estos estados, acaso en el vano intento de hacer subsistir la fé católica en el continente…
Por ello, hay algo de justicia poética en el hecho de que el Erasmus sea un programa nacido de la iniciativa española. Y en todo caso, es un dato que viene a mostrar que la razón y la libertad tienden a abrirse camino.
Aunque a veces haga falta que pasen siglos para ello.

Amor y Miedo.

Hablo con mi amigo Hussein sobre el miedo, al que yo considero el enemigo público número uno de la felicidad humana, junto esos los otros tres terribles jinetes del apocalipsis interior, que son la culpa, la falta de autoestima y la ira.
Hussein me dice que el miedo puede ser también deseable, porque es el mecanismo de supervivencia que ha hecho posible la subsistencia de nuestra especie desde los tiempos de las cavernas. Tiene razón en esto. El miedo es ambivalente. Como lo es el amor.
Como el amor, el miedo mata y salva.
Quizá no es casual que a menudo conjuguemos el verbo morir con esos dos sustantivos. Me muero de miedo, decimos. Me muero de amor, también.
La estadísticas nos dicen que la mayoría de los suicidios, esa pandemia permanente de nuestro tiempo, se relacionan con el miedo o la ansiedad. O con el amor.
Lo que no nos dicen esas estadísticas es cuanta gente elude la muerte al lograr vivir sin miedo. O cuánta gente no ha dado fin a su vida gracias al amor.
Las estadísticas, esa burda simplificación a la que somos tan adictos, son siempre muy falaces. Mienten a menudo por lo que dicen.
Pero mienten mucho más por lo que callan.