Mientras paseamos con Mao y hablamos del virus, Marta se siente filósofa. Me dice que le parece un sin sentido que la Naturaleza otorgue tanto poder a una entidad increiblemente elemental como ese ese virus, cuyo único sentido parece ser destruir o devorar las células de su huésped, siendo así que por otro lado–me sigue diciendo Marta– la Naturaleza parece empujar a los seres hacia una perfección cada vez mayor, desde las arqueas a los mamíferos dotados de poderosos cerebros. Esta contradicción le produce inquietud.
En realidad, me permito contestarle, todo tiene una lógica profunda. Y las dos cosas que a ella le parecen contradictorias están, en cambio, íntimamente relacionadas. Y son causa una de otra.
La historia natural que parece (tal vez erróneamente) culminar en el cerebro humano, del que se dice sin mucho fundamento que es la cosa más compleja del Universo, empezó cuando a un microorganismo, en el océano primigenio, y hace unos 500 millones de años, se le ocurrió probar a deglutir a su vecino a fin de sobrevivir. En ese mismo instante comenzó la fascinante peripecia de los seres vivos y el ascenso por escalones cada vez mayores de complejidad y tal vez de perfección, producto de la competición incansable entre los seres para devorar sin ser devorados.
El cerebro, en definitiva, no es una máquina de pensar, sino un artilugio sofisticado para sobrevivir con recursos limitados, y para garantizar esos recursos. Es decir, para que el individuo pueda depredar sin ser depredado.
Por eso, la mayor parte del tiempo nuestro cerebro no se dedica a “pensar” sino a realizar las tareas automáticas que exige la supervivencia, esto es la llamada alóstasis. El cerebro gestiona de forma permanente nuestro “presupuesto vital” y nos da órdenes para administrarlo. Y la mayor parte de esta actividad alostática tiene relación con la destrucción de otros seres para nuestra propia supervivencia.
Los millones de años de evolución no han servido para que nuestro cerebro sea capaz de conceptualizar la fenomenología de Husserl, sino para que siga haciendo lo que igualmente hace, de una manera más básica, el dichoso coronavirus, esto es, sobrevivir a costa del prójimo.
Esta reflexión es acaso un tanto lúgubre. Pero disuelve en buena manera la contradicción que mencionaba Marta. Y ya se sabe que las contradicciones no resueltas, al igual que los deseos imposibles, acaban conduciendo al alma humana a la melancolía.

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