Incomparable.

Escribí el otro día sobre las comparaciones y el dicho popular según el cual son todas…odiosas. Es un asunto que tiene mucha más enjundia de lo que parece, pues pone de manifiesto algunas de las principales debilidades de nuestra forma de pensar, de razonar y de discutir.
Indiqué que a mi juicio el precedente del proverbio citado es el epíteto de “inicuas” que se venía asociando a las comparaciones impropias desde tiempos de los escolásticos. Añadí que ese uso lo podíamos encontrar, por ejemplo, en Erasmo.
Y ocurre que para mi sorpresa, un amable lector, que estudia filología clásica, me pide que le ofrezca referencias al respecto. Pues con mucho gusto.
En los Adagia de Erasmo encontramos (Cuarto Millar, Centuria Cuarta) el tema proverbial “Nihil Simile“, es decir, “Nada Similar” junto con la mención de un antiguo dicho griego (Ἀλλ’ οὐ σύμβλητ’ ἐστὶ κυνόσβατος οὐδ´ ἀνεμώνη πρὸς ῥόδα) con el que se indicaba que no tiene sentido comparar a la rosa con el cynosbatos o con la anémona. Erasmo nos explica que ese aforismo griego vale como ejemplo de las comparaciones inicuas (ad iniquam comparationem significandum) puesto que si bien el cynosbato puede ser del mismo género que la rosa, carece totalmente de su fragancia. No hay comparación posible.
El cynosbatos de los griegos al que se refiere el proverbio citado por Erasmo no es otro que lo que nosotros llamamos escaramujo o rosa canina (cynosbato significa precisamente zarza de perro en griego, pues se compone de cynos-perro-y bato-zarza; por cierto que esta última palabra es la que aparece en el famoso pasaje del evangelista Lucas, donde se nos dice que se conoce a los árboles por sus frutos y que no es sensato esperar que las zarzas (batos) nos den uvas).
Añado que me parece un tanto injusto que llamemos con nombres tan feos como escaramujo o rosa perruna a esta hermosa zarza. Esos frutos o bayas rojísimos son preciosos, especialmente al inicio del Otoño (ahora ya empiezan a perder esplendor). Los franceses les dan un nombre mucho mejor: eglantines, derivado de aiglant, y este a su vez del latín aculeus, esto es, espinoso. En el pasado, eran apreciados para la preparación de mermeladas e infusiones medicinales contra la constipación intestinal y de aquí otro nombre aún más feo con el que a veces nos referimos en castellano a los astringentes frutos de esta planta. Durante la Segunda Guerra Mundial, el gobierno de las Islas instaba a los niños a recolectar estos escaramujos, por su enorme contenido en vitamina C, que era difícil de obtener de otro modo en aquellos tiempos.
Yo paso cada mañana con Mao junto a una magnífica zarza de escaramujos. Así que, recordando la colección de proverbios del sabio humanista de Rotterdam, y en honor del curioso lector que me preguntó al respecto, he fotografiado una de estas humildes eglantines que como todas las cosas simples y bellas, es, en muchos sentidos, incomparable.

La memoria de la piel.

Se me queja Cristina de que este virus nos está haciendo olvidar la magia de la caricia, el regalo del abrazo.
Pero ese proceso de olvido táctil ya había comenzado mucho antes de la pandemia. Extrañamente, los grandes acontecimientos de la historia humana, como sin duda lo es esta crisis planetaria, no cambian la trayectoria de nuestra especie, sino que simplemente la aceleran.
Empezamos a tocarnos menos desde muchos años antes de que llegase el Sars-Cov-2. Hemos ido demonizando sistemáticamente los contactos piel con piel. Y lo hemos ido haciendo con mil y una excusas, desde las jurídicas a las médicas e higiénicas.
Je souffrais déjà de la peste bien avant de connaître cette ville et cette épidémie“, nos dice el Tarrou de Camus. Siempre es así. Las pestes preceden a los virus.
El coronavirus ha acelerado un proceso que ya estaba en marcha. Y lo ha hecho de la manera más eficiente posible. Porque eludir el contagio es eludir el contacto. Ambas palabras, contagio y contacto, significan esencialmente lo mismo, y tienen origen común en el verbo latino tangere, tocar.
Gracias al virus hemos llegado a una especie de climax de la abstinencia táctil. El virus nos hace ver en “el otro” el enemigo por definición. Y lo hace agazapándose en esa fatal invisibilidad de las dichosas gotitas de aerosol, que nos acosan con suprema insidia (in-sidere; agazaparse, esconderse para atacar).
Dejará muchas cicatrices esta insidiosa dieta de abrazos. Los primates somos seres nacidos para tocar y ser tocados, como intuyó Freud y como demostraron aquellos experimentos de Harlow, cuyos monos rhesus, al sentir miedo, preferían siempre la madre de peluche a la madre metálica, pese a que esta última era la única que les proporcionaba el alimento.
Nos alimentamos de caricias. Y su sistemática proscripción, que parece culminar con esta crisis planetaria del contacto, nos conduce a un exilio insufrible en nosotros mismos. Un exilio en el que, como todos los exiliados, viviremos de recuerdos.
Recuerdos de abrazos y caricias que nos esclavizarán a un pasado perdido. Porque, de la memoria de la piel, nadie puede liberarse jamás: “Touch has a memory. O say, love, say, / What can I do to kill it and be free?…

True.

Al hilo de lo que escribí aquí anteayer sobre el engaño y la trampa (ou peut-être hier, je ne sais pas), Mercedes me dice que ante tanta insidia generadora de melancolía solo nos resta refugiarnos en la Naturaleza, donde las cosas, piensa ella, no parecen estar contaminadas con este laberinto de mentiras que los hombres hemos creado.
Me dice esto mientras caminamos con Mao bajo la lluvia, muy temprano, en una hermosa mañana otoñal. Nos hemos detenido a contemplar las hojas del arce que está apenas a unos pasos de casa.
–Pues no estoy muy de acuerdo en lo que dices–replico, sin dejar de mirar hacia arriba–fíjate en esos colores; son la prueba de que también la Naturaleza es un mundo de mentiras.
–¿Mentiras? ¿Es que estas hojas son acaso un engaño?
–Exactamente eso.
–Explícate–me requiere Mercedes, mientras reanudamos los tres el paseo, contrariando un poco a Mao, que se disponía a impregnar un arbusto.
–Pues ocurre que la razón por la que esas hojas adquieren estos tonos rojizos no es sino un intento del árbol para disuadir a los parásitos. Solo eso explica el enorme gasto de energía que representa el cambio de coloración. Creo recordar un estudio de los botánicos del Imperial College en el que se explicaba bien cómo el color rojizo que adquieren las hojas es una argucia del árbol para disuadir a los pulgones y otros insectos; les parece que esta coloración indica toxicidad.
–Pues es una argucia admirable, la verdad. De todos modos, esta belleza no es falsa. No puede ser falsa.Todo lo bello tiene que ser cierto, de alguna manera.
–En eso estoy de acuerdo. Es exactamente la idea que en un quiasmo inmortal expresó Keats: “Beauty is truth; truth is beauty, that is all ye know on earth and all ye need to know“.
–Todo lo que hay que conocer en la Tierra…
–Sí. Y además Keats te daba la razón en el sentido de que la Naturaleza es el mejor remedio para esa melancolía que nos produce la gran farsa que a menudo parece la vida humana. Keats recomendaba, recuerda, que “cuando el acceso de atroz melancolía se cierna repentino” siempre podrás enjugar la tristeza en una rosa temprana, o en una ola marina, o en la hermosura rotunda de las peonias o…
–O en las hojas engañosas de un árbol en Otoño.
–True.

Tromper.

En español, y no solo en español, muchas de las palabras que indican dolor o sufrimiento, incluyen el sonido tr, o alguna de sus variaciones. Desde terrible a trauma, pongamos por caso. La mayoría de estas palabras nos remontan a la raíz protoindoeuropea ter, vinculada a la idea de trillar el grano y, por extensión, a la acción de frotar, torcer, perforar, taladrar…(truta es romper o quebrar en sánscrito, por ejemplo).
Creo que puede existir una razón etimológica para esto, o más bien una razón antropológica. Se diría, analizando esas palabras, que para el ser humano, el mal o el dolor es en esencia una pérdida de estabilidad, un ruido, una vibración no deseada. Y esta idea de vibración, de frote de algo con algo, encaja muy bien con el sonido ter o tr.
Hasta la palabra trágico se puede remontar a esa raíz ter. Trágico deriva del tragos griego, el macho cabrío, que se llamaba tragos precisamente porque para comer roía la tierra o trituraba concienzudamente lo que mordía, como sabemos bien que hacen las cabras.
Terrible, trauma, tristeza, tormento, tortura, tribulación, triturar, truculento, torvo, atroz, turbio, torpe, torno, torcido, triturado, contricción, detrimento, trauma, tiritar, trizas…Son infinitos los derivados sombríos de la dichosa raiz tr. Y en todos ellos hay algo de onomatopeya.
Y deberíamos incluir también en la larga lista la palabra trampa, que se relaciona con la trompa de sonido escandaloso y vibrante. Trompa es, por supuesto, palabra vinculada también a la raíz tr. Y dado que era una trompa lo que utilizaban los charlatanes callejeros para atraer a las muchedumbres y engañarlas, el verbo francés tromper adquirió el significado de tomar el pelo al personal. Esa trompa ruidosa de los tramposos es la que explica también, etimológicamente, el vocablo inglés trump, con el significado primario de estafar, engañar o cometer fraude. Un sinónimo de cheat.
Cuánta sabiduría hay en las palabras y en su historia…No me digas que no.

Gens una sumus.

Escucho en la radio unas declaraciones de un prebostillo local a quien le han dado responsabilidad en el orden público de la metrópoli. Está denostando a ciertos alborotadores que han armado anoche jaleo callejero. “Esta gente, por llamarla de alguna manera, bla bla bla“. Y luego añade: “porque con gente así…es que es gravísimo… bla, bla, bla…
Es curioso que cuando nos indigna o escandaliza la actuación de alguno o algunos, saquemos siempre a relucir la palabra “gente“. “Esta gente…”, “Desde luego es que la gente…”, “Ya se sabe cómo es la gente…”
Es paradójico este uso profundamente despectivo de la palabra gente, que es hermosa y está relacionada con la raíz indoeuropea “gan“, con el sentido de generar, dar la vida.
La gente, en su esencia etimológica, debería ser la tribu propia, nuestro clan. Y no otra cosa. Gens una sumus, somos una familia, como reza el motto de la Federación Internacional de Ajedrez, tomado de un verso del poeta romano Claudio Claudiano.
Pero es que tan fácil como resulta amar a la Humanidad, parece ser que viene a ser difícil apreciar a la gente. Muy difícil.

Odiosae.

Las comparaciones son odiosas, decimos cuando no nos convence que se cotejen dos cosas o conceptos. Pero ¿por qué han de ser odiosas las comparaciones? Este es uno de esos muchos tópicos que a veces repetimos sin tener muy claro por qué lo hacemos.
Lo de que comparar es odioso es una especie de refrancillo o proverbio que aparece por todas partes. Lo encontramos en La Celestina, en Cervantes, en Burton, en Marlowe, en Shakespeare (en forma de malapropismo), en Swift. En su forma original latina– “comparationes odiosae sunt“– la frase se encuentra en alguna bula papal y en también se menciona en algún reglamento de régimen interno de órdenes religiosas. Se relaciona también la idea con un refrancillo escolástico de significado muy similar: “exempla odiosa sunt“, los ejemplos son conflictivos…Y al parecer, el dicho figura en un compendio francés de proverbios, del siglo XIII: “comparaisons sont haineuses…“, que seguramente es la primera ocurrencia literaria de la frase (yo no he encontrado otra anterior, pese a buscar bastante, desde Séneca al Codex Justinianus). Es, en cambio muy usual en la cultura clásica en latín encontrarse con el adjetivo iniqua junto al sustantivo comparatio, siempre que se pretende indicar que una comparación es improcedente (encontramos este uso, por ejemplo, en los Adagia de Erasmus). Tal vez el amplio campo semántico de iniqua es algo que ha podido favorecer el epíteto de odiosas para las comparaciones. Inicuo es esencialmente lo que es desigual, pero por extensión es también lo injusto y por lo tanto lo indeseable.
En realidad, la clave es que no debería traducirse mecánicamente el odiosae del latín como odiosas. El adjetivo latino viene a significar aquí que comparar o dar ejemplos, es algo conflictivo, no algo odioso. Son cosas distintas.
Esta acepción de odiosae como conflictivas o indeseables es similar a la que debe entenderse en relación a un concepto bien establecido del Derecho Romano, esto es, las leges odiosae, que no son las leyes odiosas, sino las leyes que no se desean, las que son mal recibidas, esto es, las leyes restrictivas de derechos (como lo es, por ejemplo, el reciente RD del Estado de Alarma, que es muy odioso ciertamente, al menos en el sentido que nos ocupa y tal vez en más sentidos).
El carácter conflictivo o no deseable de las comparaciones es indiscutible. Porque toda comparación es parcial y suele ser interesada. Comparar dos cosas implica simplificar los elementos que componen esas cosas que se comparan, escogiendo algo y soslayando lo demás. Toda comparación es por tanto una simplificación y en cuanto simplificación, toda comparación es esencialmente falsa y por ello potencialmente ofensiva. Toda comparación es odiosa, sí, pero solo en ese sentido.
Alguno puede empeñarse en comparar el Ku Klux Klan con la Iglesia Católica, si pretende que nos fijemos tan solo en los autos de fé y que los cotejemos con la barbarie asesina de los incendiarios del capirote. Otro (como ha hecho recientemente un falaz ex cómico y ahora político periférico en una celebrada e inicua intervención parlamentaria) puede comparar el nazismo con el comunismo, pues le resulta fácil poner en un lado de la balanza las cámaras de gas de Hitler y en el otro los gulags de Stalin. Pero seguramente ambas comparaciones adolecen de imprecisión y son injustas. Son, en el sentido indicado, comparaciones “odiosas“, pues en el primer caso ofenderán a quienes profesan con convicción la religión del amor fraterno y en el segundo a los que sinceramente, y quizá con cierta ingenuidad, creen en que se ha de luchar para poner fin a la explotación del hombre por el hombre.
Comparar es un poderoso recurso del pensamiento humano. Pero también suele ser un recurso dialéctico tramposo; rastrero me atrevería a decir.
De hecho, cuando se usa la comparación en el debate político, no suele ser sino una forma retórica vil y marrullera de mentir y denigrar al contrario. Sin dar razones.
Una forma odiosa, ciertamente.

Chauvin

El champagne es un invento inglés. Se comenzó a preparar en las islas británicas, dejando fermentar una vez más, ya en botella, los pésimos vinos traídos de la región francesa de Champagne.
El himno God Save The Queen es de origen francés. Aunque lo retocó Haendel, se basa en una canción compuesta por Jean Baptiste Lully en honor de Luis XIV: “Dieu sauve le roi”.
Y desde luego, como es bien sabido, Papa Noel era turco, al igual que San Jorge, el matadragones que sienten como patrón los ingleses y los catalanes, entre otros (también es patrón de Cáceres, por ejemplo).
Este tipo de cosillas vienen bien para hacer chanza del ardor chauvinista, que vuelve a campar a a sus anchas por todas partes.

Locura

Aquel loco se declaraba vegetariano. Hizo huelga de hambre en el psiquiátrico hasta que comenzaron a servirle comida sin carne ni pescado. Cierto día, uno de los médicos comprobó que estaba saboreando una loncha de buen jamón

.–¿Y eso?–preguntó el doctor extrañado. ¿No habíamos quedado en que usted era vegetariano?

–Claro. ¡Pero no me negará que alguna ventaja debía tener estar loco!

Final

Casi todas las historias de amor tienen un final doloroso. Porque cuando la pareja se rompe, siempre hay uno que todavía sigue amando…