Le pregunto a Mercedes cómo se ha levantado esta mañana y me dice que al 95% feliz. Lo dice en obvia referencia las primeras vacunas contra el Covid, con ese 95% de eficacia que proclaman sus creadores (Pfizzer, por ejemplo). Podríamos pensar que la pandemia está llamada a desaparecer muy pronto, pues el 95% de las personas vacunadas no enfermarán de Covid. Será entonces un problema residual, me dice, pues el 95% de la gente estará protegida y el virus desaparecerá rápidamente, sin huésped en los que instalarse…
Yo me felicito de ese rayo de esperanza con el que las vacunas, ese extraordinario avance de la medicina moderna, empiezan a levantar ahora el ánimo de tanta gente. Hacía falta. Sin embargo, me permito matizar su observación, en aras de la precisión.
No es cierto, pese a que es común creencia, que el 95% de los vacunados queden libres de un posible contagio y de las enfermedades asociadas.
–¿No?
–En absoluto. La cifra real será muy inferior, dependiendo de diversos factores.
–Te doy cinco minutos para que me lo expliques…
–Me sobran dos. Pero hay que realizar dos consideraciones diferentes.
En primer lugar, las compañías farmacéuticas han escogido para sus tests a grupos de personas básicamente sanas, sin patologías serias. Es lógico que se haya hecho así pues de otro modo, sería casi imposible medir la eficacia de las vacunas ante la multiplicidad de factores involucrados. Sin embargo esos grupos de personas no son plenamente representativos de la población real. Sabemos bien que una buena parte de la población tiene diferentes puntos muy débiles en su estado físico. Y esto es relevante cuando estamos ante un virus que parece ser una amenaza multiorgánica, es decir, un patógeno que se diría busca y explota las debilidades de salud del huésped, dañando allí donde encuentra más facilidad para hacerlo, ya se trate del sistema cardiovascular, el corazón, los riñones o el cerebro. Por ello, la efectividad real de una vacuna anti covid solo la podremos conocer cuando dicha vacuna se aplique a un conjunto amplio y rigurosamente representativo de las personas, incluyendo todas las que sufren achaques y dolencias mayores. Esas personas, por desgracia, no son poco numerosas, especialmente en los grupos de edad más avanzada. Entonces, veremos que la eficacia de las vacunas estará claramente por debajo de ese 95% que proclaman las farmaceúticas. Esta es la primera razón para poner en tela de juicio esas cifras que nos están dando.
–¿Y la segunda? Te estás quedando sin tiempo.
En segundo lugar, las compañías que han creado las vacunas, solo pueden acreditar que, dentro del grupo de voluntarios que han participado en los estudios de eficacia, el subgrupo de personas que han desarrollado síntomas, habiendo sido vacunados, es mucho más pequeño que el subgrupo de personas con síntomas, pero sin vacunación. La relación de proporcionalidad entre ambos subgrupos es de 5 a 100 (4,93 exactamente en el caso de Pfizzer), y de aquí la famosa cifra del 95%.
–Lógico. Es justo lo que el sentido común indica.
–Sí. Pero el matiz es que estamos ante un resultado relacionado con síntomas, no con contagios: las pruebas de eficacia de estas vacunas no nos están indicando nada sobre la eficacia de las mismas respecto a contagiados asintomáticos.
–Bueno, pero eso da igual. Un contagio asintomático es como no estar contagiado. Podemos no tenerlo en cuenta. A todos los efectos es lo mismo que estar sano.
–No exactamente. Sabemos que los asintomáticos transmiten la enfermedad. Seguramente lo hacen de una forma mucho menos intensa que los sintomáticos. Pero la transmiten. Y siendo así que es casi seguro que el número de contagiados asintomáticos incrementará con mucho ese 5% que proclaman las farmacéuticas, podrá surgir en vida real un problema inesperado que no se ha apreciado en las pruebas con voluntarios: los asintomáticos vacunados “bajarán la guardia” por haber sido vacunados y, sin saberlo, estarán expandiendo la enfermedad de forma acelerada a todos los rincones de la sociedad.
–Será entonces un efecto paradójico negativo del programa de vacunación…
–Exacto: y es una razón más para pensar que no existe el menor fundamento para pensar que una vacunación generalizada protegerá al 95% de la población. Dependiendo de la cantidad de gente que se vacune, de la eficacia (y de los riesgos) de la vacuna en personas con graves dolencias y del comportamiento de los vacunados, la efectividad de la vacuna será menor, o incluso mucho menor que esa eficacia proclamada del 95%.
–O sea, que tenemos que distinguir entre eficacia en los tests y efectividad en la vida real.
–Exacto. Y viene muy bien distinguir entre eficacia y efectividad. Es un formato de análisis que se puede aplicar en muchos ámbitos.
–¿Y me estás contando todo esto para decirme que tú no te vas a vacunar?
–No. En principio, tendré que vacunarme. Porque seguramente será un acto moralmente obligatorio por ser absolutamente trascendental para la sociedad como un todo, aunque no exento de riesgos y contrapartidas para el individuo (hay muchos casos de comportamientos socialmente positivos que tienen estas características).
–Se te está acabando el tiempo.
Sí. Pero todo esto que acabo de comentarte lo he hecho para recordarte una vez más que estos tiempos son tiempos en los que resulta un tanto difícil distinguir la verdad de la propaganda, en todos los ámbitos.
–Claro, al igual que en las guerras, la primera víctima de una pandemia es la verdad y la lógica.
–Eso es exacto. Al 95% como mínimo…

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